Entre los múltiples propósitos que el año nuevo trae consigo, uno de los más populares es el de comer mejor. Este ‘comer mejor’ no significa lo mismo para cada uno de nosotros: para algunos, en ese deseo se incluirá el dejar de visitar la máquina de vending del trabajo; para otros, acabar con las excursiones nocturnas a la nevera; también habrá quien planee meterse entre fogones y no recurrir a los precocinados, y quien se prometa dejar de lado los ultraprocesados y meter más fruta y verdura en el carrito de la compra.

Para muchos, además, en ese ‘comer mejor’ se incluye la esperanza de perder peso y ponerse en forma. De adelgazar, especialmente después de los excesos navideños. Es, aseguran las encuestas, uno de los propósitos de Año Nuevo más comunes -junto con el de viajar, aprender un idioma o dejar de fumar-, pero la buena voluntad no suele mantenerse más allá de unas pocas semanas. Si uno echa la vista atrás, a las Nocheviejas anteriores, es fácil que se encuentre con que año tras año incumple sus propias promesas de cambio.

Tras seguir durante 12 meses a 3.000 personas, tan solo el 12% cumplió sus objetivos de Año Nuevo

Richard Wiseman ocupa la única cátedra británica de algo que podríamos traducir como Comprensión Pública de la Psicología en la Universidad de Hertfordshire. Él estudia los aspectos insólitos de la vida, el lado peculiar del comportamiento humano: la ‘rarología’. Entre sus distintos experimentos, encontramos un estudio que analiza precisamente los propósitos de Año Nuevo y, para ello, durante 12 meses realizó un seguimiento de más de 3.000 personas que intentaban perder peso, acudir al gimnasio, beber menos y dejar de fumar. Como él mismo cuenta, “al inicio del estudio, el 52% de los participantes confiaban en el éxito; un año después, solo el 12% había logrado su objetivo”.

¿Nos estamos engañando cuando nos marcamos estos objetivos? ¿Somos demasiado ingenuos, o es que sobrevaloramos nuestra capacidad de esfuerzo? ¿Tiene realmente sentido marcarse una fecha para iniciar un cambio de hábitos en la alimentación?

Foto: iStock.
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“El principio de año es bastante motivador, especialmente para personas que estén indecisas, dubitativas, que nunca encuentran el momento adecuado -explica Guillermo V. Rodríguez, vicedecano y vicepresidente del Colegio de Dietistas-Nutricionistas de Madrid-. Es la ocasión de marcar un antes y un después”. Con él coincide Itziar Digon, psicóloga nutricionista, quien apunta un nuevo matiz: “Estas fechas suelen ser propicias para hacer un repaso, para que uno revise la lista de aspectos de su vida en los que desea mejorar. Suele ser momento de hacer balance”.

Hacer balance

Hacemos inventario. Nos proyectamos y buscamos una imagen de nosotros mismos que nos agrade más que la actual. Y pensamos que, esta vez sí, es posible cambiar. “En algún momento hay que comenzar; está claro que, si decidimos hacer un cambio, tenemos que estar convencidos de que es el momento -señala Ángela Quintas, química y experta en coaching nutricional-. No tiene ningún sentido empezar a cuidarnos después de los excesos navideños sin son hábitos que no vamos a mantener en el tiempo. No sirve de nada hacer un esfuerzo enorme para bajar el peso que hemos subido en estas fiestas y volver a recuperarlo en Semana Santa y estar así toda la vida”.

El cambio debe mantenerse en el tiempo. Solo así evitaremos ese yoyó que tanto trastoca nuestra salud

Sí, lo sabemos: el objetivo debe ser un cambio de hábitos sostenido en el tiempo, pues solo así evitaremos ese yoyó que tanto trastoca nuestro cuerpo, nuestra imagen y nuestra salud. Pero está claro que no es sencillo, y la prueba la tenemos en todas las veces que nos hemos propuesto modificar nuestra alimentación, poner orden y equilibrio en la despensa y en la nevera…y no lo hemos logrado.

