"Debes esperar dos horas para poder bañarte porque, de lo contrario, te dará un corte de digestión". Es la frase más repetida cada verano por quienes acuden a disfrutar de la piscina, el río o el mar. Una creencia que forma parte del ideario colectivo desde hace décadas, que juzga peligroso meterse en el agua inmediatamente después de haber comido, ya que puede conllevar la interrupción de la digestión.

Esta además se ve reforzada por el creciente número de fallecimientos que se producen durante la época estival como consecuecuencia de bañarse después de haber comido. De hecho, según la OMS, los "ahogamientos son la tercera causa de muerte por traumatismo no intencional en el mundo y suponen el 7% de todas las muertes relacionadas con traumatismos". Los grupos de mayor riesgo son "los niños de 1 a 4 años, los ancianos y los adultos varones de entre 15 y 45 años".

Foto. iStock
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Pero ¿existe el corte de digestión? La respuesta es no. Tal y como indican los expertos en la materia, dicho término carece de base científica y no está relacionado con un fallo del sistema digestivo, ya que no existe un botón de pausa de la digestión. Por lo tanto, los conceptos apropiados son síndrome de hidrocución o shock termodiferencial. Tal y como explica el boletín del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, publicado por el Ministerio de Sanidad y Consumo, consiste en "la muerte por inmersión en un líquido antes de que este pase a los pulmones. Es, por lo tanto, un síndrome de sumersión-inhibición".

¿Por qué se produce?

En cuanto a las causas que lo desencadenan, dicho boletín insiste que hay tres posibles. La primera sostiene que puede producirse como "consecuencia de un reflejo inhibidor de la respiración y la circulación, produciendo una vasoconstricción severa, desencadenada por el contacto brusco de la piel con el agua fría, lo que provocaría un shock hemodinámico". En otras palabras, se trata de una reacción corporal producida como resultado de la diferencia de temperatura entre nuestro cuerpo y la del agua. Por ello, los expertos aconsejan meterse en el agua poco a poco, para que el organismo vaya adaptándose, no estar demasiado tiempo al sol antes de bañarse, evitar hacer ejercicio físico previo o realizar ingestas copiosas.

Según la OMS, los ahogamientos suponen el 7% de todas las muertes relacionadas con traumatismos

No obstante, puede tratarse "de una descarga brusca de histamina –una molécula que se aloja en los mastocitos, cuyo aumento (histaminosis) desencadena un cuadro de síntomas variados, jugando un papel fundamental en la digestión– y sustancias afines". En este caso, el estado del aparato digestivo no es una causa desencadenante, pero sí predisponente. De ahí, "la frecuencia con que se produce este tipo de accidentes durante el verano, al introducirse los bañistas en el agua después de haber comido y constituyendo el mal llamado corte de digestión".

La última causa se relaciona con la estimulación vagal o del nervio vago derivado "del contacto del agua fría con las mucosas nasofaríngeas, lo que provoca un espasmo laríngeo –cierre brusco y súbito de las cuertas vocales–". En consecuencia, se produce la obstrucción de las vías del aire, la cual dificulta el habla y la respiración temporalmente, poniendo en riesgo la vida y pudiendo desencadenar en el ahogamiento.

Factores predisponentes

El síndrome de hidrocución es accidental, por lo que no podemos predecir en qué momento se va a producir. Sin embargo, existen una serie de factores que nos predisponen a sufrirlo como la práctica de ejercicio o trabajos previos al baño, las digestiones lentas derivadas de una alimentación copiosa, la temperatura del agua demasiado baja o la exposición al sol prolongada. De ahí que el verano sea la época en la que más se produce.

Las señales de alarma

Foto: iStock.
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Asimismo, existen una serie de síntomas que alertan de que estamos ante un síndrome de hidrocución como enrojecimiento o calor en la piel, mareos, vómitos, visión borrosa, exceso de sudoración y, en los casos más graves, pérdida de conocimiento. En muchos casos, se presentan repentinamente, impidiendo que la persona tenga tiempo de reaccionar, conllevando la muerte por ahogamiento. Sin embargo, en otros podemos advertirlos. Cuando es así, los expertos recomiendan salir del agua inmediatamente y tumbarse para mejorar la redistribución del flujo sanguíneo, para que el organismo vuelva a recuperar la temperatura y, por lo tanto, la normalidad. En los casos más leves, se aconseja beber agua.

Para prevenirlo, los expertos aconsejan meterse en el agua progresivamente de cara a que el organismo tenga tiempo de adaptarse, máxime si previamente hemos estado durante mucho rato al sol o realizando ejercicio físico, un aspecto sumamente relevante que muchos bañistas pasan por alto. Además, debemos procurar realizar comidas ligeras (una ensalada o un sándwich mejor que una fabada) que faciliten la digestión.

Los traumatismos previos a la entrada al agua, como tirarse desde una altura considerable y caer sobre ella con el vientre, son también determinantes, ya que pueden ocasionar un paro cardiorrespiratorio e incluso una pérdida brusca del conocimiento.

No obstante, en la prudencia está la solución. La recomendación de los especialistas sigue la misma línea que la de nuestras madres y abuelas: esperar entre una hora y media o dos para zambullirse.