Treinta billones de células. Ese es el cálculo que hace uno de los últimos estudios que llevan la cuenta del número de 'ladrillos' que forman nuestro cuerpo. Parecen poquísimas en comparación a los 100 billones de bacterias que habitan en nuestro intestino. Es curioso que estas, que solo representan una masa de unos 200 gramos, tripliquen en cantidad a las células de nuestro cuerpo. Pero esos 200 g marcan la diferencia entre una persona sana y una con serios problemas de salud.

Cuanto más leemos acerca de nutrición, más conscientes somos de que nadie parece tener las cosas completamente claras (ejemplo de esto es que cada año nos digan cosas absolutamente opuestas: que los carbohidratos son buenos, que son malos; que las proteínas hay que evitarlas, que no; que las grasas son peligrosas, que en realidad son lo mejor que podemos ingerir). El avance en el estudio y comprensión de cómo afecta la infinidad de factores a los que está expuesto nuestro organismo es mucho más lenta de lo que nos gustaría.

"Hará posible que podamos diseñar inteligentemente, como ingenieros, nuestro sistema intestinal"

En el terreno de la microbiota, este avance es más lento todavía. Sabemos que esos 100 billones de microorganismos que viven en nuestro intestino realizan funciones importantísimas para nosotros, pero no sabemos cómo interactúan unos con otros, ni conocemos sus mecanismos, ni prácticamente nada. Los científicos especulan mucho, establecen posibles relaciones basándose en interacciones simples o en datos estadísticos, pero a fin de cuentas, nadie tiene nada claro.

En el año 2014, se publicó un estudio de la investigadora Julia K. Goodrich y su equipo (tanto de la Universidad de Cornell como del King's College de Londres) y en él se especificaba cómo los cambios a gran escala de la composición de nuestra microbiota afectaban a la salud de nuestro organismo. Como la propia doctora Goodrich explicaba, "nuestros hallazgos indican que la flora gastrointestinal de un huésped puede influir en su metabolismo". Pero sus resultados se basaban en observaciones macroscópicas y análisis de composición. Dicho de otro modo: se conocían los resultados pero no los mecanismos e interaciones que los microorganismos tenían entre sí.

Un nuevo descubrimiento

Un nuevo estudio de los investigadores del Departamento de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos, Jason Papin y Greg Medlock promete poner fin a gran parte de estas dudas afrontando el debate dando un paso atrás y simplificando las cosas. En vez de centrarse en datos estadísticos, o en microorganismos concretos, decidieron investigar qué moléculas crean determinadas bacterias y qué bacterias utilizan después dichas moléculas. Según lo expone uno de los autores, Greg Medlock, "tienes que dar un paso atrás antes de avanzar".

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Para el diseño del estudio, los investigadores se centraron en seis especies concretas de bacterias gastrointestinales de manera individual. Después, vieron sus interacciones por parejas (cómo la bacteria A afecta a la B y viceversa).

Imagen del estudio que muestra el comportamiento molecular de cada tipo de bacteria. (Universidad de Virginia)
Imagen del estudio que muestra el comportamiento molecular de cada tipo de bacteria. (Universidad de Virginia)

Pero no decidieron quedarse solo con estos resultados. A continuación, diseñaron una simulación informática basada en los resultados que habían obtenido, la que describen como "un canal experimental y computacional", que abre la puerta a que muchos otros investigadores estudien las interacciones entre el organismo y las bacterias con unas bases científicas detrás. En el futuro, es una herramienta que se espera que (introduciéndole los datos de la microbiota de un paciente) sea capaz de analizar qué tipo de flora intestinal sería la mejor para él y qué elementos habría que suministrarle para que la población bacteriana se acercase a los objetivos previstos.

El futuro de nuestra salud

Su repercusión no es el simple regalo del conocimiento. Sabemos que las bacterias gastrointestinales intervienen en cosas tan simples como la degradación de la bilirrubina o en la absorción de determinados nutrientes. Pero en los últimos años se ha descubierto que su repercusión en nuestra salud es mucho mayor de lo que parece, dado que tiene relación con la enfermedad de Alzheimer, con la obesidad, el autismo o incluso para alterar nuestro humor.

"Podremos predecir si una persona está delgada u obesa basándonos solamente en su flora gastrointestinal"

Este estudio, como explican los propios autores, abre nuevas puertas en el mundo de nuestra salud. "Una vez que tengamos el conocimiento que este estudio nos ofrece, podremos intervenir, controlar nuestro microbioma directamente". Y sentencian: "Hará posible que podamos diseñar inteligentemente, como ingenieros, nuestro sistema intestinal".

Foto: iStock.
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Esto último, aunque parezca según sus declaraciones muy sencillo, promete ser una batalla titánica, pero ya tenemos las bases. Si descubrimos que una bacteria en particular es beneficiosa para una cosa determinada, podremos aumentar su población, de la misma manera que podremos reducir la cantidad de bacterias perjudiciales alterando el ecosistema que estas tienen formado en nuestro organismo.

Las esperanzas que el mundo científico tiene puestas en los avances del estudio de la microbiota son palpables. El doctor Rob Knight, cofundador de la American Gut Project, comentaba que, en un futuro próximo, "podríamos predecir si una persona está delgada u obesa basándonos solamente en su tipo de flora gastrointestinal". Esto abre la puerta a que en el momento en el que podamos modificarla, sabiendo de antemano los resultados de tales actos, seamos capaces de curar o al menos aliviar enfermedades tan importantes como la obesidad.