En más de una ocasión, sobre todo cuando tomamos antibióticos, el facultativo ha podido recomendar la ingesta de probióticos y/o prebióticos. Cualquiera que haya hecho caso a dicha recomendación, habrá notado en sus carnes que los probióticos cumplían con lo prometido pues evitan la diarrea y aseguran un óptimo estado de la flora, que puede verse perjudicada por el uso de estos medicamentos ya que favorece la proliferación de la bacteria Clostridium difficile. Pero vamos a ver por qué sucede esto.

Lo cierto es que esta bacteria suele vivir en el colon sin perjudicarnos, pero cuando un individuo inicia un tratamiento antibiótico para tratar una afección, este organismo puede crecer e incluso desplazar a la flora bacteriana normal que habita allí. Sin embargo, los probióticos tienen metas incluso más ambiciosas pues, según un estudio dirigido por investigadores del Hospital Infantil de Texas en Houston (EEUU), la alteración de la composición de esta flora con la administración de probióticos puede resultar de gran utilidad para prevenir o tratar el cáncer colorrectal.

A juicio de James Versalovic, director de esta investigación, “con la simple introducción de bacterias que proporcionen las sustancias vitales ausentes podemos reducir el riesgo de cáncer y complementar las estrategias de prevención del cáncer basadas en la dieta”.

Los descubridores de los probióticos

La palabra 'probiótico' se acuñó en 1960, significa 'a favor de la vida' y con ella se designa a las bacterias cuya presencia ejerce un efecto positivo tanto para los seres humanos como para los animales. Su hallazgo se le debe al ruso Eli Metchnikoff, que obtuvo el premio Nobel por sus trabajos en el Instituto Pasteur a comienzos del siglo pasado. También el pediatra francés Henry Tissier apreció que los niños con diarrea apenas tenían en sus heces un determinado número de peculiares bacterias a las que distinguía su forma de Y. En cambio, los niños sanos las tenían en abundancia.

Todo ello le hizo sospechar que la administración de esas bacterias a pacientes con diarrea podía ayudarles a recuperar la flora y reestablecer su equilibrio. Por lo tanto, ante estos esperanzadores resultados, numerosos investigadores se lanzaron a su estudio pero los resultados no fueron los esperados y desalentaron a la industria. Incluso se llegó a la conclusión de que el concepto de probiótico no estaba demostrado científicamente y durante décadas apenas se le dedicaron investigaciones.

Los últimos estudios demuestran que los probióticos pueden ayudar a luchar contra el cáncer colorrectal

Sin embargo, los últimos veinte años han sido bastante productivos y se ha avanzado en la investigación como prueba el estudio del Hospital Infantil de Texas reseñado al principio del artículo. En definitiva, tanto los probióticos como los prebióticos se han popularizado, pero no siempre es fácil, como consumidores algo profanos, establecer la diferencia entre ambos e incluso la razón de su beneficiosa influencia en nuestra salud gastrointestinal.

¿Qué son los probióticos?

Según reconoce la OMS, diversos estudios científicos sugieren que “los probióticos desempeñan un importante papel en las funciones inmunitaria, digestiva y respiratoria, y que podrían tener un efecto significativo en el alivio de las enfermedades infecciosas en los niños y otros grupos de alto riesgo”.

También ciertos estudios sugieren que la utilización de lactobacilos y subproductos metabólicos probióticos podría resultar beneficiosa para el corazón e incluso servir de prevención y terapia de varios síndromes de cardiopatías isquémicas.

Foto: iStock.
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¿En qué se diferencian de los prebióticos?

No obstante, no debemos confundir estos conceptos, pues como veremos difieren bastante, aunque ambos han demostrado su capacidad para estimular bacterias autóctonas beneficiosas en el huésped. Así, la principal diferencia entre ambos estriba en que unos contienen microorganismos vivos y los otros son un tipo especial de fibra alimentaria. Ambos persiguen el mismo fin, mejorar la flora intestinal del huésped, pero aplicando para ello un método diferente.

En concreto, los prebióticos se definen como “ingredientes no digestibles de los alimentos que afectan beneficiosamente al huésped estimulando selectivamente el crecimiento y/o la actividad de una de las especies de bacterias que están ya establecidas en el colon, o de un número limitado de ellas, y por consiguiente mejoran de hecho la salud del huésped”. Ambos consumidos de forma conjunta ejercen un efecto simbiótico. Así, la simbiosis supone la mezcla de probióticos y prebióticos, pues la acción de cada uno, sumada, ayuda a potenciar los efectos beneficiosos del otro. Es decir, se complementan de forma perfecta.

Y los últimos en llegar, los oncobióticos

No debemos pasar por alto los oncobióticos, unos probióticos que refuerzan la respuesta a la inmunoterapia contra el cáncer y cuyo término ha sido acuñado por la investigadora Laurence Zitvogel, del Campus Gustave Roussy, un complejo dedicado al diagnóstico, tratamiento e investigación del cáncer ubicado en la periferia de París.

Esta científica elaboró una sólida línea de investigación sobre microbioma y cáncer en la que ha observado que la falta de microbioma o su perturbación por los antibióticos debilita la respuesta inmunitaria contra el tumor y esto reduce las posibilidades de éxito de la quimioterapia. No obstante, la administración por vía oral de Akkermansia muciniphila o Enterococcus hirae mejora de manera ostensible la respuesta a la inmunoterapia.

Estos interesantes resultados la han llevado a plantear la existencia de los oncobióticos y su relevante papel en el tratamiento del cáncer. No obstante, son datos experimentales que requieren más investigación.