Más de 44.000 españoles murieron en España en 2016 por enfermedades cardiovasculares derivadas de una mala alimentación. Es decir, que podrían haberse prevenido y evitado. Este dato tan impactante lo acaba de sacar a la luz un estudio liderado por la Universidad Martin Luther Halle-Wittenberg, en Alemania, que se ha publicado en 'European Journal of Epidemiology'.

La investigación se centra en la relación directa entre nutrición y enfermedades cardiovasculares en los distintos países europeos. En todo el continente durante el año analizado, 2016, fallecieron por estas enfermedades 4,3 millones de personas y de ellas 2,1 millones tuvieron su causa inicial en una dieta inadecuada. A pesar de que los datos en España son apabullantes, conviene relativizar, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestro país tiene la cota más baja (junto con Israel) de fallecidos por este tema, 43 personas por cada 100.000, mientras que por ejemplo en Bulgaria esta cifra se eleva a 260 por cada 100.000.

El 80% de los hombres y el 55% de mujeres tendrán sobrepeso u obesidad en 2030 en nuestro país


La dieta, si es inadecuada y mantenida en el tiempo es, objetivamente, un factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares, primera causa de muerte en nuestro país (y en todo el mundo, según indica la Organización Mundial de la Salud). Lo cual es alarmante, ya que tal como publica la 'Revista Española de Cardiología', el 80% de los hombres y el 55% de las mujeres de nuestro país tendrán sobrepeso u obesidad en 2030. Una tendencia que ha ido aumentando desde los años 80 a raíz de un incremento anual del sobrepeso del 0,28% en los hombres y del 0,10% en mujeres; y de la obesidad del 0,50% en hombres y del 0,25% en mujeres.

Foto: iStock.
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¿Dónde está el fallo? ¿Por qué este aumento de sobrepeso, de obesidad y, en consecuencia, de enfermedades cardiovasculares? La respuesta está, además de en otros hábitos de vida como un mayor sedentarismo (el 80% de los trabajadores pasamos la mayor parte de la jornada sentados o de pie pero sin realizar actividad física), en la alimentación. Según señala la conferencia 'Prevención y promoción de la salud en la práctica clínica en España', los españoles seguimos "una dieta mediterránea modificada, que incluye un aceptable consumo de frutas y verduras, relativamente rico en cereales (en forma de pan), con elevada cantidad de grasas de adición en forma de aceites vegetales y un alto consumo de pescado. Sin embargo, el consumo de carne, platos preparados, zumos y refrescos en su mayoría azucarados es alto, mientras que el de legumbres es bajo. (...) El patrón de dieta mediteránea se ha modificado, de modo que se asiste a una mayor proporción en los nutrientes ingeridos con elevado contenido de grasa total y saturada. Asimismo, se observa una tendencia a la reducción del consumo de frutas y verduras en la población general y en especial entre los jóvenes".

Ejercicio y dieta, tándem perfecto

La buena noticia es que modificando estos hábitos, reduciremos en gran medida el riesgo de padecer estas enfermedades. Los cardiólogos aconsejan realizar actividad física de intensidad moderada durante un mínimo de 30 minutos cinco días por semana o de intensidad alta durante un mínimo de 20 minutos tres días por semana para que el efecto preventivo sea real.

Y en cuanto a la alimentación, la principal clave es seguir la dieta mediterránea sin variaciones como las anteriormente comentadas que la conviertan en menos saludable. Así lo mostró hace ya unos años el estudio Predimed, que midió concretamente el efecto preventivo de este tipo de alimentación y concluyó que esta dieta, suplementada con aceite de oliva virgen extra o frutos secos, reduce el 30% la incidencia de problemas cardiovasculares graves en personas con alto riesgo de sufrirlas.

"Los lácteos con pocas grasas contribuyen a prevenir la hipertensión y reducen el riesgo de ictus"


La Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) ha publicado recientemente una pirámide renovada de la alimentación saludable, basada en esta dieta mediterránea. Sus líneas a seguir son las siguientes:

  • Consumir en cada comida principal verduras, hortalizas y frutas, así como cereales integrales. El hecho de que sean integrales es importante, ya que aportan más nutrientes y tienen menor carga glucémica que los refinados. Y la carga glucémica de la dieta se asocia con un aumento de la incidencia cardiopatía isquémica e ictus, tal como mostró un estudio realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. La grasa de elección será preferiblemente el aceite de oliva virgen extra.

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  • Tomar dos o tres lácteos al día. Según indica un metaanálisis realizado por el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) y la Universidad de Tufts, y publicado por la 'Revista Española de Cardiología', "la leche y los productos lácteos con pocas grasas contribuyen a prevenir la hipertensión y reducen el riesgo de ictus y, potencialmente, otros eventos de enfermedades cardiovasculares".
  • Alternar a diario el consumo de pescados, huevos, carnes blancas y magras, legumbres y frutos secos. Estos dos últimos alimentos destacan sobre todo por ser ricos en fibra, que ayuda a reducir el colesterol; y un colesterol elevado es responsable de hasta el 60% de las enfermedades del corazón, según indica la Sociedad Española de Cardiología​.
  • Reducir el consumo de carnes rojas, procesadas y embutidos. El metaanálisis del CNIC concluye que "el consumo de carne roja no elaborada y carne roja elaborada no es beneficioso para la salud cardiometabólica y las guías clínicas y de salud pública deben priorizar sobre todo la reducción del consumo de carne elaborada". En cuanto a la sal, es conveniente no tomar más de 5 gramos diarios, tal como indica la OMS.

Foto: iStock.
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  • Dejar para contadas ocasiones la ingesta de bollería, dulces y snacks salados. No puede decirse que estos productos sean amigos del corazón, sino más bien todo lo contrario. Según indica el Centro de Alimentación y Desarrollo de Sonora, en México, el aumento del 2% de la energía diaria con ácidos grasos trans se relaciona con un aumento del 23% de riesgo cardiovascular. Una buena noticia es que, como ha mostrado un estudio de la Universidad de Navarra, las firmas de bollería industrial han ido reduciendo las cantidades grasas trans de sus productos. Y la OMS publicó hace unos meses una serie de medidas para tratar de eliminar por completo estos ácidos nada saludables en la elaboración de productos para el consumo alimentario de aquí a 2023.
  • El agua debe ser la bebida de elección. Su cantidad necesaria dependerá del peso, la altura y la actividad física de cada persona, pero se sitúa en torno a los 4-6 vasos al día. Un consumo moderado de vino tinto tiene un efecto cardioprotector según distintos estudios, como el que realizó la Universidad de Missouri-Kansas City en 2014, y el motivo está en su alto contenido de polifenoles. Dos vasos de vino al día aumentan las concentraciones de lipoproteínas de alta densidad, lo que reduce el riesgo de sufrir este tipo de enfermedades. Sin embargo, un consumo elevado de esta bebida provocaría el efecto contrario.

Hoy en día las recomendaciones nutricionales han dejado de centrarse en alimentos concretos para valorar la dieta en su conjunto. En cuanto al futuro, los expertos apuntan a que el consejo será tan personalizado que tendrá en cuenta la constitución genómica de cada uno de nosotros. Hasta que ese momento llegue, nada como la dieta mediterránea para protegernos frente a las enfermedades cardiovasculares.