Desde hace algo más de un año, en cinco hospitales españoles se está desarrollando un curioso estudio clínico en el que participan pacientes a los que se les va a someter a un trasplante de médula: se toman muestras de sus heces antes de la fecha del trasplante, el día en que se lleva a cabo y siete días después. Si el paciente tiene fiebre, se toman muestras tanto del momento en que le sube la temperatura como de cuando remite. Por último, también se recogen del feliz día en que recibe el alta y se marcha, curado de su enfermedad.

¿Cuál es el objetivo de este estudio? ¿Qué interés puede tener el Grupo Español de Trasplante Hematopoyético y Terapia Celular (GETH) en analizar las heces de los receptores de un trasplante de médula? Muy sencillo: se trata de evaluar la microbiota de estos pacientes antes, durante y después del procedimiento; la idea es ver cómo los antibióticos con que han sido tratados alteran esta microbiota y hasta qué punto esta alteración influye en el éxito, o el fracaso, del trasplante.

A lo largo de la evolución, las bacterias han aleccionado al sistema inmune para que nos defienda

Nos lo cuenta Ildefonso Espigado, jefe de Hematología Clínica del Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla) e investigador principal del estudio, quien nos pone en contexto para que podamos entender cómo es posible que la microbiota intestinal tenga algo que decir en un trasplante de médula. “Tenemos que partir de la idea de que el ser humano se considera un ecosistema en el que estamos íntimamente relacionados con nuestras bacterias. Tanto que nuestra microbiota va a enseñar e instruir a nuestras células a funcionar, por lo que influye en el funcionamiento y desarrollo del sistema inmune del donante en el paciente, después del trasplante”.

Una estrategia de supervivencia

Así ha sido durante mucho mucho tiempo: a lo largo de millones de años, en el transcurso de nuestra evolución como especie, las bacterias han ido aleccionando a las células del sistema inmune para que identifiquen amenazas y reaccionen de forma adecuada. Y esto es clave en el contexto de este tipo de trasplantes. Recordemos que estamos hablando de leucemias, linfomas, mielomas… Un grupo de enfermedades malignas de la médula ósea que provocan un fallo en el sistema inmunitario, en las defensas. De alguna manera, las células de la médula ósea -los progenitores hematopoyéticos- dejan de cumplir su función: fabricar las células de la sangre.

En algunos casos, el tratamiento será la quimioterapia, pero en otros se buscará un donante para que le brinde al paciente un nuevo ‘cargamento’ de estos progenitores. “Imaginemos que trasplantamos un corazón”, nos sugiere el doctor Espigado. “Si todo sale bien, el nuevo corazón hará lo que sabe: bombear sangre. De igual modo, si hacemos un trasplante de progenitores hematopoyéticos, estos harán también lo que saben: fabricar células de la sangre, es decir, glóbulos rojos, plaquetas… y glóbulos blancos, que son células capaces de reconocer algo extraño y atacarlo para defendernos”.

Foto: iStock.
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Eso significa que en el organismo del receptor comenzará a haber glóbulos blancos creados a partir de unas células procedentes de otra persona. ¿Qué ocurre? Que esos glóbulos blancos, al no reconocer el nuevo entorno, van a percibir una amenaza y atacarán los tejidos del receptor. Y esto tiene una cara y una cruz, explica el doctor Espigado: “La parte buena es que las células trasplantadas atacan al tumor. Por eso hacemos este tipo de trasplantes, para que la reactividad de otro sujeto de la misma especie acabe con las células malignas”.

Pero sí, hay una cruz: “No solo lucharán contra el tumor; también el resto de los tejidos va a sufrir el ataque. Es lo que se llama enfermedad del injerto contra el huésped y, en su versión más grave, es potencialmente mortal”.

Se piensa que cuanto más alterada esté la microbiota del paciente, más probabilidad de que el trasplante falle

Y claro, es fácil que nos preguntemos qué pinta en todo este escenario la microbiota. Pero si hemos seguido el hilo, recordaremos que hemos dicho que la microbiota cumple un papel esencial en el funcionamiento de nuestras defensas. “Por tanto, va a tener una gran importancia a la hora de regular la reacción del sistema inmune del donante. La hipótesis que se plantea, aún no suficientemente demostrada, es que cuanto más alterada esté la microbiota del paciente, cuanto menos diversidad haya, más probabilidad habrá de que el paciente sufra la forma más severa de la enfermedad injerto contra huésped. Por tanto, el conocimiento de la microbiota y su posible manipulación abre una nueva vía terapéutica para mejorar los resultados del trasplante”.

Recapitulemos: se piensa que una microbiota sana, con suficiente diversidad bacteriana, puede influir positivamente en que el sistema inmune no ataque con excesiva virulencia a los tejidos sanos del receptor. ¿Qué ocurre? Que estos pacientes, por su propia enfermedad, son muy propensos a desarrollar infecciones; esto provoca que se les tengan que administrar antibióticos. Y ya sabemos lo que sucede con los antibióticos: “Aunque transitoriamente curen la infección, van a producir una alteración en la microbiota, una disbiosis, que favorecerá el desarrollo de la enfermedad injerto contra huésped”.

Foto: iStock.
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Desde esa perspectiva, el estudio liderado por el doctor Espigado está tratando de averiguar cuál es la mejor estrategia de antibioterapia, es decir, de qué modo dar a los pacientes única y exclusivamente aquellos antibióticos que precisen y nada más. “La corriente clásica es la de utilizar antibióticos de amplio espectro antes, durante y después del trasplante”. Con la idea de no correr riesgos, se ‘atiborra’ a los pacientes con estos fármacos, en un primer momento como profilaxis y, posteriormente, en cuanto tienen fiebre. “Pero los datos más recientes nos sugieren que es mejor no darlos de forma indiscriminada: hacer un tratamiento dirigido al problema infeccioso concreto del paciente, pero procurando respetar en la medida de lo posible la microbiota no patológica”.

A partir de ahí, los hospitales que participan en el estudio están tratando a los receptores de un trasplante de médula con su sistema habitual de antibioterapia. Unos darán mucha, otros darán menos. Y el objetivo es ver, pasado el tiempo, si la reducción en antibióticos -y en consecuencia, la preservación de la microbiota- ha tenido un impacto favorable en la disminución de la enfermedad injerto contra huésped y, por tanto, en la curación del enfermo.

¿Podría esto hacernos pensar en incorporar un tratamiento con probióticos o prebióticos para los trasplantados de médula ósea? “El tiempo y las investigaciones que se realicen lo dirán -concluye el doctor Espigado-. Por el momento, no hay evidencias sólidas que justifiquen su empleo y ninguna sociedad científica recomienda su uso en el trasplante hematopoyético. Tal vez sean eficaces más adelante, en el caso de que se identifiquen cuáles son las especies de bacterias que realmente puedan ser beneficiosas. Entretanto, será mucho más útil, en los próximos años, hacer una buena utilización de los antibióticos”.