El origen de comer por ansiedad no radica en una necesidad física, sino psicológica. El hambre emocional es un trastorno alimentario en el que influyen las emociones no resueltas. Estrés, miedo, tristeza, sentimientos de culpa o baja autoestima son algunas de las causas que se relacionan con el asunto de comer por ansiedad.

Cómo saber si estamos comiendo por ansiedad

Existen algunas características comunes en aquellos que comen por ansiedad. Por ejemplo, si nos sorprendemos acudiendo a la nevera sin tener hambre, es un claro síntoma de este trastorno. También si encontramos en la comida una ligera sensación de mejora en nuestra tristeza o estrés cotidiano. Esto es solo un efecto placebo, ya que después aparece el sentimiento de culpa por el atracón que nos hemos dado, al comprobar que el problema que teníamos sigue ahí, pero además lo estamos acrecentando con este impulso por comer.

Y es que comer por ansiedad tiene efectos negativos sobre nuestro cuerpo. Ya hemos visto los psicológicos (culpa, falsa sensación de mejoría, decepción con uno mismo…), pero hay existen otros físicos.

Efectos que puedes sufrir si comes por ansiedad

En general, cuando una persona come por ansiedad, lo hace sin orden ni control. No se pone a mirar el reparto nutricional de los alimentos ni busca aquellos más saludables. Al contrario, los alimentos ultraprocesados y/o con calorías vacías suelen ser los que servimos en nuestro plato cuando aparece el hambre emocional.

Consumir de forma compulsiva alimentos con un bajo nivel nutritivo y altos en azúcares, grasas, calorías, y similares, provocan efectos muy negativos sobre nuestro cuerpo.

El primero de ellos y el más evidente, el sobrepeso. Ya existen campañas publicitarias en las que se relaciona lo negativa que es la obesidad y se vincula con el tabaco. “Fumar mata, pero el sobrepeso también”. El sobrepeso es el origen de un buen número de enfermedades potencialmente mortales, entre las que se incluyen las enfermedades cardiovasculares.

Foto: iStock
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Una persona con sobrepeso tiene más posibilidades de sufrir enfermedades coronarias, diabetes, cáncer, hipertensión, accidentes cerebrales e incluso problemas ginecológicos, entre otros. Por ejemplo, puede afectar a la fertilidad en hombres y mujeres y concretamente en el género femenino puede provocar problemas con la menstruación.

Una dieta deficiente rica en grasas incrementa nuestra posibilidad de sufrir colesterol. El colesterol también se relaciona con las enfermedades coronarias, problemas en las arterias y de circulación.

Estrechamente ligado a estos asuntos también aparece la hipertensión. Una presión arterial alta incrementa el riesgo de sufrir trombosis, infartos o derrames cerebrales, tres cuestiones muy peligrosas a las que debemos tener mucho respeto y evitarlas a toda costa.

Además, también pueden aparecer problemas estomacales. Normalmente, cuando comemos por ansiedad, lo hacemos de forma rápida, ansiosos (valga la redundancia) y sin masticar apenas. Esto nos puede provocar patologías como gases, obstrucciones intestinales, diarreas o estreñimiento, además de dolor de estómago por comer mucho, mal y a destiempo.

Por último, destacamos los problemas de sueño que podemos sufrir. En muchas ocasiones, esta hambre por ansiedad se da durante la noche, algo que influye negativamente no solo sobre la cantidad de horas que dormimos, también sobre la calidad del sueño. Si comemos alimentos pesados o si lo hacemos justo antes de ir a la cama, sin dejar espacio para la digestión, se incrementa la posibilidad de sufrir insomnio o pesadillas. Una buena cena debería realizarse tres horas antes de acostarnos, con alimentos ligeros y saludables y con una buena proporción de magnesio y triptófano, los dos nutrientes más recomendados para mejorar nuestro descanso.

Hasta que consigamos evitar los atracones debemos centrarnos en consumir comida saludable

¿Cómo podemos mejorarlo?

El primer paso, es detectar que estamos comiendo por ansiedad y ser conscientes de ello. Tratar de calmar nuestra ansiedad con otras actividades que no impliquen pasar por la cocina. Las mejores son aquellas que nos hacen trabajar el cuerpo (hacer deporte o simplemente salir a caminar) y la mente (actividades creativas como dibujar o escribir, también la meditación).

Pero, obviamente, no es un problema que vaya a desaparecer de la noche a la mañana. Por tanto, si sigues visitando la nevera a horas inadecuadas y no puedes hacer nada para evitarlo, tendrás que tener autocontrol cuando hagas la compra. Intenta no llenar el carrito exclusivamente con alimentos ultraprocesados sin valor nutritivo y busca snacks saludables. Frutas, hortalizas, lácteos… Apuesta por la comida real y evita los alimentos azucarados, como dulces procesados, que son los que más se consumen cuando estamos bajo los efectos del hambre emocional.

Foto: iStock
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Los alimentos saciantes y aquellos en los que debes masticar mucho son claves para engañar al hambre emocional. Por ejemplo, una manzana con piel, comida a bocados, es una buena idea. También preparar un hummus casero con palitos de zanahoria o incluso unas conservas de atún natural con tomate en rodajas son tres ejemplos de snacks que nos ayudarán a ignorar esta sensación de ansiedad y además aportarán beneficios para nuestra salud.

Controlar nuestra salud mediante análisis clínicos periódicos. Puede ser que esta sensación de hambre no sea por ansiedad y exista algún problema hormonal. De igual modo, también podemos comprobar si estos atracones están pasándonos factura (por ejemplo, mediante el estudio de los lípidos de nuestro organismo o tomándonos la tensión) y debemos concienciarnos más sobre la importancia de cuidarnos y llevar una alimentación equilibrada para sanar cuerpo y mente.