Cuando una persona se siente triste y decaída, son muchas las salidas a las que recurre para sentirse mejor. Unos optan por una sesión de compras, otros por ir al cine y evadirse de la realidad, mientras que la familia y los amigos actúan también como un plan de escape de lo más efectivo. Sin embargo, en principio ninguno de estos planes hace daño a la salud del individuo (al menos físicamente hablando). En cambio, la comida sí puede.

“Las enfermedades asociadas con la alimentación han sido estudiadas desde aspectos nutricionales, sin tomar en cuenta que las personas que comen por razones emocionales reaccionan al afecto negativo con aumento del apetito como estilo de afrontamiento, que ocasiona sobrepeso y obesidad”, explica Stéphane Clerget en su obra ‘Sobrepeso emocional’. Bajo esta premisa nace el concepto de alimentación emocional, es decir, comer en respuesta a una serie de emociones negativas como la ansiedad, la depresión, la ira o la soledad.

Emoción y alimentación

Comer dulces tras una ruptura amorosa, pedir comida basura a domicilio tras un duro día de trabajo, hincharse a gominolas al suspender un examen… Estas son solo algunas de las prácticas que definen la alimentación emocional. Ninguna de ellas supone una sorpresa, pues son hábitos muy arraigados en la sociedad. Lamentablemente, también es algo normal pasar por alto el impacto que tienen sobre la salud física y mental. Una cortina de humo que, en realidad, hace un flaco favor al autoestima. Según Clerget, no consiste únicamente en fijar la atención sobre los alimentos para no pensar en las emociones, también recurren a ellos para evitar tener conciencia sobre sí mismos.

(iStock)
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Sin embargo, los sentimientos negativos no son los únicos que estimulan dicha conducta. Según un estudio en la materia, las emociones que las personas perciben de manera más intensa y que conducen a la alimentación emocional son: la felicidad, el amor, el enfado y la tristeza; al igual que otros factores externos como la cultura o las relaciones personales. La diferencia entre un simple proceder o un caso grave de alimentación emocional se sitúa frente a la conciencia del propio individuo.

“El tema de la alimentación emocional toma un papel de importancia clínica si las personas reconocen el vínculo entre la emoción y las opciones de alimentos poco saludables, pueden tener conciencia sobre lo que consumen y tomar decisiones más adecuadas cuando se encuentran ante una adversidad”, revelan Ana Teresa Rojas Ramírez y Mirna García-Méndez en un informe para la Asociación Iberoamericana de Diagnóstico y Evaluación Psicológica. Esta realidad les permitirá tomar distancia y evaluar con cordura la situación, a excepción de los casos donde el paciente padezca obesidad o un trastorno del comportamiento alimenticio. En ambas coyunturas se deberán tomar medidas para mejorar su salud física y mental.

Efectos secundarios

En la mayoría de ocasiones, la alimentación emocional conduce a un aumento de peso excesivo. Las personas con obesidad tienden a comer más que las personas con un peso normal cuando viven una experiencia nociva o perjudicial. Sin embargo, también puede ocurrir el efecto contrario, que el individuo reaccione dejando de comer y, por tanto, reduciendo su peso habitual. Ante esta revelación, son muchos los expertos que defienden el papel de las emociones, tanto positivas como negativas, dentro de este concepto.

La felicidad, el amor, la cultura o las relaciones sociales también influyen en la alimentación emocional

“La emoción en sí misma no puede ser responsable de la ingesta excesiva. La verdadera causante del sobrepeso corresponde más bien a la forma en que la persona afronta la emoción”, aseguran Rojas y García-Méndez. La única forma de poner solución al problema sería conocer los factores emocionales que intervienen en el comportamiento del individuo. De esta forma, podrán ser interceptados y los hábitos saludables recibirán así un refuerzo para el control del peso.

Cómo controlar la alimentación emocional

  • Recurrir a otras actividades. Cuando ese impulso por la comida aparezca, no vayas corriendo al frigorífico. Mejor sal de casa y haz otras actividades como correr, ir al gimnasio, leer en el parque, ir al cine, pasear con la mascota... Todas ellas son opciones muy relajantes y satisfactorias, y conseguirán que el ansia desaparezca hasta nuevo aviso.

  • Beber mucha agua. Una forma de controlar la sensación de hambre es beber mucho líquido, principalmente agua. Da igual si no tenemos sed, lo importante es sustituir la ingesta de alimentos sólidos. Otras alternativas son las infusiones, los zumos naturales de verduras, el agua con limón o el café solo.

  • Registro diario de alimentos. Escribe un diario con todo lo que comas y bebas durante el día, incluidas las cantidades. Se trata de un método muy efectivo para saber distinguir si realmente tienes apetito o, por el contrario, estás ante un nuevo episodio de hambre emocional.

  • Una despensa saludable. Para no caer en el consumo de alimentos ricos en hidratos de carbono o grasas, intenta tener siempre en casa ingredientes saludables y equilibrados. De esta forma, aunque tengas una recaída, tu salud no se verá tan mermada.

  • Acude a un profesional. Si ves que la situación ya es insostenible, no tengas miedo de compartir tus sentimientos con aquellos que te rodean o incluso con un profesional capacitado. Pedir ayuda es siempre una solución correcta. Además, te servirá para desahogarte y eliminar esa sensación que activa la alimentación emocional.