Ya desde el primer día, en Alimente defendimos aquello del ‘somos lo que comemos’. De alguna manera, estábamos aceptando que el modo en que nos alimentamos tiene consecuencias en nosotros más allá de nutrirnos, de saciarnos y de hacernos engordar o adelgazar.

‘Somos lo que comemos’ implica una relación entre dieta, emociones, creencias y estado de salud. Con esta frase, el filósofo alemán Ludwig Feuerbach se anticipaba intuitivamente a una forma de entender nuestra salud como un todo en el que se interrelacionan distintos sistemas de nuestro organismo. Siglo y medio después -y ya con la ciencia sustituyendo a la intuición-, ha surgido la psiconeuroinmunología (PNI), una rama de la medicina que mira al enfermo de forma global y va a las raíces buscando saber por qué enfermamos. Y aunque todavía es mucho más lo que se ignora que lo que se conoce, ya se ha visto que la alimentación y el sistema digestivo -y más concretamente el intestino- están detrás de muchos síntomas y en el origen de enfermedades autoinmunes.

La PNI va a las raíces: mira al enfermo de forma global y busca saber el origen de su enfermedad

El nombrecito -psiconeuroinmunología, aunque algunos lo alargan aún más: psiconeuroendocrinoinmulogía- se las trae. Pero es muy descriptivo. Fue el término que empleó en 1980 el psicólogo Robert Ader para describir las interacciones que se establecen entre los sistemas nervioso, endocrino e inmune y nuestros hábitos de vida. “La PNI busca entender los mecanismos de acción de ciertas patologías, a nivel fisiológico y de biología molecular, para entender por qué el ser humano enferma -explica Xavi Cañellas, máster en PNI y cofundador de Regenera, escuela con 15 años de formación en esta disciplina-. Sabemos que hay un cúmulo de factores implicados en el desarrollo de una enfermedad; se trata de profundizar, de ver tanto cuál es tu predisposición como qué has ido haciendo para generar un determinado escenario”.

Un ejemplo: pongamos que sufrimos de colon irritable. En principio, sabemos que no es una enfermedad, sino un síndrome, un conjunto de síntomas digestivos al que se ha dado en llamar así, ‘colon irritable’. También nos han dicho que es incurable. Un enfoque PNI explicaría al paciente sus causas: por ejemplo, que tiene una proliferación de bacterias en el intestino delgado, que esa proliferación le produce sintomatología como gases, hinchazón, diarrea… y que todo ello está influido por el ritmo de vida, por los hábitos, por el estrés. “Si el paciente entiende eso, a partir de ahí se pueden abordar una serie de actuaciones: modificar la dieta, reparar el desequilibrio intestinal, encarar el estrés…”.

Foto: Alamy.
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Detrás de una enfermedad hay un estilo de vida. Identificar esos factores individuales que han llevado a una persona a desarrollar determinados síntomas es la clave. Y eso requiere tiempo. “Si me dan a elegir entre 15 minutos para estar con un paciente y hacerle un montón de pruebas o estar con él dos horas sin hacer pruebas, escojo la segunda opción”. Quien habla así es Sari Arponen, especialista en Medicina Interna del Hospital de Torrejón y máster en PNI por Natura Foundation, escuela dirigida por el doctor Leo Pruimboom, fundador de la Psiconeuroinmunología Clínica (PNIc). “Constantemente veo a personas que están fatal, a las que se les hace un montón de pruebas que no dan ningún resultado. En cambio, si exploras en profundidad no solo los síntomas físicos, sino también los aspectos biopsicosociales, consigues mucha información. A partir de ahí, puedes ayudarles con medidas de estilo de vida”.

Alimentación y estrés

Entre esas medidas, la alimentación es esencial. Enganchando con la medicina evolucionista, la idea es que cuando comemos ‘porquerías’ que el sistema inmune no reconoce, se produce una respuesta de inflamación mayor que si comemos alimentos que han ido parejos a nuestra evolución. “Comer un ultraprocesado produce el mismo escenario inmunológico que si tuviéramos una infección -asegura Cañellas-. Necesitamos no inflamar el tubo digestivo, alimentarnos a nosotros y alimentar a nuestra microbiota”.

