Es una sustancia legal y también una potente droga psicoactiva. Pero sus efectos no se limitan al cerebro, sino que pueden comprometer gravemente la salud de diferentes formas. No hay tabla de salvación para los destilados, pero la cerveza y el vino siguen esquivando de vez en cuando la diana de una buena parte de la comunidad médica. El cerco, sin embargo, se estrecha: apenas hay estudios con grandes cohortes de individuos que defiendan ahora que en el caso del vino, por ejemplo, no solo no es perjudicial, sino que incluso con moderación es bueno para la salud cardiovascular. Un nuevo estudio publicado esta semana en la American College of Cardiology, 'Alcohol consumption and risk of hypertension', dispara en la línea de flotación del clásico argumento: aumenta la hipertensión y perjudica al corazón aun en pequeñas cantidades. El mensaje es cristalino: el alcohol es perjudicial siempre.

Alimente pregunta al experto Ángel Luis Villarino, director del Instituto Universitario de Drogodependencias de la Universidad Complutense, después de comprobar cómo la literatura científica en la última década apunta fundamentalmente hacia la último: "Obviamente no se puede trasladar a la población el mensaje de que el consumo de alcohol es bueno, porque aunque en el caso de la cerveza y el vino contienen antioxidantes muy interesantes y en grandes cantidades, como son los polifenoles en el vino, en sentido estricto el ser humano no debería ingerir alcohol etílico, porque es un producto que es capaz de metabolizar precisamente para reducir sus efectos, entre los cuales la mayor parte son poco o nada positivos. Sin embargo, no se puede hacer tampoco lo contrario: una cantidad moderada de vino o cerveza, aún cuando sea regular, no te va a matar. Es más, en determinadas circunstancias puede no ser tan negativo".

Se trata de rebatir la idea de que una copa de vino, por ejemplo, puede ser incluso saludable para el corazón

La cuestión del millón. Lo que señala el profesor universitario, como es el caso de la 'paradoja francesa' de Renaud de 1992, en la que se observaron beneficios en la salud cardiovascular con el consumo moderado pero continuo, es precisamente el objeto de los últimos estudios. No se trata ya establecer una relación directa entre el consumo de alcohol con todo tipo de problemas para la salud, del corazón al hígado pasando por el cerebro, sino de desterrar la idea de que el consumo moderado pueda ser beneficioso, tal y como expuso Serge Renaud en el caso de los franceses. Los investigadores de EEUU se basan ahora en una cohorte muy amplia, 17.000 adultos, para establecer que solo con una ingesta de entre siete y trece copas por semana aumenta considerablemente el riesgo de hipertensión, "lo que contrasta con la creencia extendida de que ese consumo moderado protege la salud del corazón", tal y como recoge el estudio.

El contraste del abstemio

En España, un estudio del departamento de Medicina Preventiva de la Universidad Autónoma de Madrid, el CIBERESP del Instituto de Salud Carlos III y el IMDEA, apuntaba en la misma dirección. En este caso, los científicos iban más lejos: lo que trataban de dilucidar no era ya el efecto negativo en los bebedores moderados, sino lo contrario: el supuesto fenómeno del efecto beneficioso para la salud. Básicamente lo que podría ser la célebre copa de vino al día, como medida paradigmática. Para ello observaron a más de 3.000 adultos de unos 50 años o más, a los que siguieron desde 2008 hasta 2017 y comprobaron que su salud no mejoró frente a la de los abstemios.

Era también la premisa de la última publicación por un medio más básico: "Algunos estudios previos que han asociado el consumo moderado de alcohol con un menor riesgo de algunas formas de enfermedad cardiaca. Pero la mayoría de esos estudios no han evaluado la presión arterial alta entre los bebedores moderados. Dado que la hipertensión es un factor de riesgo importante para el ataque cardiaco y el accidente cerebrovascular, el nuevo estudio cuestiona la idea de que el consumo moderado de alcohol beneficia la salud del corazón".

Foto: iStock.
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Los investigadores dividieron a los participantes en tres grupos: los que nunca bebían alcohol, los que tomaban de 7 a 13 copas por semana (bebedores moderados) y los que tomaban 14 o más por semana (bebedores intensos). Evaluaron la hipertensión de acuerdo con la guía de presión arterial alta de la Asociación Americana del Corazón de 2017, que definía la hipertensión de la etapa 1 como tener presión arterial sistólica entre 130-139 o presión diastólica entre 80-89, y la hipertensión de la etapa 2 como presión sistólica por encima de 140 o presión diastólica por encima de 90.

Los perfiles de abstemios y bebedores difieren entre los países anglosajones y los mediterráneos

En comparación con aquellos que nunca bebieron, los moderados tenían 53 por ciento más probabilidades de tener hipertensión en etapa 1 y el doble de probabilidades de tener hipertensión en etapa 2. Obviamente, el patrón entre los grandes bebedores era aún más pronunciado; en comparación con aquellos que nunca bebieron, los bebedores tenían un 69 por ciento más probabilidades de tener hipertensión en etapa 1 y 2.4 veces más probabilidades de tener hipertensión en etapa 2. En general, la presión arterial promedio fue de aproximadamente 109/67 mm Hg entre los abstemios, 128/79 mm Hg entre los moderados y 153/82 mm Hg entre los habituales

Distorsión anglosajona

La mayor controversia se encuentra en parte en los márgenes, como son la delimitación de lo que se considera poca cantidad, o el estilo de vida asociado al consumo. Los propios expertos de la Universidad Autónoma explicaban que la mayoría de las investigaciones que asocian alcohol y mortalidad se habían realizado en los países anglosajones, en donde "los patrones de la ingesta, así como los estilos de vida y las distintas características de salud entre los bebedores y los abstemios difieren de la base de los de los países mediterráneos".

Villarino sostiene algo similar: "Los trabajos que existen y que son especialmente agresivos con cualquier tipo de ingesta suelen ser siempre del mundo anglosajón, en donde de hecho existen costumbres más arraigadas de conductas desaforadas y fuera de todo límite respecto al alcohol. En ese aspecto, aún se infiere mucho en concepto: una copa de vino no es el paso previo a una borrachera como podría ser el caso más habitual de estos países".

Hay una confrontación entre los datos anglosajones y el consumo de vino en los países mediterráneos

No obstante, los expertos de la Autonóma pretendían, de hecho, evitar las distorsiones más habituales, como son los exbebedores o las muertes en el primer año. Respecto al último estudio de EEUU, sus autores reconocían que el impacto del alcohol en la presión arterial también podría deberse a una variedad de factores. Debido a que el alcohol aumenta el apetito y, en sí mismo, es alto en calorías, beber a menudo conduce a una mayor ingesta calórica en general. Las actividades del alcohol en el cerebro y el hígado también podrían contribuir al aumento de la presión arterial.

Lo que nadie discute, según todos los trabajos, es que el consumo de alcohol es esencialmente negativo. Solo es bueno con pequeños matices y en cantidades francamente moderadas, que solo se pueden explicar junto a un estilo de vida saludable. Para Villarino, el alcohol ocupa el puesto inmeditamante siguiente al tabaco: "Los efectos del azúcar son a más largo plazo, pero las cifras del coste sanitario derivado de los problemas que genera, como la diabetes 2 o la obesidad, podrían situarlo por delante del alcohol, sino fuera porque en el caso de este, además de un efecto negativo para la salud a mucho más destructivo a corto plazo, conlleva una serie de problemas sociales, entre los cuales, uno de los más graves serían los daños a los 'bebedores pasivos' como los accidentes de tráfico y otras situaciones".