A pesar de la creencia popular, los alimentos procesados no son los únicos que pueden poner en peligro la salud del ser humano. Existen ciertos productos frescos y naturales que incluyen en su composición sustancias tóxicas que resultan innecesarias e incluso dañinas para nuestro organismo. No solo hablamos de los aditivos que con tanta frecuencia se utilizan en la industria alimentaria, tampoco de los pesticidas o aguas contaminadas que entran en contacto con los alimentos en el proceso de elaboración y conservación, y mucho menos de los medicamentos que suministran a los animales en las granjas y que después nosotros consumimos.

En este caso, se trata de sustancias tóxicas que nacen de manera endógena en los alimentos, es decir, que forman parte de su constitución más esencial. “Algunas plantas y animales contienen de forma natural sustancias tóxicas que utilizan para protegerse frente a depredadores o condiciones climáticas adversas y que a las personas nos pueden hacer daño si las comemos”, explican desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Lamentablemente, la mayoría de comensales desconoce su existencia, poniendo en peligro su integridad física. Para poner fin a este problema, ¿qué sustancias tóxicas forman parte de nuestra dieta diaria?

Solanina

Foto: iStock.
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Este primer elemento forma parte de la composición de uno de los tubérculos más consumidos en todo el mundo: la patata. La solanina es una toxina natural que actúa como pesticida o fungicida contra los animales, los insectos o los hongos que pueden atacar su cultivo. Es venenosa siempre que se consuma en grandes dosis; por ejemplo, una persona podría caer envenenada si ingiere 70 patatas de una sola sentada. Aunque también existen casos excepcionales: cuando este alimento adquiere un tono verdoso, está dañado o en proceso de podredumbre, las cantidades de solanina se multiplican. Para evitar esta situación, lo mejor es conservar la patata en un lugar fresco y oscuro.

También es importante tener en cuenta que dicha sustancia no desaparece al cocinar el alimento y que igualmente está presente en las berenjenas y los tomates, aunque en menor concentración.

Biotoxinas

Ahora nos trasladamos a las profundidades del océano, donde las almejas y los mejillones se alimentan de algas que contienen seres microscópicos que generan toda clase de biotoxinas marinas. Estas sustancias se trasladan después al organismo del comensal con múltiples efectos: paralizantes, amnésicos, diarreicos… Al igual que la solanina, estas toxinas no se inactivan al ser cocinadas. Además, “el mayor problema para el consumidor es que no alteran el aspecto del alimento ni desaparecen con ningún tratamiento. La única medida preventiva es no consumir productos recogidos o comercializados sin control”, alertan desde la OCU. Las ostras, los berberechos, las coquinas, las vieiras, las chirlas o los erizos de mar también incluyen este compuesto.

Cianuro

Foto: iStock.
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Esta sustancia, que se utiliza habitualmente para fabricar veneno, está también muy presente en algunas frutas y verduras. Conocida como glúcosidos cianogenados, es posible encontrarla en los brotes de bambú, el maíz, las almendras y en las semillas del melocotón, la manzana, las ciruelas o las cerezas, entre otros. Sus síntomas más recurrentes son la confusión, el dolor de cabeza, los vómitos o los mareos; aunque en situaciones extremas puede llevar al individuo a sufrir dificultades respiratorias, fallos renales o incluso la muerte. Para llegar a este trágico desenlace, una sola persona debe masticar e ingerir todas las semillas de entre 19 y 25 frutos de un solo tirón.

Lectina

Las alubias secas, las lentejas, los guisantes, la soja, los garbanzos y otras legumbres similares son una fuente rica de proteínas y fibra, además de destacar por su increíble efecto saciante. Sin embargo, también poseen una sustancia conocida como lectina, que nuestro sistema digestivo es incapaz de procesar. Es entonces cuando el cuerpo humano genera anticuerpos para luchar contra ella, con efectos variables. Los síntomas más frecuentes son hinchazón y dolor abdominal, estreñimiento, vómitos o diarrea, muy relacionados con el síndrome del intestino irritable. Las lectinas también andan detrás de ciertas enfermedades como las úlceras pépticas, la diabetes tipo 2 o la artritis. Afortunadamente, estas toxinas se destruyen al mantenerlas en remojo durante 12 horas o al hervirlas durante más de 10 minutos.

Micotoxinas

Foto: iStock.
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Las micotoxinas “son sustancias producidas por varios centenares de especies de mohos que pueden crecer sobre los alimentos en determinadas condiciones de humedad y temperatura -entre los 24ºC y los 28ºC-. Las micotoxinas representan un riesgo serio para la salud humana y animal”, explica la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición. Esta sustancia forma parte de la composición de los cereales, el cacao, el café, las especias, las frutas deshidratadas y algunos frutos secos, además de todos aquellos alimentos procesados elaborados con dichos ingredientes.

Una vez presente en el producto ya no se puede descontaminar, demostrando su resistencia al secado, el procesado o el cocinado del mismo. Su consumo puede causar diversos efectos adversos como problemas en el metabolismo de los estrógenos, trastornos gastrointestinales o la reducción de la resistencia a enfermedades infecciosas.

Nitratos

Este último compuesto afecta a las verduras de hoja, especialmente a la lechuga y las espinacas. “El exceso de nitrógeno del suelo se acumula en las plantas en forma de nitratos; cuando comemos estas plantas, los nitratos pueden convertirse en nuestro organismo en los tóxicos nitritos y estos, a su vez, reaccionar como aminoácidos y formar nitrosaminas, con efecto cancerígeno”, alerta la OCU. La remolacha, la zanahoria, el perejil, los rábanos, el apio o la col son alimentos que también corren el riesgo de estar infectados. Para evitarlos, hay que eliminar las hojas externas más oscuras, lavar el resto a conciencia y no aprovechar el agua de cocción.