"Fobia a padecer algún defecto, anomalía o enfermedad que afecte estéticamente a una parte del cuerpo". Todos, en mayor o menor medida, podemos sentirnos identificados con la definición de dismorfofobia. Tenemos miedo a algo que es o tiene nuestro cuerpo, incluso a cosas completamente normales. Se puede indagar y teorizar sobre los factores que nos llevan a sufrir este terror, pero está aceptado que uno de los que más nos influye es la presión social: nos comparamos con todos todo el día. Ese chico es más alto, más delgado, más guapo que yo, y eso es malo... hasta ahora.

Esta reinterpretación de los perjuicios de la dismorfofobia se debe a un nuevo estudio publicado por las investigadoras Kathryn Miller, Allison Kelly y Elizabeth Stephen, de la Universidad de Waterloo en Canadá. En su trabajo, las científicas analizaron cómo las interacciones sociales influencian nuestra propia imagen corporal. Sus descubrimientos fueron de lo más reveladores:

Los gordos motivan, al no querer estar como ellos; los delgados nos hacen pensar que nunca lo conseguiremos

Estar rodeado de personas sanas, preocupadas por su salud y su imagen corporal es contraproducente, dado que, como explican las propias científicas, "estar alrededor de personas centradas en mantener un buen aspecto físico es perjudicial". Esto, se cree, es debido al efecto desmotivador o, dicho de otro modo, al "nunca lograré estar como ellos".

En el otro extremo del espectro está la gente rodeada de personas que no están en absoluto preocupadas por su estado de salud y su aspecto físico. Los sujetos sometidos a interacciones con estas personas resultaba que tenían una mayor conciencia y preocupación por su peso, y que por tanto seguían unos hábitos de vida más saludables.

Las razones de que esto sea así, creen las expertas, es que el ver a personas de peso elevado a nuestro alrededor es motivador desde un punto de vista negativo. Actúan como un espejo, aunque la imagen que vemos reflejada no sea la misma que la que emitimos. Esto nos lleva a no querer ser iguales, lo que a su vez actúa como un refuerzo moral, algo así como "voy a ser mejor que ellos, voy a conseguir lo que ellos no han podido, adelgazar".

Una de las directoras del estudio, la doctora Kathryn Miller, explicaba que "nuestras investigaciones nos llevan a pensar que el contexto social tiene un impacto significativo en cómo nos sentimos con respecto a nuestros cuerpos en un determinado día".

Los métodos

Para la realización de su investigación, las científicas solo eligieron como sujeto de estudio a mujeres. Esta elección tiene su base en estudios de prevalencia de enfermedades directamente relacionadas con la dismorfofobia como la anorexia y la bulimia. Según la National Eating Disorders Association (NEDA), una asociación estadounidense dedicada a ayudar a pacientes de las enfermedades anteriormente mencionadas, el 0,4% de las mujeres y el 0,1% de los hombres de cualquier grupo extenso de población en países desarrollados sufre anorexia. Estos datos concuerdan con otros estudios que certifican que, en total, el 0,9% de las mujeres y el 0,3% de los varones ha sufrido anorexia o bulimia en algún momento de sus vidas.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Las 92 participantes (todas universitarias entre 17 y 25 años, que se sumaron al estudio a cambio de créditos extra) siguieron un minucioso escrutinio de sus relaciones sociales y sus conductas (y cambios en estas) al relacionarse con personas de peso elevado y con personas sanas.

La polémica

Las propias investigadoras abogan por la teoría de la aceptación del peso: "Si más mujeres intentan centrarse menos en su peso o forma, puede ocurrir un cambio en los estándares sociales de belleza respecto a la imagen física", explica la doctora Miller. Y añade: "Es importante, también, saber que tenemos la oportunidad de afectar positivamente a quienes nos rodean con respecto a su imagen corporal". Aunque catárquica, esta teoría lo que significa es que es positiva la 'aceptación del yo' al margen de las dificultades e incluso riesgos que pueda suponer. Dicho de otro modo, ser felices incluso cuando no estamos sanos.

La aceptación de este punto de vista, en vez de utilizar los descubrimientos de este estudio como arma para luchar contra la que se conoce como 'la plaga del siglo XXI' (la obesidad), puede resultar en una menor salud colectiva, al dar por buenas actitudes y estados físicos que representan una amenaza real para quien los padece. Eso, al margen de la teoría de que 'si estamos gordos, al menos seremos útiles motivando a los demás'. Hay una gran diferencia entre envidiar un cuerpo perfecto, como el de una modelo, y envidiar un cuerpo sano. Esto último es a lo que deberíamos aspirar todos nosotros.