Mira la tele. Desde el tertuliano al tronista, desde la azafata al presentador, todos cuantos se asoman a la cámara tienen algo en común: unos dientes blancos, impolutos, resplandecientes. Es un fenómeno reciente, al menos en nuestro país: hasta no hace muchos años, el blanqueamiento dental era un tratamiento estético poco demandado, más propio de las estrellas de Hollywood que de nuestras glorias patrias. Hoy, en cambio, su uso se ha generalizado y el blanco nuclear que exhiben las celebrities es también objeto de deseo de la población general. Queremos unos dientes de anuncio.

Y la oferta, claro está, se ha multiplicado. Más allá de los tratamientos que se realizan en las consultas de los odontólogos, han proliferado otras alternativas de andar por casa. Desde los dentífricos con supuesto ‘efecto blanqueante’ a los remedios de la abuela como el cepillado con bicarbonato y limón. Y ahí pueden empezar los disgustos, cuando los resultados no solo no son los deseados, sino que se llega a poner en riesgo la salud dental.

La moda ha traído consigo diferentes 'blanqueadores', algunos de los cuales pueden no dar un buen resultado

La última voz de alarma la ha dado la OCU y lo ha hecho poniendo el foco en los ‘blanqueadores’ hechos a base de carbón activado, un compuesto que promete quitarnos las manchas del esmalte y rebajar hasta nueve tonos el color amarillento de nuestros dientes. “Si bien estos productos blanqueadores con carbón activado presumen de ser cien por cien naturales, veganos y sin aditivos o químicos, la verdad es que son muy abrasivos. Hasta el punto de que un uso continuado de este tipo de productos podría acabar desgastando el esmalte de nuestros dientes a largo plazo, además de provocar una recesión de las encías y aumentar la sensibilidad dental”, dice la organización en un comunicado. En cuanto a su efectividad, explica que si bien es cierto que “el carbón activado puede blanquear ligeramente nuestros dientes al eliminar las manchas causadas por el café o el tabaco, su acción es meramente superficial. Para nada conseguiremos quitar las manchas más profundas ni mucho menos cambiar el color de nuestros dientes”.

Foto: iStock.
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No, estos productos no cambian el color de nuestros dientes. “Pero no es solo ese el problema -corrobora el doctor Óscar Castro, presidente del Consejo General de Dentistas de España-. Debemos tener cuidado con evitar productos que sean abrasivos y erosivos, ya que nacemos con una cantidad determinada de esmalte dental, que no se regenera. El cepillado con bicarbonato y limón, por ejemplo, puede ser peligroso: por un lado tenemos el ácido, que se come el esmalte; por otro, el bicarbonato, con un efecto lija que te puede quitar unas manchas, pero que, si se usa de forma sistemática, te puede dañar también el esmalte”.

Otro factor esencial es el del estado inicial de la boca del paciente. “Antes de proceder a cualquier tipo de blanqueamiento hay que partir de una boca sana -advierte el doctor Castro-. No se puede hacer la chapuza de ‘primero me blanqueo y luego me arreglo la boca’, entre otras cosas porque puede causar un daño importante en caso de que el paciente tenga alguna caries, gingivitis o enfermedad periodontal. Se trata de tener una boca sana y el blanqueamiento es la guinda”.

Treinta años

Es la guinda y, como decíamos, está de moda. En estos días se cumple, precisamente, treinta años de la publicación de un estudio que cambió la forma de entender el blanqueamiento dental. En la primavera de 1989, dos doctores de la Universidad de Carolina del Norte, Haywood y Heymann, escribieron un artículo explicando los resultados de aplicar en una férula flexible un compuesto, peróxido de carbamida, y dejar que el paciente durmiera con ella puesta. “Aquello supuso una revolución -recuerdan las doctoras Débora y Beatriz Vilaboa, de la clínica dental Vilaboa-. Haywood era amigo nuestro, le llamamos por teléfono para que nos lo explicara bien y nos dijo: ‘Come and see’. Y tres días después estábamos volando a Estados Unidos. Vimos los resultados y regresamos con dos maletas llenas de productos. Fuimos pioneras en Europa”.

Foto: iStock.
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El concepto era el mismo de hoy: partimos de un gel denso, hecho a base de peróxido de carbamida, que se aplica en una férula flexible que el paciente se coloca en la boca. El gel va liberando moléculas de oxígeno que, al penetrar en el diente, cambian unos enlaces, la estructura química que lo tiñe, con lo cual se pierde ese tinte amarillo o grisáceo. El resultado es proporcional al número de horas que se lleve puesta la férula y al tiempo que se utilice. “En los últimos años, la novedad ha venido de la mano del peróxido de oxígeno, una molécula aún más activa que la carbamida -explica la doctora Vilaboa-. Pero se trata de un compuesto más agresivo, que se tiene que aplicar en consulta”. En la actualidad, el tratamiento estrella en las consultas odontológicas suele ser una combinación de ambas técnicas: el peróxido de oxígeno en consulta, más el peróxido de carbamida en casa.

Los resultados siempre dependerán del punto de partida del paciente. Tenemos que entender que, de la misma manera que nacemos con un determinado color de pelo, de ojos o de piel, también nuestros dientes tienen, de nacimiento, un determinado tono. Esa es nuestra base. A partir de ahí, el consumo de determinadas sustancias puede ir tiñéndolo; en este sentido, recordemos que las terminadas en ‘ina’ -teína, cafeína, nicotina…- son especialmente resistentes. También hay manchas intrínsecas o endógenas, que son aquellas que aparecen en los dientes durante su fase de formación y que están causadas por el consumo de determinados medicamentos, como las tetraciclinas o las que aparecen debido a algún golpe o fractura.

Se empieza con la pasta de dientes... y se puede acabar en la blancorexia, un trastorno obsesivo compulsivo

“Tener claro de dónde partimos es clave para no defraudar las expectativas -asegura la doctora Vilaboa-. Cada caso es diferente, por eso no tienen mucho sentido esas publicidades de ‘antes y después’. Se juega con el factor ilusión, pero el paciente tiene que saber que hay personas que necesitan tratamientos más intensos y durante más tiempo”. En cuanto a los productos blanqueantes -o supuestamente blanqueantes- que se encuentran en farmacias y grandes superficies, la experta asegura que “lo importante es que el consumidor aprenda a leer el prospecto: que vea si tienen algún estudio científico detrás, qué abrasividad tienen (deben ponerlo), si es el mismo dentífrico que recomiendan los dentistas… Es una forma de empezar; de hecho, a menudo mis pacientes han comenzado con el dentífrico blanqueador…”.

Se empieza con la pasta de dientes… y se puede acabar en la blancorexia, un término con el que los dentistas describen la obsesión por obtener un tono de blanco extremo, “un color que no existe en la naturaleza”, explica el doctor Castro. Por su parte, la doctora Vilaboa tiene la sensación de “ver ahora menos casos de blancorexia que hace tres o cuatro años: era un boom, la gente se iba a Estados Unidos porque aquí no obtenían ese blanco tan artificial. Hoy parece que va habiendo más cultura y se va entendiendo que las cosas llevadas al extremo no son buenas, que el diente es único y es esencial su equilibrio”.