Puro y duro ácido clorhídrico (HCl). Es esta molécula la que se encarga de disociar la comida en sus componentes principales, así como de romper las cadenas de proteínas permitiendo al tracto digestivo absorber las partes que le interesan. Esto ocurre gracias a que el pH, el coeficiente que determina la acidez o basicidad de una solución acuosa, es extraordinariamente ácido. Nada más y nada menos que en su concentración tiene un pH de 1,3, capaz de disolver metales.

Nuestro cuerpo, por supuesto, está diseñado para soportar esta acción corrosiva del ácido clorhídrico, pero solo nuestro tracto digestivo y estómago, ningún otro sitio. El problema es que en un gran porcentaje de la población, la válvula que impide que el contenido estomacal suba hacia el esófago, el cardias, está abierta debido a que está situada por encima del diafragma, lo que se conoce como hernia de hiato. Esto permite que los fluidos gástricos asciendan hacia el esófago, que no está diseñado para soportar los jugos gástricos. Los estudios difieren en qué cantidad de ciudadanos padecen esta afección, dado que algunos sitúan la prevalencia en un 10% y otros en cifras tan elevadas como el 80%. La estimación que se cree correcta es que la cantidad de personas que padecen esta malformación es directamente proporcional a las cifras de obesidad, con lo que finalmente se situaría en el 60%.

Algunas dietas mienten diciendo que alimentos como el limón, en realidad, son alcalinos

Esta apertura permite que se produzca lo que conocemos como reflujo gastroesofágico. Es una sensación de ardor intenso que sube e incluso puede llegar a la boca. Vamos, como exhalar fuego cual dragón. Esto ocurre cuando el contenido estomacal sube por nuestro esófago.

Para aliviarlo, tendemos a beber agua, lo que resulta contraproducente. El problema es que estamos produciendo más ácido del que deberíamos (en condiciones normales tendríamos que segregar entre 1-1,5 litros de HCL), pero podemos llegar a generar más de dos. Esto, sumado a una alta ingesta de alimentos, aumenta el volumen y por tanto busca salidas como el esófago. Como decíamos, al añadir agua a la disolución de ácidos, no disminuimos su acidez, pero sí aumentamos su volumen. Esto provocará que sea más fácil sentir la sensación ácida subiéndonos por la garganta.

Foto: iStock.
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Si bien no será lo mejor consumir agua, hay ciertos alimentos que pueden ayudarnos a aliviar esta sensación siempre y cuando no tengamos un medicamento antiácido a mano. La idea es que actúen de la misma manera. Cuando a un ácido se le añade una base, el producto, siempre es una sal más agua y algún otro producto en determinados casos. Por ejemplo, antes (ahora no es nada recomendable médicamente) se utilizaba bicarbonato de sodio para contrarrestar el ácido clorhídrico de nuestros jugos gástricos. La reacción es la siguiente: Hcl + NaHCO3 = NaCl + H2O + CO2. El producto era sal común, agua y dióxido de carbono. Si alguna vez hemos ingerido de esta forma bicarbonato, habremos expulsado grandes cantidades de gas por vía oral. Ese es el CO2 escapando.

Las comidas para evitarlo

Algunos alimentos son más alcalinos que otros o son capaces de reducir el volumen de nuestro contenido estomacal. Son los siguientes:

  • Arroz. Contaba el hijo del sargento Bill Tate, un prisionero de guerra capturado en Burma por los japoneses en 1943, en el frente del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, que su padre fue sometido a la tortura de comer arroz crudo y beber después agua: "Nada más comer el arroz notaba mi estómago inflamado. El arroz casi crudo se estaba expandiendo". Por supuesto, no nos compensa estar sometidos a una tortura de guerra con tal de quitarnos el reflujo ácido, pero la idea es la misma. Si consumimos arroz bien cocinado, este absorberá líquidos reduciendo la cantidad de ácido hasta que pase por el píloro hacia el intestino. Además, si elegimos el integral, la fibra alimentaria nos ayudará a tener un mejor tránsito gastrointestinal, lo que acelerará las cosas, sobre todo la recuperación.
  • Huevos. Además de ser uno de los alimentos más nutritivos que nos podemos meter en el cuerpo, son un alimento básico. Y con esto nos referimos a todos los significados de esta palabra, tanto a que su presencia en la cocina es algo casi obligatorio como a que su pH es alcalino y, por lo tanto, capaz de contrarrestar los efectos de los jugos gástricos.
  • Leche. Tiene un pH de 6,4, lo que teóricamente la convierte en un alimento ácido (el pH neutro se considera el del agua, y se sitúa en 7). De todos modos es muy superior (o lo que es lo mismo, menos ácido) que el de nuestros jugos gástricos, por lo que nos ayudará.
  • Melones, sandías y plátanos. Prácticamente todas las frutas son bastante ácidas, incluso aunque no nos lo parezca (este es el caso de las manzanas, que alcanzan el 3,8 de pH). Por suerte, las tres mencionadas son alcalinas. Incluso cuando todavía no están maduras son solo neutras, por lo que deberían ayudarnos o, al menos, no empeorar nuestra acidez.

Foto: iStock.
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  • Espárragos. Además de ser el alimento diurético más conocido, este miembro de la familia de las asparagaceae es alcalino, por lo que contribuirá a controlar la excesiva acidez gástrica y, por tanto, a mantener a raya el reflujo gastroesofágico.

Eso sí, deberemos tener en cuenta que el mayor problema al que nos podemos enfrentar con listas como esta de alimentos alcalinos es que una de las diferentes dietas dogmáticas (keto, paleo, vegana, vegetariana...) tiende a clasificar como muy básicos alimentos que no lo son, ni por asomo. Esta es la dieta alcalina, que tiene la desfachatez de clasificar a la lima con un pH de 9 y al limón con uno de 10, cuando su verdadero valor se sitúa en 2. Está claro que tienen sus creencias por encima de la propia ciencia o la capacidad de la lengua para determinar la acidez de los productos.