Hubo un tiempo, y no está tan lejano, en el que el abordaje de la obesidad se reducía a dos premisas: come menos y muévete más. Es decir, el famoso ‘menos plato y más zapato’ de Grande Covián. Y aunque todavía hoy persiste esa percepción simplista del recuento de calorías o del puro balance ‘tanto comes, tanto gastas, tanto pesas’, afortunadamente se empiezan a tener en cuenta otras mil variables fisiológicas. Uno de los nuevos enfoques es el del papel que juega la microbiota: cómo nuestras bacterias influyen en que perdamos o ganemos más o menos peso, pero también en que se altere nuestro estado de ánimo -más ansiedad, más depresión- asociada a la obesidad. O, por ejemplo, de qué manera el tipo de dieta que sigamos -más o menos rica en proteínas, grasas o fibra- influirá en que nuestra microbiota fabrique sustancias tóxicas que puedan perjudicar nuestra salud o beneficiosas que nos protejan frente a la enfermedad.

De todo esto saben mucho los científicos de proyecto europeo MyNewGut. Durante cinco años, una treintena de grupos investigadores de 15 países han trabajado para desentrañar la relación de la microbiota intestinal y su genoma -el microbioma- en el desarrollo de la obesidad y de trastornos de conducta ligados a nuestro estilo de vida. La visión, nos cuenta la española Yolanda Sanz, investigadora del IATA-CSIC y coordinadora del proyecto, ha sido multidisciplinar: “Expertos en microbiología y microbioma, fisiología, inmunología, psiquiatría y nutrición hemos investigado y trabajado unidos con la idea de evaluar cómo la dieta puede influir en la microbiota y, de ese modo, modificar nuestra salud metabólica y mental. Se trata de prevenir no solo la obesidad, sino las patologías asociadas; por ejemplo, el síndrome metabólico que conduce a la diabetes o a la enfermedad cardiovascular y las alteraciones del estado de ánimo.

¿Una bacteria para perder peso?

Una de las estrategias de MyNewGut ha sido la de ir más allá de los clásicos probióticos -es decir, los lactobacilos y las bifidobacterias- y lograr aislar ‘nuevas’ bacterias. “No teníamos dudas de que tenía que haber muchas otras bacterias que pueden ser potencialmente beneficiosas, pero de las que no conocemos todavía su función -explica Yolanda Sanz-. Así pues, nos pusimos a explorar otros microorganismos que nos eran desconocidos y, entre ellos, aislamos el Bacteroides uniformis, una bacteria que está patentada para su uso en obesidad.

¿Qué se sabe de este bacteroides? “Hemos visto, en modelos animales, que su capacidad para reducir la obesidad es mayor que la de los probióticos convencionales, probablemente por un mecanismo inmunorregulador: reduce la inflamación y esto detendría la cascada de acontecimientos posteriores que conducen al desarrollo de resistencia insulínica y, por ejemplo, diabetes”.

Yolanda Sanz, coordinadora de MyNewGut.
Yolanda Sanz, coordinadora de MyNewGut.

Hay otra bacteria muy interesante: se trata de la Bifidobacterium pseudocatenulatum, que han visto que “reduce el peso, modifica favorablemente los lípidos sanguíneos, mejora la tolerancia oral a la glucosa y tiene un efecto sobre la obesidad. Pero más novedoso todavía es su efecto sobre el estado de ánimo, en concreto, la depresión asociada a la obesidad”. Lo vemos a continuación.

Dietas altas en grasas, obesidad y depresión

Tenemos un ratón. Le damos una dieta rica en grasas saturadas, le inducimos obesidad y vemos que el ratón desarrolla síntomas depresivos. Ahora bien, si a continuación le administramos la bifidobacteria de la que hablábamos antes, esos síntomas de depresión se reducen. Así, de forma muy resumida, podemos explicar uno de los hallazgos de MyNewGut.