La mejor dieta sería, por tanto, la que no dé mucha guerra a nuestras bacterias intestinales. Porque, continúa Cañellas, “el aparato digestivo no es un mero tubo hueco que va desde la boca al ano -explica Cañellas-. Es un órgano neurológico, endocrino e inmunológico: neurológico porque tiene más número de neuronas que la médula espinal; endocrino porque produce hormonas que tienen que ver con el resto de sistemas corporales, e inmunológico porque el 80% de las células inmunocompetentes reside en el aparato digestivo. Hablar de digestión es hablar de sistema inmune”.

“Comer un ultraprocesado produce el mismo escenario inmunológico que si tuviéramos una infección"

“La intervención en microbiota es muy potente -corrobora Sari Arponen-. Se están estudiando en profundidad todos los ejes que comienzan en el intestino: piel, hígado, riñones… La mayoría de personas tienen permeabilidad de barrera, sobre todo a nivel intestinal. Hay que sanar la barrera intestinal y después intervenir en la microbiota”.

Esa intervención viene a menudo de la mano de suplementos y de probióticos. “Pero hay que recordar -continúa Arponen- que los suplementos por sí mismos no son suficientes si uno no modifica su estilo de vida. Hay que hacer cambios profundos. Tengo a pacientes que me preguntan cuándo podrán volver a comer ‘normal’. Y tienen que entender que ese ‘normal’ -que es la forma en que se come hoy en la sociedad- es lo que les enferma”.

Foto: iStock.
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El manejo de las hormonas del estrés es también fundamental, ya que “es un factor que puede modular y cambiar el sistema bacteriano -explica Cañellas- Un estrés mal llevado, no gestionado, puede implicar una mayor predisposición a padecer un desorden inmunitario, o que impida que un proceso inflamatorio se cronifique”.

Evidencia científica

Este enfoque global de la PNI puede darse de bruces con la medicina convencional. Pero, atentos, no estamos hablando de pseudociencia, aclara con rotundidad Sari Arponen: “Yo soy médico internista, trabajo en un hospital público y la PNI me ayuda a ser mejor médico. En los últimos años está habiendo un interés creciente por esta disciplina, y el riesgo es que surjan pseudoterapeutas que lo mismo hacen PNI que homeopatía o flores de Bach. Ahora estamos luchando contra las pseudoterapias y, aunque es positivo, tiene una parte negativa: la de que todo lo que se salga de la medicina con fármacos entra en el mismo saco. Y no es así: la PNI está bien documentada, con evidencia científica”.

Otro punto de posible controversia es el hecho de que no se requiere ser médico para estudiar PNI; basta con ser un profesional de la salud (y en algunas escuelas ni siquiera se cumple ese requisito). Curiosamente, cuando uno se asoma a este mundo comprueba que, en este momento, la mayoría de los terapeutas en PNI proceden del mundo de la fisioterapia. “Yo comencé como fisioterapeuta -explica Xavi Cañellas- y después he seguido formándome y ampliando conocimientos. Por ejemplo, soy máster en Biología Molecular y Biomedicina en la Udg, y colaboro como investigador en el grupo de Microbiota y Eumetabolismo del Instituto de Investigación Biomédica de Girona en el Hospital Josep Trueta de Girona”. También codirige formación en PNI y asegura que “cada vez nos llegan más médicos queriendo formarse en esta disciplina”.

Sari Arponen, por su parte, asegura que “a mí no me parece mal que haya profesionales sanitarios no médicos (fisios, psicólogos, nutricionistas, odontólogos…) que estudian y aprovechan la PNI para ayudar a los pacientes en su ámbito profesional. Pienso que a cada uno le puede aportar algo especial desde su perspectiva”.