Consejos de expertos

  • “Suelo recomendar a mis pacientes -nos cuenta Guillermo V. Rodríguez- que apunten lo que están sintiendo y lo que quieren conseguir: ‘Quiero volver a ponerme aquellos pantalones grises’, ‘quiero poder jugar por el suelo con mi hijo’, ‘quiero volver a hacer caminatas y sentirme bien’, ‘quiero no tener que desabrocharme el pantalón después de una comida…’. Es un camino largo y en los momentos de flaqueza nos vendrá bien tener a mano estos propósitos concretos para recordar aquello por lo que lo estamos haciendo”.
  • Itziar Digon apunta también la importancia de fijarse compromisos alcanzables. “Cuando uno dice ‘me propongo comer sano todos los días’ no deja mucho margen al error. Depende de dónde parta cada uno, porque si uno es muy exigente y perfeccionista es posible que no llegue a ese nivel de autoexigencia y se acabe frustrando; y si es de los de ‘todo o nada’, es fácil que en cuanto dejen de hacerlo un día lo tiren todo por la borda. Es preferible comenzar con objetivos más abiertos, por ejemplo, proponiéndose llevar comida sana al trabajo tres días por semana”.
  • Conocerse a uno mismo también jugará un papel importante. “Para que este cambio tenga éxito y se pueda mantener en el tiempo es primordial que me sienta muy cómodo con las modificaciones que voy haciendo, que no pase hambre, que me permita seguir teniendo vida social -propone Ángela Quintas-. A veces pretendemos hacer un cambio de 180º -dieta, gimnasio...- y esto nos supone una situación de estrés tan alto que terminamos tirando la toalla”.

Una carrera de fondo

La idea sería ir incorporando cambios con los que nos vayamos sintiendo a gusto… y que nos ayuden a mantenernos fuertes en nuestra decisión. Dos son los conceptos esenciales: realismo y consciencia. “Hay que ser realista, saber hasta dónde puedes llegar en esta primera fase y fijarse objetivos razonables. Debemos olvidarnos de la inmediatez: esto es una carrera de fondo, no un sprint”.

Foto: iStock.
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La consciencia, señala Quintas, es importante para fijar el punto de partida. “Debemos ser conscientes de qué y cómo comemos”. Puede parecer una obviedad, pero es algo que “con la vorágine diaria puede pasar desapercibido. Una vez que sepamos lo que comemos, podremos determinar si es saludable o si necesitamos un cambio de hábitos y estilo de vida. Y ahí nos solemos equivocar en ponerle fecha de caducidad: siempre que pensemos que no es algo que se tiene que mantener en el tiempo es un error, pues en el momento en que lo dejemos volveremos a los malos hábitos”.

Sí, finalmente, todo depende del punto de partida. De cuántas veces nos hemos propuesto comer mejor, cuántas veces no hemos cumplido este propósito y cuánto daño (físico y psicológico) nos hace empezar una dieta una y otra vez.

“Detrás de estas dietas y estos propósitos hay muchos fracasos, mucho sufrimiento -señala Itziar Digon-. No todo es 'me quito unos kilitos' o 'voy a empezar a comer más sano'. Quien nunca ha tenido problemas emocionales con la comida no sabe que, para muchas personas, hay desesperación y angustia en un hábito que no son capaces de cambiar”.

En estos casos, tal vez el propósito de Año Nuevo pueda ser el de decidirse a ponerse en manos de un profesional que le ayude en el camino de la alimentación consciente, de comer en contacto con las emociones y las sensaciones físicas. “Se trata de saber qué hay detrás de esa forma de comer, de ese automatismo, de esa falta de control. Cuando comes desde la consciencia, sabes que lo puedes hacer mejor, pero te das permiso y te perdonas”.