Hasta ahora se sabía que los tés eran ricos en flavonoides, compuestos antioxidantes que reducen el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Tales sustancias se encuentran más presentes en los tés menos procesados, como es el caso del cada día más popular té verde. Es precisamente esta bebida la que se halla ahora en el foco de interés a raíz de un nuevo estudio. El descubrimiento de una molécula presente en esta variedad podría ayudar a la ciencia a desarrollar nuevos tratamientos para reducir los riesgos coronarios derivados de la aterosclerosis.

Caracterizada por el depósito e infiltración de sustancias lipídicas en las paredes de las arterias, la aterosclerosis tiene como consecuencia la reducción de la circulación sanguínea. En estados avanzados, la proteína conocida como apolipoproteína A1 puede acabar formando depósitos de fibras amiloides (similares en su estructura a las que aparecen en el cerebro de los aquejados por la enfermedad de Alzheimer) que se acumulan en las placas ateroscleróticas restringiendo aún más el flujo y volviéndolas menos estables.

Un trabajo recientemente publicado estudia los efectos de una molécula del té verde en la formación del 'colesterol bueno'

El compuesto hallado en el té verde parece tener la capacidad de luchar contra tales depositos. ¿Significa eso que deberíamos sustituir el café de la mañana por una taza rebosante del verde brebaje?

Un campo aún por descubrir

El trabajo, publicado recientemente en el 'Journal of Biological Chemistry', estudia los efectos de la molécula del té verde conocida como EGCG sobre la proteína apoA-I: un componente fundamental en la formación del 'colesterol bueno' HDL, que convierte las fibras amiloides en particulas más pequeñas, solubles y menos dañinas para los vasos sanguíneos.

Foto: iStock.
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Los investigadores dudan, sin embargo, de que el mero hecho de consumir esta infusión tenga consecuencias inmediatas para la salud circulatoria: "Es bastante improbable que beber té verde en las cantidades habituales surta algún efecto", asegura el David Middleton, coautor del estudio. "Lo que defendemos es la necesidad de estudiar la molécula para que el cuerpo pueda utilizarla cuando la necesite o para que llegue de manera más directa a las placas".

El grupo de investigación trabaja, actualmente, en el desarrollo de nuevos métodos para introducir cantidades eficientes de EGCG en el flujo sanguíneo, haciendo más fácil de absorber la molécula por el aparato digestivo, sin necesidad de consumir cantidades elevadas y potencialmente dañinas de este tipo de té.