Desde tiempos inmemoriales, la miel ha sido una de las alternativas más saludables al azúcar refinado que también prima en la cocina. Este producto viscoso y dulce es una materia prima que nos regala la propia naturaleza y al que siempre hemos recurrido como un remedio curativo sin precedentes. Sin embargo, no existe ninguna prueba científica que demuestre sus ventajas nutricionales. Es cierto que posee vitaminas, minerales y otros componentes orgánicos que provocan en el organismo la recuperación del sueño, la reducción del estrés metabólico, la mejora de la función cerebral o la estimulación del sistema inmunológico, entre otros efectos.

Lamentablemente, y en contraposición a la creencia popular, estos beneficios se ven muchas veces aplacados por su gran aporte de monosacáridos o azúcares, que llegan a alcanzar el 80% de su composición total. Esta es una de las razones por las que los expertos recomiendan reducir el consumo de miel. ¿Qué otros factores influyen sobre este control?

¿Es sano tomar miel cada día?

Son muchas las personas que recurren a la miel prácticamente a diario para acompañar y dar sabor a la leche, los yogures, la fruta o incluso para elaborar toda una suerte de aliños para la ensalada. Y no es de extrañar, pues a pesar de sus contraindicaciones, la miel contiene potasio, calcio, magnesio y fósforo, entre otros minerales; al igual que vitaminas del grupo B y vitamina C -en pequeñas cantidades-. Además, su alta concentración en azúcar también tiene un lado bueno: su poder antiséptico y antimicrobiano ayuda a cicatrizar y prevenir infecciones en las heridas. Sin olvidar cómo su consumo calma rápidamente la tos y contribuye al tratamiento de los resfriados.

Foto: iStock.
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No obstante, como ya adelantamos, no es oro todo lo que reluce. O al menos no tanto como nos han hecho creer. Aunque siempre hemos situado la miel como una alternativa totalmente opuesta y mucho más saludable que el azúcar, lo cierto es que ambos edulcorantes no distan demasiado en lo que a cifras se refiere. Por ejemplo, la miel está formada por un 18% de agua y un 82% por azúcares. Estos se dividen a su vez en glucosa y fructosa, que conforman el 69% del total, y sacarosa y maltosa, que representan el 9%. Por lo tanto, esta gran cantidad de azúcar -cuya versión de mesa cuenta con un 100% de sacarosa-, menos concentrada que la refinada, no es nada recomendable si lo que se busca es reducir su consumo diario, pues en realidad lo estaremos manteniendo.

En cuanto a su valor calórico, también es más reducido que el del azúcar, como era de esperar, pero tampoco tanto. Mientras que la miel aporta alrededor de 320 kcal por cada 100 gramos, el azúcar de mesa comparte 400 kcal con nuestro organismo por cada 100 gramos. Una diferencia que, a la hora de la verdad, resulta ínfima.

La miel que tomamos está formada por un 18% de agua y un 82% de azúcares

Tampoco podemos pasar por alto las mieles industriales que, además de las sustancias antes expuestas, incluyen algunos colorantes, aditivos y compuestos aromáticos. Asímismo, los tratamientos de calor que sufre el producto para lucir una consistencia más líquida suelen acabar con la mayoría de antioxidantes, vitaminas y enzimas que podrían aportar algún beneficio en el individuo.

Por lo tanto, puestos a elegir, los expertos aconsejan escoger antes la miel natural o cruda. “La miel que no ha sufrido ningún proceso de transformación desde que se recolecta del panal hasta que se envasa para su consumo es la que se denomina miel cruda. Una miel que se saborea en su forma más pura, tal y como se encuentra en la naturaleza. Un auténtico bocado de gourmet. Aunque técnicamente, la definición de miel cruda engloba a todo tipo de miel de abeja que no ha sido pasteurizada”, explican desde el portal Miel Artesanal. A pesar de estas advertencias, la decisión final recae en el consumidor, quien será el que controle su ingesta de manera responsable. Sin embargo, existen dos tipos de personas que no deben recurrir a ella bajo ningún concepto.

Alimento prohibido

Foto: iStock.
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Como todo el mundo sabe, el consumo de miel no es adecuado para las personas diabéticas. ¿El motivo? Su poder endulzante e índice glucémico es muy superior al del azúcar. El único momento en el que está permitida es cuando se produce una hipoglucemia, una condición que necesita el consumo de azúcares simples y de fácil absorción para aumentar la glucemia en la sangre.

En el caso de los bebés y los niños menores de un año, no existe ninguna excepción. “Durante el proceso de manufactura de la miel que se comercializa, esta es calentada entre 65,5 y 71,2ºC para evitar que cristalice y fermente por las levaduras durante su almacenamiento. Sin embargo, estas temperaturas no son suficiente para matar las esporas de Clostridium botulinum, ampliamente distribuidas por el suelo y en productos agrícolas”, alertan desde el portal médico Web Consultas.

El peligro llega cuando estas esporas germinan, produciendo una neurotoxina bacteriana conocida como toxina botulínica. Esa formación puede suceder en el sistema digestivo del bebé, dando lugar a una enfermedad que recibe el nombre de botulismo y que está acompañada de síntomas tan comprometidos como dificultad respiratoria, falta de apetito, debilidad prolongada, una disfunción en el sistema nervioso y, en el peor de los casos, la muerte.