El secreto de la eterna juventud no está en ninguna pócima mágica, sino simplemente en comer menos. Prueba de ello son los habitantes de la isla japonesa de Okinawa, que gozan de la esperanza de vida más elevada del mundo. La clave: comen poco, hacen ejercicio, ingieren pescado, verduras, algas marinas, arroz y cereales, casi nada, por no decir nada, de productos industriales procesados y tampoco toman postre.

"Las primeras evidencias de los beneficios de la restricción calórica llegaron en 1935 en ratones"

La búsqueda de un método infalible para tratar de frenar el reloj biológico empezó en la década de los 30 en la Universidad de Cornell. Así, en 1935, McCay y su equipo publicaron en 'The Journal of Nutrition' las primeras evidencias científicas sobre los efectos de la restricción calórica (RC) en el envejecimiento. Constataron que la menor ingesta aumentaba la expectativa de vida de los roedores en un 33%.

Foto: iStock.
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Del ratón al hombre

Para resolver la duda de si estos efectos serían similares en el hombre, los científicos pasaron a realizar ensayos en monos, donde se constataron los mismos efectos. Hasta el salto a humanos con el estudio Calerie (evaluación exhaustiva de los efectos a largo plazo de la reducción de la ingesta de energía), publicado en 'Cell Metabolism'. Realizado con hombres y mujeres, también ha constatado no solo la pérdida de peso en las personas que restringen la dieta, sino la mejora de los biomarcadores del envejecimiento en los que la siguen.

“La RC es la única intervención que de forma consistente ha demostrado enlentecer el proceso de envejecimiento”, tal y como documenta Reinald Pamplona, del Departamento de Medicina Experimental, de la Universidad de Lleida, en un artículo publicado en la 'Revista Española de Geriatría y Gerontología'.

De hecho, se sabe que, además de prolongar la vida, la RC ha demostrado reducir el riesgo de enfermedades asociadas a la edad como las cardiovasculares, el cáncer, las neurodegenerativas y la diabetes.

Ahora, una nueva investigación publicada en ‘Cell’ desvela que cuando se ingieren menos calorías, tanto los humanos como otros mamíferos generalmente permanecen más protegidos contra las enfermedades infecciosas.

Y la razón puede estar en células T de memoria, que se encuentran en todo el organismo y son necesarias para mantener las respuestas inmunes a los agentes infecciosos, según los científicos del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), parte de los Institutos Nacionales de Salud de EEUU, dirigidos por Yasmine Belkaid. Su estudio en ratones encontró que los animales sometidos a restricción dietética estaban mejor protegidos contra tumores e infecciones bacterianas que los animales con dietas sin restricciones.

Foto: iStock.
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Los datos

Los científicos observaron previamente que el tejido adiposo alberga células T de memoria en ratones. Investigaron si este fenómeno ayudó a preservar la memoria inmune cuando se redujo la ingesta de calorías. Para lograrlo restringieron la dieta a los roedores a los que previamente se les dio acceso completo a los alimentos. Mientras recibían menos comida, los ratones tenían menos células T de memoria en sus tejidos linfoides, donde normalmente permanecen, y más células T en la médula ósea que se enriquecieron con tejido graso.

Los investigadores luego evaluaron cómo actuaban las células T de memoria cuando los ratones comieron menos. Mientras comían libremente, se les infectó con la bacteria Yersinia pseudotuberculosis.

Después de que los ratones desarrollaron memoria inmunológica, los investigadores restringieron las dietas de algunos de ellos hasta por cuatro semanas antes de exponerlos nuevamente a la bacteria.

Los ratones con dietas restringidas tenían respuestas de células T de memoria más robustas y estaban mejor protegidos de la enfermedad. Los investigadores repitieron este experimento usando una vacuna que entrena a las células inmunes para combatir los melanomas y descubrieron que las células T de memoria eran más protectoras contra los tumores en ratones que recibían menos comida.

Aunque este fenómeno aún no se ha estudiado en humanos, “los hallazgos sugieren cómo el sistema inmunitario puede haber evolucionado para ayudar a los mamíferos a sobrevivir en períodos de disponibilidad limitada de alimentos, manteniendo intacta su inmunidad”, declaran los investigadores.

Estos datos aún “no se pueden extrapolar como consejos dietéticos para las personas. Sin embargo, estos conocimientos pueden algún día ayudar a los médicos a mejorar la inmunoterapia para el cáncer y otras enfermedades al optimizar la nutrición”, insisten.