Más de una vez pasa que comemos un bombón, una porción de pizza o un snack salado y, de repente, se desencadena un deseo desmesurado de seguir comiendo y, lo que es peor y menos saludable, sin parar. Efectivamente, hay alimentos que generan dependencia y adicción y lo hacen, según los estudios realizados por la Universidad de Michigan y el New York Obesity Research, de la misma forma que las drogas.

Por lo general, se trata de alimentos hipercalóricos, procesados, rebosantes de grasas y con cantidades ingentes de azúcar, que, al igual que las sustancias psicoactivas, tienen el poder de activar el centro del placer del cerebro –sistema límbico– y los mecanismos de recompensa. Esto conlleva la retención del apetito durante más tiempo y al incremento de la necesidad de comer más para sentirnos satisfechos. La cosa no se queda aquí, porque estos alimentos tan adictivos, además, generan tolerancia. Esto sucede porque, al consumirlos con tanta frecuencia, se retrasa la llegada de la señal de saciedad al cerebro y, por tanto, necesita mayores cantidades hasta lograrlo y alcanzar la sensación de complacencia. Veamos cuáles son los alimentos que hacen que nos comportemos irracionalmente y generan adicción.

La bollería es muy propensa a un ansia irrefrenable.
La bollería es muy propensa a un ansia irrefrenable.


Patatas fritas, hamburguesas, pizzas...

Estos chips procesados son ricos en grasas y carbohidratos, cuyo consumo activa el sistema de recompensas del cerebro, que pide incrementar la cantidad de ingesta para alagar la sensación placentera. A esto se añade que estas patatas en bolsa tienen potenciadores de sabor y un alto contenido en sal –180 mg de sodio una bolsa pequeña–, los cuales incrementan los niveles de dopamina, un neurotransmisor que proporciona una sensación agradable instantáneamente, y nunca generan sensación de saciedad. Además, parece ser que el crujiente de estas patatas sería otra de las propiedades que convierte a estos snacks en adictivos. Por este motivo, cuando abrimos una bolsa no podemos parar hasta que no la terminamos.

Hay alimentos que generan dependencia y adicción y lo hacen de la misma forma que las drogas

Las hamburguesas son –con permiso de las pizzas– uno de los caprichos más consumidos. Este tipo de preparaciones son ricas en grasas, en carbohidratos y azúcar, al tiempo que contienen calorías vacías, es decir, esas que dan hambre al poco rato de comerlas. Asimismo, activan los mecanismos de recompensa del cerebro y, por tanto, generan adicción.

Carbonara, barbacoa, napolitana, hawaiana... Son muy pocos los que rechazan uno de los platos italianos más internacionales y versionados a lo largo y ancho del planeta. La parte mala de las pizzas es que contiene cantidades muy generosas de hidratos de carbono y grasas saturadas, que son los que crean las ganas irrefrenables de seguir comiendo. Si, además, lleva queso, las ganas se incrementan aún más. La culpable es la casomorfina, una proteína presente en los lácteos que proporciona una sensación placentera y genera adicción. En el caso del queso triplica sus valores porque pasa por procesos de elaboración más complejos.

Si la pizza contiene queso, genera más adicción.
Si la pizza contiene queso, genera más adicción.

Por otro lado, las alitas de pollo fritas son un clásico de la comida rápida, del picoteo y compañeras muy concurridas en muchos ágapes informales. Para muchos no hay mayor placer que pringarse las manos, rebañar la salsa que las bañan o saborear ese crujiente tan celestial que parece que solo las cadenas de comida rápida saben hacer. Sin embargo, en el crujiente es precisamente donde reside el problema, ya que suele ser graso dado que se cocina en abundante aceite, lleva importantes cantidades de glutamato monosódico –un aditivo que potencia el sabor– y de sal. En definitiva, estos bocados de pollo concentran los mayores propiciadores de las ganas de seguir comiendo.

Y continuando con manjares grasientos, el tocino ahumado de cerdo, es decir, el beicon, es uno de los alimentos más seductores, cuyo apetecible aroma pasa desapercibido para muy pocos. Sin embargo, no solo tiene exceso de calorías, sino que las grasas que componen esta panceta y su característico sabor, logrado con la adicción de nitrito de sodio, estimulan la sensación de recompensa cerebral o, lo que es lo mismo, inducen a consumir más cantidad… sin parar.

Galletas, chocolate y demás dulces

Las galletas son los acompañantes estrella de los desayunos españoles. Sin embargo, no hay que olvidar que son procesados y, por consiguiente, poco saludables. En este caso, el problema reside en la gran cantidad de grasas refinadas y azúcar que contienen, que, como se ha mencionado, activan el centro del placer del cerebro y generan dependencia. Aunque las versiones azucaradas son mucho más apetecibles, las integrales son bastante más saludables y nutritivas.

Con leche, con frutas, con licor, blanco, negro... Cualquiera de las versiones del chocolate engancha. La razón es que potencia la liberación de encefalina, que es una sustancia química natural que recrea una sensación de complacencia en el cerebro, así como la necesidad constante de querer comer más. A esto le añade que tiene un elevado contenido en grasas y una textura fundente, que se deshace al paladar, genera dependencia y el deseo continuado de seguir ingiriendo.

El chocolate genera el deseo continuado de seguir comiendo.
El chocolate genera el deseo continuado de seguir comiendo.

Está claro que a nadie le amarga comer un dulce (helados, bollos...), pero ingerir más de la cuenta puede acarrear más de un quebradero de cabeza. El problema es que concentran gran cantidad de azúcar, grasas e hidratos, lo que los dota de un índice glucémico alto. Esto conlleva la estimulación de los mecanismos de placer del cerebro, los cuales proporcionan el deseo de seguir comiéndolos para continuar reproduciendo la sensación placentera. A fin de cuentas, todo se resume en la búsqueda de placer por parte del organismo.