De la lista de cosas que nos ayudan a mejorar nuestra microbiota, jamás nos esperaríamos que vibrar intensamente durante 10 minutos 5 veces a la semana fuera una de ellas. Que el yogur u otros probióticos nos ayuden tiene sentido, así como lo tiene el consumo de prebióticos. Los primeros se caracterizan por ser alimentos (o 'medicamentos') repletos de bacterias, mientras que los segundos son alimentos que no solo son buenos para nosotros, sino que también son fundamentales para que nuestras poblaciones bacterianas beneficiosas prosperen.

Pero el tema de la vibración tiene más recorrido del que uno podría pensar. Eso es lo que sostienen en su estudio los investigadores Babak Baban y Jack Yu del Medical College of Georgia de la Universidad de Augusta en Estados Unidos. En sus experimentos (con ratones, debido a que tienen una microbiota extraordinariamente similar a la nuestra), han demostrado que la vibración de todo el cuerpo altera la flora intestinal.

"Aumenta la cantidad de Alistipes en nuestra flora intestinal, que produce sustancias que reducen la inflamación"

Uno de los cambios más notables fue el aumento exponencial de la bacteria 'Alistipes', dedicada a la creación de "ácidos grasos de cadena corta, especialmente buenos para disminuir la inflamación", explica el doctor Jack Yu. La teoría que sostienen los investigadores acerca de la explicación de este fenómeno es que en nuestro tracto intestinal, las bacterias están colocadas en capas y la vibración puede ser la responsable de 'recolocarlas' de otra manera, haciendo que bacterias que están más aisladas de sus fuentes de alimento, de repente tengan a su disposición todo el que precisan, lo que permite que proliferen.

Pero la gran ventaja no es solo el aumento de bacterias, sino la lucha contra la inflamación. Cuando tenemos una infección localizada o una herida en nuestra piel, el tejido circundante se hincha, ayudando a aislar esa zona (con el objetivo de que el problema no se extienda) a la vez que aumenta la cantidad de recursos inmunitarios localizados en la misma.

El interés que tenían los investigadores en el 'procedimiento vibratorio' se basaba en el peligro que supone la inflamación hoy en día. "Las tasas de inflamación producida por la obesidad y por la diabetes tipo 2 están aumentando, incluso en niños. Se necesitan nuevas terapias que puedan ayudar a evitar el problema directamente", explica el doctor Jack Yu.

Los doctores Babak Baban y Jack Yu, lo sautores del estudio. Foto: Phil Jones, Augusta University
Los doctores Babak Baban y Jack Yu, lo sautores del estudio. Foto: Phil Jones, Augusta University

Los investigadores detallan en su estudio que los macrófagos, un típo de glóbulo blanco, pueden ser de tipo M1 y M2. Los primeros promueven la inflamación, mientras que los segundos, juen un papel fundamental en la regulación de la respuesta inflamatoria. Además, el estado de los susodichos también es un factor importante en la microbiota y viceversa.

Los investigadores querían probar si, cuando los niveles de glucosa en sangre de los roedores eran altos, la vibración afectaba a los macrófagos, alterando la cantidad de inflamación que estos producían. Comprobaron que, antes de el proceso oscilatorio, los niveles de M1 eran mayores, pero que esto cambiaba en favor de los M2 tras la administración del tratamiento.

Descubrieron, además, que no solo los niveles de M2 se veían aumentados, sino también los de otras moléculas antiinflamatorias como la citoquina IL-10, tanto en ratones sanos como en aquellos diabéticos.

Desde luego, tal y como apuntan los autores del estudio, es necesaria mucha más investigación para conocer tanto los efectos como el potencial médico de la vibración en lo que a nuestras bacterias gastrointestinales respecta, pero es un innegable primer paso para descubrir nuevos tratamientos capaces de luchar de manera efectiva contra la diabetes tipo 2, la inflamación y la obesidad.