“Hay datos epidemiológicos bastante robustos, fruto del cúmulo de muchos estudios, que demuestran que la obesidad y las comorbilidades asociadas están relacionadas con un mayor riesgo de desarrollar depresión. Y la depresión, a su vez, aumenta el riesgo de desarrollar un evento cardiovascular, así como otras patologías metabólicas asociadas a la obesidad”. Esto ya lo sabíamos; lo interesante es el paso posterior, el hecho de que esa bifidobacteria pueda revertir el proceso. “Hemos visto que, por una parte, parece reducir la inflamación intestinal, y en consecuencia, también la inflamación sistémica y cerebral. De esa manera, se restauran los niveles de serotonina tanto en el intestino como en el hipocampo, una de las zonas cerebrales afectadas en el contexto de la depresión”. ¿Y cuál podría llegar a ser su utilidad en clínica? “Pensamos que algunas bacterias podrían ayudar a aliviar los síntomas de la depresión asociada a la obesidad”.

Dietas hiperproteicas

Todos conocemos las dietas muy ricas en proteínas y sabemos que siempre están en el punto de mira y muy cuestionadas por sus posibles efectos adversos a largo plazo. A menudo hemos oído hablar de que el exceso de proteínas podría dañar algunos tejidos, pero no sabíamos que podría deberse a las sustancias que fabrican las bacterias (los metabolitos).

“Es cierto que las dietas hiperproteicas tienen la ventaja de que a nivel metabólico nos ayudan a mantener el peso corporal; ahora bien, por otro lado también aumentan la cantidad de proteína que llega al intestino grueso; y esa proteína es metabolizada por las bacterias, que pueden generar posibles compuestos con propiedades tóxicas, citotóxicas para las células del organismo y también para otros órganos”.

¿Qué han descubierto los investigadores de MyNewGut? En primer lugar, que “la concentración de proteínas provoca que la microbiota genere más metabolitos tóxicos. Y un hallazgo fundamental ha sido ver que no solo influye la concentración de proteínas, sino también su origen. Nuestros resultados sugieren que, cuando las proteínas son de origen vegetal, se reduce el número de metabolitos tóxicos”.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

A partir de aquí, la conclusión es que “debemos tener cautela a la hora de recomendar dietas altas en proteínas para regular el peso corporal, especialmente si se hace por un tiempo muy prolongado y de forma recurrente. Es cierto que la obesidad es un problema importante y es posible que en algún momento sea estrictamente necesario que el paciente pierda peso en un tiempo relativamente corto, pero hay que tener cuidado a la hora de mantener en el tiempo una dieta de este tipo”.

Los posibles problemas de salud, nos dice, no son desdeñables: “Hemos visto que, ante una dieta hiperproteica, las bacterias intestinales producen metabolitos citotóxicos para las células del epitelio intestinal, por lo que podrían causar a largo plazo cáncer colorrectal. También hemos observado que aparecen en orina otras toxinas que podrían estar relacionadas con enfermedades de riñón”.

¿Y el futuro?

Quedan muchísimas preguntas sin respuestas. “Y a medida que vamos aprendiendo y descubriendo cosas, nos damos cuenta de todo lo que nos queda por conocer”, reconoce Yolanda Sanz, quien sí tiene claro, al menos, que el abordaje de la obesidad está cambiando y se tienen que tener en cuenta muchos otros factores implicados en su desarrollo. “Necesitamos realmente que la nutrición y la medicina vayan mucho más cogidas de la mano, que haya una mayor integración de la nutrición en el cuidado de la salud. Y, por supuesto, hemos de incorporar nuevos elementos, como puede ser la función de la microbiota y de los productos derivados del microbioma. Tenemos que desarrollar otras estrategias, como la identificación de bacterias o metabolitos bioactivos, para producirlas con todas las garantías en condiciones de laboratorio y usarlas como probióticos. Son alternativas de futuro que tendrán que incorporarse al cuidado y mantenimiento de la salud, igual que la dieta, el ejercicio físico y, en algunos casos, ciertos fármacos”.