Preparar la comida en algunas casas españolas se ha convertido en un auténtico encaje de bolillos. Según el informe 'Consumidor sensitivo', elaborado por Nielsen en 2016, uno de cada cuatro hogares en nuestro país tiene al menos un miembro que sufre algún tipo de alergia o intolerancia.

El aumento de las reacciones a los alimentos es una realidad constatada en Occidente. La Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI) estima que este tipo de alergia es un problema de salud pública en auge que afecta a más de 17 millones de comunitarios (en torno a dos millones en España). Lo realmente preocupante es la incidencia creciente en niños, actualmente del 4 al 7%.

No existe ningún estudio clínico que esté adecuadamente diseñado para avalar el uso de los test de intolerancia

Entre los más de 120 alimentos descritos como potenciales alérgenos, la leche, el huevo, el cacahuete, los frutos secos, las frutas (rosáceas) y algunas verduras van en cabeza (las alergias a pescado y marisco son menos habituales, pero generalmente más peligrosas).

Sin embargo, “se sospecha que al menos la mitad de las alergias alimentarias que la población cree padecer en realidad no lo son”, advierte la doctora Pilar Cots, jefa del Servicio de Alergología en el Complejo Hospitalario Ruber-Juan Bravo de Madrid. Y es que no es lo mismo una alergia que una intolerancia (mucho más común, se calcula que un 20% de la población presenta durante su vida al menos una reacción de este tipo).

¿Alergia o intolerancia?

En las alergias, “está implicado el sistema inmunológico de la persona”, explica la doctora Cots. Se producen nada más consumir un alimento, incluso en cantidades muy pequeñas, y puede haber riesgo de anafilaxia (reacción alérgica generalizada, rápida y que puede llegar a ser mortal). Las intolerancias, sin embargo, no están mediadas por mecanismos inmunológicos y suelen ser causadas por “el déficit de enzimas para la adecuada digestión de un alimento o por sustancias químicas presentes de forma natural”, continúa la experta. La alta exposición actual a aditivos y contaminantes, presentes particularmente en los alimentos procesados, también es causa de intolerancias.

Foto: iStock.
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La EAACI ha confirmado esta desmesurada confusión entre los europeos y el preocupante incremento del autodiagnóstico con la consiguiente puesta en marcha de estrategias de tratamiento (habitualmente la evitación de los alimentos) sin supervisión médica. Un dato: en España, el 42% de consumidores que evitan la lactosa en su dieta lo hace por elección propia (la consideran “dañina”, dice el informe Nielsen).

Test sin aval científico

En este contexto, en los últimos años ha proliferado toda suerte de métodos ‘diagnósticos’ 'in vitro' conocidos como test de intolerancias y alergias alimentarias. Se ofrecen en algunas farmacias, parafarmacias, clínicas privadas e, incluso, aseguradoras. A través de un análisis de sangre (en otras modalidades, pueden ser muestras de pelo o saliva), estos 'kits' determinan cómo reaccionan los anticuerpos del paciente ante determinadas sustancias-proteínas presentes en un panel de múltiples alimentos (entre 50 y 600, según su precio, que puede oscilar entre 60 y 500 euros).

Se sospecha que la mitad de las alergias alimentarias que la población cree padecer en realidad no lo son

No obstante, “la presencia de este tipo de anticuerpos IgG en la sangre prueba la existencia de contacto con un determinado alimento, pero no su intolerancia”, aclara el doctor Ángel Álvarez Sánchez, especialista del aparato digestivo de la Unidad de Trastornos Funcionales del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y miembro de la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD). Desde la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), el doctor Pedro Ojeda es aún más contundente: “No existe ningún estudio clínico que esté adecuadamente diseñado para poder avalar el uso de los test de intolerancia a alimentos en ninguna patología concreta. Por lo tanto, su utilidad clínica no está científicamente avalada”.

En efecto, son innumerables las declaraciones de sociedades médicas de todo el mundo que han puesto el grito en el cielo ante la proliferación de este tipo de pruebas (WAO, BSACI, ASCIA, SCAIC...). Todas coinciden en el mismo punto: cualquier método diagnóstico que no haya demostrado eficacia en ensayos clínicos se debería considerar no válido. Y, en consecuencia, también todas lo desaconsejan enérgicamente.

¿Por qué se permite su venta?

“El mercado es libre y se trata de una técnica que, desde el punto de vista del laboratorio, es correcta; es decir, la técnica que se emplea para determinar estos anticuerpos es válida y su realización no supone ningún riesgo para el paciente”, apunta el doctor Ojeda.

Solucionar con éxito el problema que nos plantea un paciente puede ser un proceso largo y complicado

Así está el asunto: no hay peros para el trabajo de laboratorio, pero la información que proporciona no se considera válida científicamente. Por esto, “además de un gasto innecesario, origina falsos diagnósticos y gran confusión entre los pacientes”, afirma la doctora Cots. Para la jefa de Alergología del Ruber-Juan Bravo, estos métodos no solo “dificultan y retrasan muchas veces un diagnóstico precoz y fiable del problema”, sino que promueven “dietas innecesarias que pueden originar déficits nutricionales en adultos y retrasos en el crecimiento y desarrollo de los niños”.

Al fin llega la regulación

Recientemente, la Autoridad Reguladora de Productos Sanitarios de Irlanda (HPRA) se ha convertido en el primer organismo oficial en pronunciarse sobre este asunto. Tras un análisis pormenorizado de las distintas pruebas disponibles en aquel país, ha emitido una opinión en la que aconseja no confiar en estos test “con el propósito de un diagnóstico o como base para un cambio de dieta”. A raíz de este comunicado, los farmacéuticos irlandeses han decidido dejar de ofrecer estos productos en sus establecimientos.

Hasta ahora, en Europa —y a diferencia de lo que ocurre con los medicamentos—, los productos sanitarios para diagnóstico 'in vitro', en su mayoría, no estaban atados a ninguna autorización previa a su venta. Era el propio fabricante el que debía realizar la evaluación de conformidad que exige la Directiva 98/79/CE, salvo en los productos de riesgo elevado y los de autodiagnóstico. En estos casos, intervenía un ‘organismo notificado’ designado por el Estado miembro correspondiente. Así conseguían el marcado CE que les permitía la libre circulación.

Foto: iStock.
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Pero la ambigüedad en la redacción de algunos puntos de la directiva comunitaria, unida al vacío legal al que se han acogido algunos productos de nueva aparición, ha ocasionado problemas ampliamente denunciados, como el referido a los test de intolerancias a los alimentos. Por eso, el Parlamento Europeo, tras larga deliberación, aprobó en mayo de 2017 el Reglamento (UE) 2017/746, que endurece los requisitos para la incorporación de estos 'kits' al mercado. A partir del 26 de mayo de 2022, la gran mayoría de productos sanitarios para diagnóstico 'in vitro', actualmente autocertificados, pasará a precisar la intervención de un organismo notificado que velará por el cumplimiento de la norma.

“En ocasiones, conseguir solucionar con éxito el problema que nos plantea el paciente puede ser complicado, largo e incluso decepcionante para ambas partes”, se lamenta la doctora Cots. No obstante, continúa, esto no nos debe llevar a "agarrarnos como una tabla de salvación a pruebas engañosas en su publicidad, en sus métodos y en sus resultados, que lo único que consiguen es producir un coste humano y económico totalmente censurable”. Para la alergóloga del Ruber, lo mejor en estos casos suele ser “volver a consultar con el especialista adecuado y replantear el problema. A veces, hay señales que pueden pasar desapercibidas o que se pueden manifestar de formas diferentes”, concluye.