Comer queso curado no solamente puede ser la mejor ofensiva anticaries -pues previene este problema dental-, sino también un salvoconducto a una mayor esperanza de vida. De hecho, según un estudio de la Universidad de Texas A&M (EEUU), la espermidina, una sustancia presente en el queso, es capaz de prolongar la esperanza de vida de los ratones en un 25%. Lo cierto es que esta prometedora molécula ha causado algarabía científica, pues algunos como Leyuan Liu, coautor del trabajo, creen que este descubrimiento nos coloca a tiro de piedra del siglo de vida: "Se trata de un aumento dramático en la vida útil de modelos animales, un 25%. En términos humanos, eso significaría que en lugar de vivir unos 81 años de edad, el estadounidense promedio podría vivir por encima de los 100 años”.

Además, los investigadores atribuyen a esta sustancia importantes beneficios, pues podría prevenir la fibrosis hepática y el cáncer de hígado. Pero a pesar de que esta investigación reconoce que son precisos nuevos estudios para determinar la seguridad y la eficacia de la suplementación de espermidina en los seres humanos, sí que podemos empezar a incluirla en nuestra dieta, aunque seguramente muchos ya lo hacen sin ser conscientes de ello.

Algunos expertos aseguran que la espermidina nos permitiría vivir por encima de los 100 años

Como decíamos, esta sustancia se halla en grandes cantidades en el queso curado, al que tanta devoción tenemos los españoles, pero también encontramos rastros de espermidina en los champiñones, el brócoli, los guisantes, las patatas, la coliflor y frutas como las manzanas, entre otros. Debemos precisar que esta sustancia se halla en el esperma de los seres humanos, lugar en el que se descubrió por primera vez y por el que se decidió bautizarla con ese nombre. Aunque también se ha detectado en las bacterias intestinales y en algunas células. No obstante, a partir de los 40 años y si nuestra dieta resulta inadecuada, el cuerpo reduce su producción.

No obstante, falta un estudio que ponga la guinda al pastel y corrobore este optimista escenario. Y afortunadamente, lo tenemos. Este verano se ha publicado en la revista 'American Journal of Clinical Nutrition' (AJCN) una investigación llevada a cabo entre 1995 y 2015 con 829 sujetos, de edades comprendidas entre los 45 y los 84 años.

Foto: iStock.
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Tras analizar su alimentación, se comprobó que los participantes que ingerían más espermidina presentaban un menor riesgo cardiovascular, mejor presión arterial, resultaban ser menos proclives a la mortalidad por insuficiencia cardiaca e incluso mostraban un menor índice de mortalidad con independencia de la causa.

Lo cierto es que, según las estimaciones, la dieta mediterránea es rica en alimentos donde abunda esta sustancia. Así, su consumo es más alto en los países del arco mediterráneo, con 700 micromoles al día, mientras que en el norte de Europa y Reino Unido se ingieren de media entre 350 a 500 micromoles. En cuanto a los Estados Unidos, la proporción es de 250 a 550 micromoles.

Los investigadores hallaron que esta sustancia abunda en la leche materna, pero no en las leches para bebé

En concreto, la espermidina es un compuesto de poliaminas que promueve la autofagia celular. Este último es un proceso esencial sin el cual nuestras células no sobrevivirían. Así, son esenciales para deshacernos de las moléculas invasoras. Si estas fallasen, según los expertos, las moléculas tóxicas aumentarían y aparecerían enfermedades como el párkinson, el alzhéimer, la diabetes tipo 2 y el cáncer. Lo cierto es que la autofagia, cuyo estudio le valió el premio Nobel de Medicina de 2016 al biólogo japonés Yoshinori Ohsumi, ha suscitado un gran interés entre los círculos médicos y, como reconoce el Instituto Karolinska, se ha convertido en una de las áreas más estudiadas.

Pero los beneficios atribuidos a esta molécula son un suma y sigue. Así, podemos hacer eco de un estudio fechado en 2009 desarrollado por la Universidad de Lieja (Bélgica) que descubrió que esta sustancia -o más bien su carencia- está vinculada al desarrollo de alergias alimentarias.

Los investigadores hallaron que la espermidina abunda más en la leche materna, mientras que su presencia es más baja en las fórmulas para bebé. De hecho, según explican Javier Aranceta, Carmen Pérez y Miguel García en su libro ‘Nutrición comunitaria’, editado por la Universidad de Cantabria, las concentraciones de espermidina aumentan considerablemente durante los primeros días de lactancia, permanecen estables hasta el final del primer mes de vida y van disminuyendo paulatinamente. Además, pueden ayudar al bebé a la maduración intestinal, así como prevenir las alergias alimentarias al reducir la permeabilidad de la mucosa a los antígenos proteicos.