En el primer tercio del siglo XIX, a una serie de científicos les dio por envenenarse. Querían demostrar la utilidad del carbón vegetal como antídoto ante una intoxicación aguda y, dado que el experimento con pacientes no se sostenía por razones éticas, decidieron convertirse ellos mismos en cobayas. El primero fue el químico francés Michel Bertrand, quien en 1811 sobrevivió sin problemas tras ingerir arsénico juntamente con carbón vegetal; dos décadas después, el profesor Pierre-Fleurus Touéry se autoadministró una dosis letal de estricnina enfrente de sus escépticos colegas de la Academia Francesa de Medicina. No sufrió daño alguno: simultáneamente había tomado también el antídoto, el carbón vegetal. Ya en 1834, el fisiólogo norteamericano Hort logró salvar por este método la vida de una paciente que había ingerido cloruro de mercurio.

Pese a las numerosas evidencias de su eficacia, el carbón no llegó a utilizarse con frecuencia en el tratamiento de los envenenamientos agudos hasta que un artículo de revisión en el 'Journal of Pediatrics', publicado en 1963, le dio carta de credibilidad científica: "Este agente, actualmente algo descuidado, tiene un amplio espectro de actividad, y cuando se usa correctamente es probablemente el más valioso agente individual que poseemos”. A partir de entonces, aquel carbón vegetal inicial se iría refinando, purificando y activando a fin de mejorar sus capacidades y su seguridad, y junto al lavado gástrico, terminó convirtiéndose en una herramienta habitual en estos casos.

Muy eficaz en casos de envenenamiento o intoxicación, ha dado el salto a 'producto milagro'

Bien, este repaso a los orígenes del carbón activado nos sitúa en el ámbito médico y en contextos tan dramáticos como son las sobredosis o los envenenamientos. ¿Cómo es posible que, desde ahí, haya dado el salto y se esté vendiendo como ‘milagro antigrasa’ o remedio purificador?

Para entender este disparate nos vendrá bien saber cómo se obtiene y qué propiedades tiene. Lo primero que nos interesa es que hay diversos métodos para elaborarlo: puede hacerse a base de ingredientes como el carbón o la madera -últimamente también con cáscara de nuez o de coco-, que se ‘activan’, bien por medio de calor -con argón o nitrógeno hasta 600-900ºC-, bien por exposición a un ácido fuerte más calor hasta 450-900ºC, hasta que quedan reducidos a polvo. Ambos procesos de activación crean miles de diminutos agujeros y grietas en las partículas, lo que incrementa enormemente su superficie, hasta 1.000 m2 por gramo.

Foto: iStock.
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Esta estructura tan porosa le da su virtud más preciada: lo convierte en superadsorbente. No, no es una errata: que un material sea adsorbente -que no absorbente- significa que tiene una gran capacidad para adherirse a otros componentes, para unirse a moléculas, iones o átomos. Eso le permite, por ejemplo, neutralizar olores y gases nocivos: recordemos las famosas plantillas ‘devorolor’, con carbón activado…

El carbón activado es un producto de origen vegetal y tiene la propiedad de adsorber gases, químicos, metales pesados, desechos y toxinas, por esta razón resulta ser muy importante para la desintoxicación -explica Carla Sánchez Zurdo, nutricionista y entrenadora personal-. La adsorción es la atracción eléctrica de las toxinas a las superficies de las partículas de carbón. El carbón activado no se absorbe en el cuerpo y se expulsa con las heces junto a las toxinas que ha recogido”.

La moda 'detox'

Y ya hemos dicho la palabra mágica: toxina. Que de inmediato viene seguida de otra más mágica aún: detox. Ya podemos dar el salto siguiente, que nos lleva a pensar que si es capaz de ‘atrapar’ potentes venenos, ¿qué no será capaz de hacer con las toxinas? Es un ejemplo de esa tendencia que nos lleva por el camino de las dietas depurativas y desintoxicantes. En este sentido, Antonio Escribano, autor del libro ‘Batidos para la vida’ y célebre por ser el gurú de la alimentación de los deportistas, es tajante: “Para desintoxicar algo tienes que haberlo intoxicado previamente. Una cosa es comer mal, que es básicamente nuestro problema, y otra muy distinta 'envenenarse'. Una cosa es tomar zumos o batidos, que pueden ser muy saludables, y otra que nos vayan a depurar. Es un mero concepto de marketing”.

Es decir, carbón activado para tratar una intoxicación, una sobredosis, un envenenamiento… sí. Carbón activado para ‘depurarnos’… no, por más que Gwyneth Paltrow, gurú del bienestar alternativo, recomendara en su superinfluyente blog 'Goop' el consumo de ‘zumo de carbón’, una bebida a base de jugo de lima a la que se le añade carbón activado.

El problema es que no solo adsorbe toxinas, sino que también 'secuestra' otros micronutrientes

Más allá de que pueda ser una superchería, ¿cuál es el problema? Que realmente adsorbe, pero no solo lo malo, sino también lo bueno. “El carbón activado no solo atrapa sustancias nocivas, sino también otros nutrientes que sí necesitamos, por lo que no es recomendable en tratamientos continuos”, advierte Carla Sánchez. Es decir, puede adsorber nutrientes como las vitaminas del grupo B o el ácido ascórbico.

No solo se vende como depurativo; también se utiliza como remedio antigrasas y, de hecho, es un complemento que a menudo se prescribe para ayudar a perder peso. “La primera vez que oí hablar del carbón activado fue en la consulta de un médico especializado en dietas de adelgazamiento -explica Marta Jiménez, ama de casa de 47 años-. Iba a tener una boda y me dijo que podía tomarme un par de cápsulas y que lo que comiera en las siguientes dos horas no me engordaría. Unos años después, en otra consulta, me dijeron lo mismo”.

Foto: iStock.
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Pero la cosa no parece tan sencilla y así nos lo hace ver Carla Sánchez: “El carbón activado no es un método de adelgazamiento Sus poros permiten que este adsorba toxinas, pero no es capaz de bloquear la absorción de la comida”.

Sí podría ser útil, en cambio, en los casos de molestias por gases intestinales: aunque no se conocen bien los mecanismos, sí se ha visto que el carbón activado es capaz de neutralizar los gases y, de hecho, un panel de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria señala que existe evidencia suficiente para respaldar el uso de carbón activado para reducir la acumulación excesiva de gas. Así, por ejemplo, en un estudio se vio que la combinación de este compuesto con simeticona en pacientes con SIBO mostraba una reducción significativa del dolor abdominal. También se ha visto su utilidad en determinados contextos de diarrea y de enfermedad renal crónica (recordemos que se trata de estudios controlados, nada que debamos hacer nosotros por nuestra cuenta).

En donde las evidencias sobre su utilidad son más que cuestionables es en el campo de los blanqueamientos dentales. Los dentistas nos advierten de que su uso puede ser contraproducente, ya que puede ser una sustancia abrasiva para el esmalte, de modo similar a lo que ocurre con el bicarbonato. En este sentido, una revisión publicada en Science Direct concluye que los datos son “insuficientes para asegurar la seguridad y eficacia de los dentífricos a base de carbón”.