El doctor Alessio Fasano es gastroenterólogo y un referente a nivel mundial en temas relacionados con el intestino, los trastornos autoinmunes y la enfermedad celiaca. En el año 2000, el azar científico le llevó a hacer un descubrimiento: identificar la ‘zonulina’, una proteína que regula la apertura o el cierre de los espacios que hay entre las células intestinales. Una especie de ‘Ábrete Sésamo’ gracias al cual determinados nutrientes pueden pasar al torrente sanguíneo, pero que puede convertirse también en un arma de doble filo: si algo falla y las compuertas están demasiado tiempo abiertas, se está facilitando el paso a sustancias que nos pueden dañar.

Ese descubrimiento ha sido uno de los elementos clave en el estudio de la permeabilidad intestinal, un campo de investigación que en los últimos años ha suscitado el interés, el debate y la controversia en la comunidad científica. El punto de partida pasa por comprender que, aun cuando durante mucho tiempo se pensó que la pared intestinal era una barrera infranqueable, en realidad se trata de una membrana permeable. Es cierto que está revestida por millones y millones de células -enterocitos-, pero estas células no están cementadas entre sí, sino que entre unas y otras hay unos pequeños espacios intercelulares.

El problema surge cuando aumenta la permeabilidad y pasan a la sangre sustancias tóxicas o patógenos

Para entenderlo mejor, podemos pensar en estos espacios como en unas compuertas que habitualmente están cerradas -para evitar que se filtren al torrente sanguíneo sustancias tóxicas o patógenos-, pero que se pueden abrir para que pasen nutrientes. “Su papel es esencial y, por eso, están rodeadas por células del sistema inmune innato -explica David Vargas, fundador de Regenera y experto en PNI-. Así, si todo funciona correctamente, aquello que es potencialmente peligroso se topará con la barrera, mientras que aquello que nos va a alimentar pasará a la sangre”.

Esto quiere decir que, cuando hablamos de un intestino permeable, no estamos en realidad diciendo nada negativo: el intestino es, por su propia arquitectura, permeable. Otra cuestión es que no funcione bien el cierre, que se hagan ‘agujeritos’, que termine convirtiéndose en un coladero por el que se cuelen sustancias tóxicas o patógenas.

Pared intestinal (Foto: iStock)
Pared intestinal (Foto: iStock)

En esa situación, explica Vargas, “el sistema inmune innato tiene un exceso de trabajo; esta sobrecarga provoca una respuesta inflamatoria más intensa y esto, a su vez, hace que el sistema inmune adaptativo pierda eficacia y especificidad”. ¿Qué significa esto? Que se equivoca, comete errores. Confunde estructuras moleculares similares y ataca a todo lo que le recuerda a una amenaza. Es entonces cuando pueden empezar a aparecer alergias, enfermedades autoinmunes…

“Durante mucho tiempo, fuimos incapaces de entender cómo las grandes moléculas que causan alergias o enfermedades autoinmunes podían pasar desde el intestino al cuerpo -explicaba hace tres años el doctor Fasano en la revista Time-. Es cierto que todavía hay debate, pero parece que a veces se forman brechas entre las células que pueden permitir el paso de moléculas más grandes”.

La controversia

Hablaba Fasano de ‘debate’ y hablaba con cautela. La aparición de las primeras investigaciones en torno a la permeabilidad intestinal fue motivo de una fuerte controversia. El propio Fasano explicaba que el término “síndrome del intestino permeable” no estaba, al menos en aquel momento, reconocido por la mayoría de los médicos. ¿La razón? “Se ha usado y abusado para explicar algunos fenómenos que no siempre eran correctos”. En su opinión, desde distintos foros no cualificados se explicó el intestino permeable como si fuera la causa de todos los males del universo, "desde el autismo hasta el cáncer, y eso terminó provocando el rechazo de la comunidad científica”.

