Nos gustan las patatas fritas (según un estudio realizado por la consultora Nielsen, un 53% de españoles las considera su 'snack' preferido). Nos gusta su sabor, su aspecto, su olor, su textura... y, lo más importante: su sonido. Es un hecho demostrado que el crujir de la comida nos resulta muy atractivo por poco melódico que pueda ser. Pero las razones por las que esto sucede no están tan claras.

"Tomar alimentos crujientes puede reducir el estrés. Cuando tenemos una dieta de comidas pastosas los músculos de nuestra mandíbula se pueden aburrir, y la comida crujiente ayuda a estimularlos" explica el doctor Joseph J. Colella, miembro del consejo de dirección de la Asociación Americana de Cirugía Robótica y autor del libro "The appetite solution" (La solución del apetito). Otros expertos esgrimen razones mucho menos banales: el investigador y autor de "The omnivorous mind" (La mente omnívora), John S. Allen, cree que nuestro amor por los crujidos se originaron "hace más de 60 millones de años, cuando los primates empezaron a diferenciarse de otro tipo de mamíferos. Sus dietas consistían básicamente en insectos y plantas, y ambos hacen este sonido cuando están en buenas condiciones. El crujir siempre es signo de frescura".

"La palabra 'crujiente' vende más comida ella sola que cualquier otra amalgama de adjetivos. Hay algo atractivo en ella"

El investigador Charles Spence, de la Universidad de Oxford, publicó en 2015 un estudio titulado "Comiendo con nuestros oídos: evaluar la importancia de los sonidos en nuestra percepción y disfrute de experiencias de sabor multisensoriales". Su trabajo descubrió que el sonido es una preferencia inconsciente del consumidor. No le da un gran valor cuando se le pregunta al respecto, pero es uno de los principales factores que determina qué productos consume. En sus propias palabras: "¿Por qué son las patatas fritas tan populares? Desde luego no es por su valor nutricional y, si lo pensamos, tampoco es que tengan un sabor espectacular. El éxito de este producto se basa en la estimulación sonora, el 'crunch'"

Y no solo nos atrae el crujir de la manzana al partirse entre nuestros dientes. El propio sonido de la palabra es fundamental. De hecho, es una onomatopeya en todos los idiomas: crujiente, croccante, crunchy, crispy, cui cui, knackig, croquant, kurakure... En su libro "The Babbo Cookbook" el chef estadounidense Mario Batali explicaba que "la palabra 'crujiente' vende más comida ella sola que cualquier otra amalgama de adjetivos. Hay algo instintivamente atractivo en la comida que cruje".

Como la doctora en Ciencias de la Alimentación e investigadora Zata Vickers expuso en una ocasión: "Al igual que los sabores y las texturas, los sonidos pueden ser deseables. Siempre añaden una complejidad e interés a nuestra experiencia y, por tanto, hacen una importante contribución a la calidad de la comida". Y donde se ponga un buen 'crac'…