Hasta no hace mucho tiempo, la edad de inicio de la pubertad o de la primera regla en las niñas era un asunto reservado a la intimidad de las familias. Pero este pacto de silencio se rompió una vez que endocrinólogos y ginecólogos alertaron acerca de que estos cambios cada vez se producían a edades más tempranas. Porque la pubertad femenina, ese proceso que lleva de la niñez a la adolescencia -y en el que muchas piezas deben encajarse para que el desarrollo físico vaya en armonía con la maduración emocional-, se está adelantando. Y en este adelanto tiene mucho que ver la nutrición.

En términos epidemiológicos, que la pubertad se adelante no es algo negativo en sí mismo; es más, suele entenderse como un indicador del índice de desarrollo de un país; como indican en Pediatría Integral los doctores Jesús Pozo Román y María Teresa Muñoz Calvo, endocrinólogos del Hospital Niño Jesús, “una adecuada nutrición y un ambiente socioeconómico favorable se asocian a un desarrollo puberal más temprano”. Si echamos la vista un siglo atrás, veremos que, en realidad, la menarquía –la primera menstruación- se ha ido presentando a edades cada vez más tempranas: así, se estima que se ha adelantado en torno a dos meses y medio cada diez años, lo que supone que las niñas de hoy tienen la regla dos años y medio antes que las de hace cien años. La razón principal que se arguye para explicar este adelanto es, como decíamos, la mejora de la alimentación, especialmente durante la primera infancia.

"Nuestras bisabuelas tuvieron la primera regla a los 16 años; nuestras hijas, en torno a los 12"

“Nuestras bisabuelas tuvieron la regla a los 16 años; ahora, las niñas la tienen en torno a los 12 -explica el doctor Leonardo Marqués, director de la Unidad de Ginecología de la Infancia de la clínica de reproducción asistida Institut Marqués-. Pero, desde hace algún tiempo, hemos observado que el adelanto es cada vez más acelerado y es una realidad ante la que tenemos que estar atentos: los cambios puberales iniciados demasiado pronto pueden ser fuente de problemas para las niñas”.

Es aquí cuando entran en liza dos términos que hemos ido conociendo en los últimos años: pubertad precoz y pubertad adelantada, dos situaciones que a menudo se confunden. En la precoz, la aparición del vello púbico o del botón mamario se produce entre los cinco y los siete años, lo que indica que la niña tendrá su primera regla antes de haber cumplido los diez años; en la pubertad adelantada, la aparición de estos caracteres sexuales secundarios se sitúa entorno a los ocho o nueve años.

Foto: iStock.
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La pubertad precoz es, claramente, la entidad que más inquieta a los médicos, pues puede implicar una patología de base. Aun así, es infrecuente, todo lo contrario de lo que sucede con la pubertad adelantada, un fenómeno cada vez más habitual y en cuyo incremento tiene mucho que ver la epidemia de obesidad infantil. “Se ha demostrado que el sobrepeso en las niñas, sobre todo si se trata de obesidad central, puede adelantar la pubertad”, explica el doctor Marqués. “Se están estudiando los mecanismos por los que esto ocurre y parece que juegan un papel importante las leptinas, unas hormonas que se sintetizan en la grasa y que influirían en unas células cerebrales que activarían el eje hipotálamo-hipófiso-ovárico, desencadenando la pubertad”.

Los expertos han encontrado que hay un peso crítico, en torno a los 45-46 kilos, a partir del cual se puede dar esa ‘señal de activación’ que ponga en marcha toda la cascada hormonal. De alguna manera, el organismo estaría valorando si la cantidad de grasa corporal ofrece garantías de que se pueda llegar a desarrollar un hipotético embarazo. “A partir de un cierto peso, la cantidad de grasa llega a un límite en el que se desencadenan reacciones metabólicas que favorecen los cambios hormonales, por lo que una niña que tiene una cantidad de grasa superior a la deseable tiene más riesgo de hacer una pubertad adelantada o precoz. Por tanto, dado que el sobrepeso es cada vez más frecuente, no es de extrañar que también cada vez haya más niñas que se desarrollan precozmente”.

A partir de un peso crítico, 46 kilos, se puede dar la 'señal de actividad' que desencadene la pubertad

Al sobrepeso en las niñas se puede unir otro factor de riesgo asociado: el bajo peso al nacer. “Esta es la combinación más peligrosa: niñas con bajo peso al nacer que tienen un sobrepeso posterior –señala la doctora Lourdes Ibáñez, endocrinóloga del Hospital Sant Joan de Déu–. Con el retraso en la edad de la maternidad y el consiguiente incremento de tratamientos de fecundación in vitro y de embarazos gemelares, cada vez más niñas nacen con dos kilos o menos. ¿Y qué ocurre? Que se intenta engordarlas como sea para que, al año, tengan el mismo peso que las demás. Y suelen engordar demasiado, especialmente si la lactancia es artificial. Este punto de partida es el atajo más rápido a la pubertad adelantada”.

Foto: iStock.
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Y otro de los factores de riesgo es el haber vivido en condiciones de malnutrición durante la primera infancia. En este sentido, se considera que las niñas adoptadas presentan hasta 20 veces mayor riesgo de presentar pubertad adelantada. Como indica el doctor Esteban Mayayo, del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, “parece que, tras la adopción, puede existir un periodo crítico denominado prepuberal en el que el organismo de las niñas, tras recuperar el peso y la talla, genera además una maduración del hipotálamo y otros mediadores implicados en el desarrollo de la pubertad. En este sentido, se ha observado que la incidencia de pubertad precoz en niñas coreanas es muy bajo debido, por un lado, a que son adoptadas antes de los dos años y, por otro, se encuentran en un ambiente preadoptivo mejor, con buenas condiciones nutricionales y ambientales”.

Bien, pero ¿realmente tiene importancia la edad a la que se inicia la pubertad? A juicio de los expertos, el mayor inconveniente de una pubertad precoz es el desajuste psicológico producido por la discordancia entre la madurez corporal y el infantilismo propio de la edad. Por ello, cada vez es más frecuente que se valore la posibilidad de intervenir médicamente para frenar el proceso puberal, especialmente cuando es muy precoz. No obstante, cada caso -advierten los especialistas- debe abordarse de forma individual, valorando factores genéticos y la historia familiar, sobre todo la materna.

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