Desmontando mitos: ¿de verdad la piel del pollo produce cáncer?
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Desmontando mitos: ¿de verdad la piel del pollo produce cáncer?

Durante años, expertos en la materia han desaconsejado el consumo de esta parte del ave a quienes padecen enfermedades cardiovasculares, debido a su alto nivel en grasas saturadas

Foto: Delicioso, pero.. ¿seguro? (iStock)
Delicioso, pero.. ¿seguro? (iStock)

¿Quitar o no la piel del pollo? Esa es la cuestión. Durante años, médicos, nutricionistas y consumidores han participado en una lucha sin cuartel entre el sabor adicional que esta parte de la carne otorga al plato y los riesgos para la salud que al parecer siempre le acompañan. Cáncer, grasas dañinas, el incremento del colesterol malo o un mayor porcentaje de probabilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular son solo algunas de las supuestas secuelas de consumir la piel del pollo con demasiada asiduidad. Una preocupante lista de síntomas que a día de hoy todavía divide a la opinión pública y que muchos estudios en la materia también luchan por erradicar. ¿Realmente es tan nocivo este componente?

Una afirmación con doble rasero

Foto: iStock.
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Entre los problemas que se achacan a la ingesta de pollo, más concretamente a la piel, el más alarmante es el aumento del riesgo de cáncer. Esta enfermedad, que afecta a casi dos millones de personas cada año solo en Estados Unidos, suele ser consecuencia directa de su modo de cocción a altas temperaturas o por las sustancias químicas que se han añadido a su composición. En 2006, un estudio realizado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos desveló que el 70% de los ejemplares que acababan en el mercado estaban contaminados por arsénico, una sustancia que provoca efectos devastadores en la salud del consumidor.

¿El motivo de su utilización? Aumentar el tamaño de la pieza y mejorar su capacidad de conservación. Dos razones sin importancia que pueden desencadenar no solo el incremento de células cancerígenas en nuestro organismo, también demencia o problemas neurológicos. Ante la avalancha de críticas recibidas tras el descubrimiento, los expertos aconsejan comprar únicamente pollo orgánico, sin aditivos y criado de forma natural. No obstante, actualmente la comunidad médica ha bajado el nivel de alerta ante la actuación de las autoridades competentes que regulan la presencia de este tipo de compuestos en los alimentos. Por lo que la piel del pollo ya no está necesariamente vinculada al cáncer y el resto de enfermedades expuestas anteriormente.

En 2006, la Administración de Alimentos de EEUU descubrió la presencia de arsénico en el pollo

En su lugar, el colesterol es ahora la principal preocupación de los amantes del pollo. Un gran número de nutricionistas aseguran que la piel es una fuente de grasas dañinas para el organismo, que afecta también a los niveles calóricos del alimento. “La suma total de calorías es lo que lleva a una persona al sobrepeso y obesidad con el riesgo de padecer diabetes u otras enfermedades”, alerta Marco Taboada, nutricionista del Centro de Atención Integral en Diabetes e Hipertensión de Essalud al medio 'La República'. Siempre y cuando el consumo sea excesivo y se trate de pacientes que ya padecen este tipo de dolencias, quedando excluidos el resto de comensales.

Otro problema relacionado con el pollo es la posible presencia de agentes contaminantes en la piel. Y es que las aves son propensas a la intoxicación por campylobacter, una bacteria que se adhiere al alimento antes incluso de ser manipulado, por lo que resulta fundamental gestionar bien las prácticas de producción y cumplir a rajatabla los procesos de cocción y congelación. Unas medidas de seguridad que reducen la voz de alarma y convierten el pollo en un ingrediente de lo más recomendable para la salud del ser humano.

Otras falsas creencias sobre este producto

Por el miedo a contagiarse con este agente zoonótico, algunas personas se aventuran a lavar el pollo antes de su consumo. Grave error. En 2014, la Agencia de Normas Alimentarias del Reino Unido emitió un comunicado en el que desaconsejaba esta práctica pues, contra todo pronóstico, no limpia el producto sino que aumenta el riesgo de transmisión. “Lavar el pollo antes de cocinarlo puede transmitir la bacteria en las manos, superficies de trabajo o la ropa a través de salpicaduras de las gotas de agua”, asegura la experta en seguridad alimentaria Marta Chavarrías. “Otras medidas mucho más eficaces para reducir la incidencia de campylobacter: lavar los utensilios, las tablas de cortar, las superficies y las manos, antes y después de preparar la carne”, añade en su blog.

Foto: iStock.
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Por otro lado, un grupo de científicos de la Universidad de Harvard quiso erradicar de una vez por todas la mala fama que siempre ha acompañado a la carne de pollo, sobre todo con relación a la grasa que incluye la piel en su composición. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de grasas trans -presentes en alimentos procesados y nocivos para la salud-, sino de “grasas monoinsaturadas, como las que se encuentran en los pescados grasos y los aguacates, que son buenas debido a los ácidos grasos omega 3, que son esenciales para la salud del cerebro”, refuerzan desde la plataforma Conocer Salud. Afortunadamente, las virtudes de la piel del pollo no acaban aquí:

  • Evita el consumo excesivo de aceite ya que la epidermis del pollo no permite que la carne quede impregnada.
  • Al tratarse de un elemento de gran consistencia, reduce el apetito y produce en el estómago una sensación de saciedad mucho más efectiva.
  • Como ya hemos visto anteriormente, “su grasa insaturada es amigable para el corazón; baja la presión arterial y regula la producción de hormonas. Además, su aporte calórico no es tan alto: 213 calorías por 100 gramos”, destacan en el portal Salud180.

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