Tarde de domingo y bostezos. Ningún plan interesante más allá de la tele y el sofá. Te levantas a la cocina y picas algo, aunque todavía tienes en la boca del estómago la paella del mediodía. Van pasando las horas y en ese picoteo inconsciente entre la nevera y la despensa pasas del dulce al salado y vuelves al dulce. Incluso rebañas las sobras de la comida. No tienes hambre, pero el hastío y la sensación de que el fin de semana ya termina (y mañana tendrás que ir a trabajar) te hace buscar consuelo en patatas fritas, galletas, un viejo bote de mayonesa…

Sí, comemos sin ganas. Es lo que se conoce entre los expertos como ‘ingesta de comida no fisiológica’ y una de las causas que están detrás del incremento del sobrepeso y la obesidad. Se manifiesta de muchas formas y, según la rama que investigue este fenómeno, se le van poniendo otros apellidos: alimentación inconsciente, hambre emocional… Saber qué mecanismos son los que nos llevan a ser el único animal que sigue comiendo después de estar saciado es hoy objeto de debates entre endocrinos, neurólogos, psicólogos, psiquiatras, nutricionistas… y hasta microbiólogos, porque se ha visto que, en este campo, también las bacterias tienen algo que decir.

"A veces comemos lo que nuestras bacterias quieren y no solo lo que nosotros deseamos"

Así es. Hace apenas unas semanas, un equipo de investigadores liderado por el doctor Emeran Mayer, codirector del Digestive Diseases Research Center de la Universidad de California, demostraba por primera vez que hay una asociación entre el hambre hedonista y una alteración en el microbioma intestinal. Según este trabajo, que se ha publicado en la revista 'PLOS One', las personas que tienen elevados los niveles de un metabolito (indol) producido por nuestras bacterias son más propensas a comer por placer… y tienen más probabilidad de tener adicción a la comida. Este trabajo, explica José María Ordovás, catedrático de Nutrición y Genética en la Universidad de Tufts, “es una prueba más de la conexión que existe entre nuestro intestino y nuestro cerebro, que ha llevado a la hipótesis de que a veces comemos lo que nuestras bacterias quieren y no solo lo que nosotros deseamos”.

Foto: iStock.
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Y hablamos de adicción en términos de neurobiología, no como metáfora de aquello que nos atrae y a lo que volvemos una y otra vez. El punto de partida es que hay dos entidades en el cerebro que se activan cuando tenemos hambre o cuando comemos: se trata del núcleo accumbens -que procesa los estímulos de recompensa, como por ejemplo los alimentos- y de la amígdala, que regula nuestras emociones. El trabajo de Mayer lo que revela es que las personas con niveles más altos de indol tienen mucha mayor conectividad en estas dos áreas.

Por placer o por ansiedad

También con la adicción está relacionado el trabajo que un grupo de investigación está llevando a cabo en la Universidad de Oviedo. José Manuel Lerma Cabrera, profesor de Psicología, nos explica que están trabajando con voluntarios en un estudio en el que intentan identificar las causas del comer sin hambre. Más concretamente, se intenta ver si cuando nos entregamos a la comida sin que medie una necesidad fisiológica es por “una alteración en el mismo sistema de recompensa que regula la adicción al alcohol. Estamos intentando identificar qué alimentos serían más adictivos y qué características emocionales se expresan en las personas que puntúan alto en adicción”.

A falta de conclusiones, sí se pueden apuntar algunas tendencias, continúa: “Hemos visto que el hecho de comer por placer se da más en hombres, mientras que en las mujeres se ve más un factor emocional: para reducir la ansiedad, el estrés”. También han visto que las personas que puntúan alto en adicción tienen más sobrepeso y más problemas de control de impulsos: “Empiezan a comer y no tienen la señal de stop para detenerse. No reflexionan ni son conscientes de lo que comen”. En cuanto a los alimentos más tentadores… sí, lo has adivinado: “Azúcar, grasas y sal”.

Comer grasas e hidratos de carbono libera opioides en nuestro cerebro. De ahí su efecto relajante

Estos son, sin duda, los alimentos más adictivos. Como explica el profesor Ordovás, “una de las razones de este comer sin hambre es que, para algunas personas, la comida representa su único placer fácilmente asequible”. Sí, sin duda comer un tarro de helado o acabar con una caja de bombones puede ser el modo que tenemos más a mano para calmar -aunque sea temporalmente- la ansiedad, el agotamiento, el estrés. “Sabemos que comer grasas e hidratos de carbono (sobre todo simples) libera opioides en nuestro cerebro -continúa Ordovás-. Los opioides son los ingredientes activos de la cocaína, la heroína y mucos otros narcóticos. Así que el efecto relajante como resultado de ese helado, o de unas patatas fritas, o de la comida que cada uno prefiera para aliviar el estrés, es real, biológico. Por lo tanto, el romper ese hábito viene a ser como dejar una droga”.

Foto: iStock.
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Esta es una de las causas por las que resulta tan complicado para muchas personas seguir (y mantener) una dieta de adelgazamiento. El hambre emocional, que algunos psicólogos relacionan con carencias afectivas durante la niñez, tiene numerosas aristas, una de las cuales -probablemente la más desconocida- es su sustrato genético: dependiendo de nuestro genoma, tendremos más o menos papeletas para engancharnos a la comida o, simplemente, para comer por comer.

Otra de las aristas es la que nos lleva al empacho, al atracón. Esas comidas pantagruélicas en las que uno sigue y sigue comiendo por inercia, simplemente porque está rico y porque lo tenemos ahí delante. Gary L Wenk, profesor de Psicología y Neurociencia en la Universidad Estatal de Ohio, apunta un aspecto interesante, el de la analgesia por ingestión. Cuando una persona está saciada, tiene el estómago completamente lleno, ¿cómo es capaz de seguir comiendo sin sentir dolor? Al parecer, “nuestro cerebro y nuestro cuerpo libera opiáceos endógenos. Se ha descubierto que nuestra reacción al dolor se reduce significativamente al comer alimentos como el chocolate”. Esto explicaría por qué somos capaces de disfrutar de la tarta de bodas (y del helado y las galletitas) después de habernos dado todo un festín. “Básicamente, nos hemos vuelto insensibles al dolor de seguir comiendo”.

Los riesgos de un bufé

Una mirada antropológica y evolucionista apunta una nueva mirada: la de que esas ganas de acabar con lo que queda en la mesa (y que justificaría por qué nos ponemos las botas en los bufés) tendría una justificación desde el punto de vista de la evolución. Al parecer, tendemos a comer una gran cantidad de alimentos cuando los tenemos a nuestra disposición. Más aún: de forma inconsciente sale a reducir un ‘hambre atávica’ que nos haría tender a evitar que otros tomen ‘nuestra ración’.

Al final, y en tanto las investigaciones se suceden, una cosa queda clara: en la lucha contra la obesidad, no basta con decir aquello de 'come menos'. "Necesitamos combinar la nutrición con el comportamiento y con los aspectos psicológicos; de lo contrario, seguiremos perdiendo esta batalla -concluye el profesor Ordovás-. De hecho, la mayor parte de los genes relacionados con la obesidad que se han encontrado no son genes del tejido adiposo o de otros órganos relacionados con el metabolismo, sino genes que se expresan en el cerebro y que están más relacionados con el comportamiento y con las emociones".