Cada vez que hablamos de microbiota, es poco menos que inevitable que nos refiramos a nuestras defensas: hemos aprendido que las bacterias intestinales juegan un papel esencial en la modulación de nuestro sistema inmunológico y que esta modulación puede ser ‘para bien’ o ‘para mal’. Es decir, que la cantidad, diversidad y ‘calidad’ de la microbiota puede ayudarnos, pero también producirnos inflamación e incluso favorecer el proceso hacia una enfermedad autoinmune.

Sabiendo esto, es lógico pensar que la microbiota pueda estar relacionada de alguna manera con el VIH. Pensemos en su nombre: virus de inmunodeficiencia humana. Algo nos está indicando, ¿verdad? Así es: se trata de una infección que afecta al sistema inmunológico y, en sus fases iniciales, de forma mucho más marcada al sistema inmune de las mucosas. Y el hábitat sobre el que se asienta la microbiota es, precisamente, la mucosa.

“Esa es la base por la que empieza a surgir el interés por estudiar el microbioma en VIH”, explica el doctor Sergio Serrano Villar, de la Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Universitario Ramón y Cajal. Desde este hospital, como él mismo nos indica, “lideramos el consorcio internacional MicroVIH, dirigido a estudiar el papel que puede jugar la microbiota intestinal en la evolución de la infección por VIH y a ensayos clínicos que permitan comprender las utilidades de su modulación”.

El VIH afecta especialmente al sistema inmune de las mucosas, donde se asienta la microbiota

Pero demos un paso atrás y veamos cómo es esa interacción VIH-microbiota. En las primeras semanas de la infección, el virus infecta y destruye la mayor parte de los linfocitos CD4 del intestino (en donde residen el 80% del total de estas células del cuerpo). Aun cuando el tratamiento antirretroviral ayuda a la recuperación inmunológica del paciente, en la mucosa esta recuperación es más tardía e incompleta. No solo eso: la diversidad bacteriana se modifica y también el funcionamiento de las bacterias. Y se producen paradojas, como el hecho de que “cuando el VIH está sin tratamiento, aumenta la biodiversidad bacteriana; es algo que va contra la intuición, ya que se suele asumir que un ecosistema muy diverso es más saludable que otro con menos diversidad”.

Virus VIH. (iStock)
Virus VIH. (iStock)

Aunque los estudios sobre riqueza y diversidad bacteriana no terminan de ser esclarecedores y hay muchas discrepancias entre ellos, “sí parece haber acuerdo en que en la infección por VIH empiezan a entrar bacterias nuevas no habituales. Hemos visto una mayor presencia de enterobacterias y proteobacterias y, en cambio, una reducción de otras que cumplen una función beneficiosa, la de degradar la fibra en ácidos grasos de cadena corta”.

Bien, pero más allá de que sean unas bacterias y no otras, lo que interesa a los investigadores es de qué manera los cambios en la microbiota afectan a la evolución del paciente, a su respuesta al tratamiento e incluso a la transmisión del VIH. Porque sí, parece que el microbioma está implicado en problemas importantes relacionados con que unas personas tengan mayor riesgo o predisposición a infectarse.

Microbiota vaginal

“En un inicio, todos los investigadores nos fuimos a estudiar la microbiota intestinal porque es muy sencillo analizar muestras de heces -explica el doctor Serrano Villar-. Pero se ha visto que tanto la flora vaginal como la del glande juegan un papel relevante en el riesgo de transmisión; que tengamos unas u otras bacterias sí importa”. Así, por ejemplo, en un estudio se ha visto que las mujeres con mayor proporción de lactobacilos tienen menos riesgo de adquirir el virus, lo que apunta a la posibilidad de prevenir la infección mediante el uso de probióticos. Asimismo, otra investigación sugiere que la modificación del microbioma del pene podría reducir potencialmente la adquisición del VIH, tanto en hombres como en mujeres.

“Lo bueno de la microbiota es que, en teoría, es manipulable -señala el doctor Serrano Villar-. En una enfermedad como el VIH, en la que uno de los grandes objetivos es frenar la transmisión, es muy interesante saber que es positivo tener una buena salud a nivel de la flora vaginal”. En este sentido, nos cuenta un hallazgo: “Cuando ha habido una relación de riesgo, solemos administrar un antirretroviral en forma de gel vaginal; pues bien, se ha visto que la eficacia de este gel depende mucho de las bacterias de la microbiota vaginal. Esto se debe a que algunas bacterias degradan el fármaco que estamos administrando y otras no lo hacen”.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Antes hemos mencionado de pasada el concepto de probiótico en el contexto de la prevención. Pero también se están estudiando para ver su influencia en el pronóstico y la evolución de los enfermos de VIH. “Nosotros hemos trabajado con prebióticos y probióticos. En un primer momento dimos prebióticos, es decir, buscábamos alimentar a las bacterias ‘buenas’. También hemos trabajado con simbióticos: utilizábamos prebióticos, probióticos, aminoácidos, vitaminas para intentar reforzar la inmunidad… Hicimos un estudio con una muestra suficiente para comprobar si había realmente efectos y la verdad es que no vimos grandes cambios. Al fin y al cabo, la microbiota se configura en los primeros años de vida y después es muy difícil modificarla de forma permanente”.

Resultados prometedores

Por ello han decidido personalizar más las intervenciones y trabajar con el trasplante de microbiota: “Hemos buscado a donantes que pudieran tener una microbiota complementaria a la del paciente, es decir, que pudiera reponer donde falta y reducir donde sobra. Hemos probado con trasplantes de esa microbiota y ahora estamos en fase de analizar los resultados preliminares, que son prometedores y sugieren que algunos pacientes se podrían beneficiar de esa técnica”.

¿Qué pueden esperar de este tipo de intervenciones los pacientes? Mejorar algunos marcadores que tienen alterados y que les confieren una menor calidad de vida. Pensemos que las personas que reciben tratamiento antirretroviral para el control de la infección por VIH presentan aproximadamente un riesgo dos veces superior de padecer enfermedades asociadas al envejecimiento, como enfermedades cardiovasculares, cánceres o enfermedad renal avanzada. “El envejecimiento acelerado de la población con VIH parece estar mediado por un exceso de inflamación que se debe, en gran medida, a un trasvase de productos bacterianos desde el intestino a la sangre. Se ha demostrado que la composición y actividad de las bacterias intestinales alteradas en las personas con VIH puede favorecer o dificultar la recuperación inmunológica, la inflamación y, posiblemente, la aparición de complicaciones médicas”.