La enfermedad por reflujo gástrico es la primera manifestación de este trastorno cuya prevalencia aumenta con la edad y con el índice de masa corporal. Se estima que el 20% de la población la padece.

¿Qué es?

Se trata de un defecto anatómico. Separando el tórax del abdomen hay un músculo que se llama diafragma y que tiene un papel importante en la función respiratoria. El esófago (que conduce la comida desde la boca al estómago) atraviesa este músculo a través de un orificio que se llama hiato, que cuando se dilata provoca que una porción del estómago se deslice hacia el tórax generando la llamada hernia de hiato, de la que existen dos tipos: las hernias deslizantes (85-95%) y las paraesofágicas (15,5% del total)

¿Cuáles son sus causas?

Son varias las razones que causan la hernia de hiato y entre ellas una importante es la predisposición genética. Además, se sabe que la edad y la obesidad son dos de los motivos más directamente relacionados con ella, así como el embarazo. Las personas que tienen vómitos repetitivos o aquellas que sufren de estreñimiento pueden aumentar la presión intraabdominal y esto puede debilitar la membrana frenoesofágica facilitando así la aparición de la hernia.

La ascitis, una acumulación anormal de líquido en la cavidad abdominal que se observa a menudo en personas con insuficiencia hepática, también se asocia con su desarrollo. Otros factores desencadenantes que pueden aumentar la presión en el abdomen y causar el trastorno son el ejercicio de determinadas profesiones (levantadores de pesas, músicos de instrumentos de viento, sopladores de vidrio…), padecer anorexia, bronquitis o ser fumador.

¿Cuáles son los principales síntomas?

Cuando la hernia es pequeña puede no causar síntomas, pero el reflujo gástrico es la primera manifestación clínica de su existencia. Otros signos que la delatan son: sabor ácido en la boca, dolor de pecho, de estómago o de garganta, dificultad para tragar, voz ronca, carraspera, regurgitación y tos.

¿Cómo se diagnostica?

En muchos casos la hernia puede no tener un diagnóstico, dado que el paciente no padece síntomas o estos son leves e intermitentes. Tras la valoración de los síntomas por parte del médico, se puede recurrir a pruebas de confirmación como la radiografía con bario, la endoscopia o la gastroscopia y la phmetría.

¿Cuál es el tratamiento?

El primer objetivo es el alivio de los síntomas, como el reflujo gástrico, mediante el uso de fármacos, como los inhibidores de la bomba de protones (omeprazol, pantoprazol, lansoprazol) o antagonistas de la histamina-2 (ranitidina). En algunos casos se puede añadir algún medicamento que ayude a propulsar el alimento hacia el estómago como los procinéticos (metoclopramida, domperidona, cisapride). Es importante, además, que el paciente mantenga una dieta sana libre de alcohol, tabaco, comidas picantes y abundantes y baje de peso. La cirugía está indicada en los pacientes que no mejoran con las pautas dietéticas y tratamientos farmacológicos.

Pautas dietéticas

Uno de los primeros pasos es hacer una dieta saludable encaminada a perder peso en los casos en los que la obesidad o el sobrepeso estén detrás del trastorno. Es necesario, además, hacer varias comidas ligeras al día (no dejar pasar más de tres horas sin ingerir un alimento), libres de condimentos, picantes y grasas. Hay que evitar el alcohol, el tabaco, el café, las bebidas carbonatadas y procurar tomar pocos alimentos salados o en escabeche. Masticar lentamente, no ingerir ni sólido ni líquido antes de acostarse son otras pautas eficaces.