Siempre se ha dicho que cuanto más colorida sea la comida, más propiedades nutricionales compartirá con nuestro organismo. Y es que nuestra despensa está repleta de alimentos sumamente vistosos gracias a las tonalidades que han adquirido durante su crecimiento. Estamos muy acostumbrados a ellos, pero es imposible negar que los rábanos, los pimientos, la sandía o incluso la zanahoria poseen un gran atractivo multicolor. Sin embargo, como hemos visto anteriormente, esto no solo afecta a nuestro apetito a través de la vista, también favorece la salud de nuestro cuerpo.

Los pigmentos naturales que forman parte de la composición de dichos alimentos pueden contener propiedades antioxidantes, detoxificantes, antimicrobianas, antienvejecimiento y, en algunos casos, incluso anticancerígenas. Bajo esta premisa, ¿qué colores debemos añadir a nuestra dieta para aprovechar estas valiosas cualidades?

Carotenoides

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Empezamos con un pigmento vinculado al color amarillo, rojo o naranja de un gran número de alimentos, entre los que destacan el tomate, la naranja, el pomelo rosa, los albaricoques, el melón de invierno o los pimientos amarillos. No obstante, en algunos casos, también son los responsables del color verde de algunos ingredientes como, por ejemplo, el perejil. Esta gran familia puede dividirse en dos grupos: los carotenos, entre los que se encuentran el licopeno y el betacaroteno; y las xantofilas, que incluyen la luteína y la zeaxantina. Algunos carotenoides tienen la capacidad de transformarse en vitamina A -como es el caso del betacaroteno- y, debido a que el ser humano no puede sintetizarlos por sí solo, deben ser suministrados a través de la dieta.

Así, el consumo de las frutas y los vegetales antes expuestos ayuda a proteger las células, los órganos y los tejidos contra los efectos nocivos de los radicales libres, gracias a su poder antioxidante. Además, reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares y oculares y otros trastornos carenciales.

Compuestos volátiles del azufre

Aunque muchos no lo consideren un color al uso, el blanco también es una tonalidad muy presente en nuestra dieta. Sin ir más lejos, estos compuestos forman parte de la composición de alimentos de consumo diario como la cebolla convencional, el ajo, la coliflor, los espárragos blancos, el tofu, el coco, los champiñones, la avena o el arroz. Su papel dentro de nuestro organismo es reducir los niveles de colesterol 'malo' o LDL, aumentar la resistencia a las infecciones víricas, disminuir la presión arterial o velar por la salud de los pulmones y el intestino grueso.

Clorofila

Foto: iStock.
Foto: iStock.

En este caso, estamos ante un pigmento porfírico fotosintético que habita especialmente en las plantas superiores, a las que confiere ese color verde tan característico y ayuda a absorber la luz necesaria para realizar la fotosíntesis. Y es que, durante este proceso, la clorofila se encarga de captar la luz roja, azul y violeta, reflejando al mismo tiempo la verde. Esta cualidad transforma después la energía solar, el dióxido de carbono y el agua en hidratos de carbono nutritivos, presentes en alimentos como la borraja, la acelga roja, la escarola, el brócoli, la alcachofa, las espinacas y la lechuga, entre otros.

En cuanto a sus propiedades nutricionales, los ingredientes ricos en clorofila también son una gran fuente de magnesio, que ayuda a proteger la salud de los músculos y los huesos. También reduce la población de bacterias, en especial la Helicobacter pylori, relacionada con las úlceras de estómago y otras dolencias digestivas; mejora la visión, fortalece las defensas y mejora el funcionamiento del sistema nervioso gracias a su aporte de ácido fólico.

Luteína

Este compuesto químico, perteneciente al grupo de las xantofilas, es un pigmento amarillo presente en algunos alimentos como la yema del huevo, el maíz, la papaya, las frutas naranjas e incluso ingredientes de color verde como el kale, los guisantes, la col verde y las espinacas. Su principal cualidad es que funciona como un filtro solar natural en el fondo del ojo, es decir, protege este órgano de los efectos nocivos del sol y previene la pérdida de visión asociada a la edad. Además, su gran aporte de antioxidantes defiende el organismo de los radicales libres, previene el envejecimiento y los signos propios de la oxidación de las células.

Antocianinas

Foto: iStock.
Foto: iStock.

El color azul y morado de algunos alimentos procede directamente de este pigmento natural e hidrosoluble, perteneciente a la familia de los flavonoides. Su interés dentro de la comunidad médica radica en que durante su viaje desde el tracto digestivo hasta el torrente sanguíneo se mantiene prácticamente intacto, ejerciendo un poder más intenso sobre el organismo. De hecho, las antocianinas son conocidas como superantioxidantes, pues son mucho más activas en este aspecto que las vitaminas E y C.

Entre sus efectos terapéuticos destacan la reducción del riesgo de enfermedades coronarias, la mejora de la agudeza visual y el comportamiento cognitivo, el buen estado de los vasos sanguíneos o su poder antiinflamatorio, muy vinculado a la acumulación de colesterol. Los higos, las ciruelas, las uvas negras, las moras, las berenjenas y algunas variedades de patata y cebolla forman parte de este grupo.