De ahí su evidente interés por separar la ciencia de la especulación, algo que parece estar más cerca tras un estudio realizado por científicos del hospital en el que trabaja. Realizado con la ayuda de ratones genéticamente modificados y publicado en Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York, la investigación proporciona un vínculo directo entre el aumento de la permeabilidad del intestino y la enfermedad inflamatoria crónica.

El Hospital La Paz es el primero en España en diagnosticar este síndrome gracias a un test de permeabilidad

Otro gran avance ha sido la posibilidad de poder llegar a un diagnóstico. La Unidad de Trastornos Funcionales Digestivos del Hospital La Paz, dirigida por la doctora Silvia Gómez Senent, ha sido la primera de España en diagnosticar el Síndrome del Intestino Agujereado. Es posible gracias al test de permeabilidad intestinal, una prueba que “consiste en la administración oral de un radiofármaco (medicamento que en su composición lleva un elemento radioactivo) que, en condiciones normales, no atravesaría la pared intestinal. Si se encuentra alterada la permeabilidad, el radiofármaco atraviesa la barrera”. Como se elimina por orina, basta con recogerla durante las siguientes 24 horas, analizarla y observar si ha llegado el medicamento hasta allí.

Esto nos lleva a la clínica. A los pacientes. Hemos explicado que a veces no funciona bien la permeabilidad, pero no hemos dicho las posibles razones. “Los genes cargan la pistola, pero el entorno aprieta el gatillo”. Con estas palabras, Vargas apunta que, aun cuando debe haber una cierta susceptibilidad genética, más importante es lo que hacemos con nuestra vida, en concreto “todas aquellas situaciones que causen una inflamación mantenida, como el estrés, alimentación inadecuada, falta de descanso nocturno, tratamientos antibióticos…”

Foto: iStock
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A ello se suma el papel de nuestras bacterias intestinales. Una microbiota saludable tiene un efecto regulador del sistema inmune innato, mientras que una disbiosis, una parasitosis o una colonización fúngica facilita el acercamiento de los patógenos a la barrera intestinal. En definitiva, todo se basa en la combinación de una susceptibilidad genética con la fortaleza de la microbiota ante el estímulo de agentes irritantes.

¿Qué podemos hacer? En principio, todo apunta a que las pautas dietéticas relacionadas con una microbiota saludable nos serán de utilidad en la prevención; es decir, podríamos empezar por aumentar nuestro consumo de frutas y hortalizas y reducir cuanto podamos los alimentos ultraprocesados (con su carga de azúcares y grasas hidrogenadas). También el tabaco y el alcohol son factores de riesgo, así como los metales pesados o sustancias tensoactivas alimentarias.

La dieta, siempre importante

Si ya tenemos síntomas que se pueden asociar a una hiperpermeabilidad intestinal, deberemos acudir al especialista, porque lo más importante es, señala la doctora Gómez Senent, “eliminar la causa que la produce, si es que la conocemos”. En este sentido, apunta la importancia de disminuir el estrés, controlar la enfermedad digestiva de base y comprobar si tenemos carencia de zinc y de vitaminas B6. Otras medidas interesantes pasan por la inclusión de probióticos naturales -como el yogur de cabra o el kéfir- o por la suplementación probiótica. Pero esto siempre debe pasar por la prescripción de un especialista: recuerda que no todos los probióticos son útiles para todas las patologías.

La doctora Gómez Senet también apunta la importancia de tener unos niveles adecuados de L-glutamina: si hay un déficit de este compuesto, corremos el riesgo de que las mucosas se hagan permeables. ¿Dónde lo encontramos? En el pollo, pavo, magro de cerdo, espinacas, frutos secos, yogur y quesos frescos. Asimismo, para hacer frente a la debilidad inmunitaria que se produce en un cuadro de permeabilidad intestinal aumentada, conviene añadir a la dieta alimentos que contengan L-arginina (carne roja, pollo, cordero, marisco, ajos, cebolla, espárragos, lechuga, pepino…).