No es un secreto que nuestro cuerpo requiere la presencia de diversos nutrientes para funcionar y desarrollarse correctamente. Una serie de elementos minerales que ejercen distintas funciones como parte fundamental de tejidos, enzimas y hormonas, que a su vez modulan la actividad celular e intervienen en el ritmo cardiaco o la conducción nerviosa, entre otros procesos. Antes de entrar en materia, debemos saber que los minerales se dividen en cuatro grupos: elementos contaminantes -plomo, mercurio o aluminio-, micronutrientes -hierro, manganeso o zinc-, micronutrientes posiblemente esenciales y macronutrientes -sodio, potasio o cloruro-.

Dentro de este último grupo encontramos el calcio y el fósforo que, junto al magnesio, son los principales minerales óseos. De hecho, el hueso es un tejido conectivo mineralizado formado fundamentalmente por calcio y fosfato. Así, ambos elementos se ven obligados a convivir en armonía para participar de manera óptima en numerosos procesos biológicos. Ante esta situación, existe en nuestro organismo un complejo sistema de regulación homeostática que se encarga de mantener sus concentraciones en unos límites adecuados. Lamentablemente, no siempre cumple dicha tarea.

Un desequilibrio peligroso

Foto: iStock.
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El calcio es el quinto elemento más abundante en el cuerpo humano, un 99% del calcio corporal se encuentra en forma de sales de hidroxiapatita sobre la matriz proteica de los huesos y los dientes. De ahí que una de sus funciones principales sea de carácter estructural, además de intervenir en la contracción y relajación de los vasos sanguíneos, la secreción de hormonas o la excitabilidad neuronal. No es de extrañar que la carencia de calcio se presente como un serio problema para nuestra salud. La osteoporosis es, quizás, el fenómeno que mejor representa este déficit, pues se trata de la pérdida de masa ósea debido a un suministro insuficiente de calcio.

En cuanto al fósforo, es el sexto mineral más abundante en el organismo, representando entre el 0,8% y el 1,1% del peso corporal. Al igual que el calcio, estamos ante un mineral que forma parte de la matriz de huesos y dientes, aunque también se encuentra en tejidos blandos y el líquido extracelular. Además, el fósforo participa en la producción y almacenamiento de energía, y en el metabolismo de los hidratos de carbono, las proteínas y los lípidos, contribuye al equilibrio ácido-base de la sangre y sustenta la actividad intelectual y sexual. No obstante, existen algunos problemas de regulación que desembocan en anemia, debilidad muscular o pérdida de apetito.

El desequilibrio entre ambos minerales puede provocar hiperparatiroidismo, insuficiencia renal aguda o raquitismo

Como acabamos de comprobar, ambos minerales son muy necesarios para nuestra salud. Sin embargo, su poder se multiplica cuando combinan todas sus cualidades, pero también resultan mucho más dañinos cuando no están en igualdad de condiciones. “Si consumimos mucha cantidad de calcio o de fósforo, podemos interferir en sus metabolismos, provocar una mala absorción y hacer que se acumulen en otros puntos del organismo. Si tomamos demasiado poco de ambos o demasiado de uno solo, no nos llegará toda la cantidad necesaria y podría haber desajustes en el equilibrio; de este modo, la salud de los huesos se vería afectada”, explica la nutricionista Berta Bertran en 'Soy como como'.

Este desequilibrio puede provocar la aparición de enfermedades como el hiperparatiroidismo, el hipoparatiroidismo, la insuficiencia renal aguda o crónica y el raquitismo. De ahí la importancia de incorporarlos a nuestra dieta y después absorberlos de manera adecuada. Afortunadamente, ambos minerales están presentes en un gran número de alimentos. ¿Qué pautas debemos seguir para evitar este problema?

En busca de la igualdad

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  • Como acabamos de ver, la alimentación es un factor determinante en la recuperación del individuo. El consumo de productos ricos en calcio y fósforo podría reducir el riesgo considerablemente. Las principales fuentes dietéticas de calcio que debemos incluir en nuestra dieta son la leche y los derivados lácteos, así como los frutos y las frutas secas, las legumbres, las verduras de hoja verde y algunos pescados y mariscos, como el boquerón, el salmón, los mejillones o los berberechos.

  • En el caso del fósforo, las fuentes más ricas vuelven a ser la leche, los productos lácteos y el pescado como las sardinas, el bacalao o la trucha. No obstante, la carne también forma parte de este grupo, en especial la de pollo y pavo.

  • Por el contrario, para mantener este equilibrio resulta fundamental eliminar de la dieta todos aquellos alimentos que contienen un nivel desorbitado de fósforo. Hablamos de los refrescos, los cereales integrales, las semillas o los frijoles.

  • Debemos controlar la ingesta de sal refinada añadida, es decir, aquella que contienen todos los productos envasados: galletas, snacks, comida preparada o latas de conservas, por ejemplo.

  • También es importante realizar ejercicio físico, de esta forma los nutrientes se absorberán más fácilmente y nos aseguraremos que el calcio se fija en los huesos adecuadamente.