El alcohol está presente en todas las culturas. Los humanos tomamos alcohol desde siempre, nos emborrachábamos en la prehistoria y seguimos haciéndolo. Los españoles bebemos como campeones, una media de 11 litros de alcohol puro per cápita, casi el doble de la media mundial (6,2 litros), según la OMS, y eso nos coloca en la parte alta de la clasificación mundial.

Sin embargo, la última encuesta sobre consumo de alcohol y drogas en España, Edades 2017-2018, detecta que vamos perdiendo ímpetu y solo el 7,4% de la población bebe a diario, la cifra más baja desde hace 25 años. En este grupo, muchos tienen problemas de adicción.

"Un circuito cerebral detecta con precisión quién tendrá adicción a la bebida antes de que aparezca"

Por qué hay personas que desarrollan problemas con la bebida y otras no (la encuesta Edades también recoge que el 75% de los ciudadanos ha consumido alcohol alguna vez en el último año) es una incógnita. Por eso, ¿y si hubiera un 'predictor' para identificar precozmente quiénes van a tener un consumo peligroso de alcohol?

Científicos del Instituto Salk, en La Jolla (California), han dado un gran paso en este sentido al identificar un circuito cerebral que controla el comportamiento del consumo de alcohol, y esto puede usarse como un marcador para predecir la evolución del consumo compulsivo en el futuro. "Espero que este sea un estudio histórico, ya que hemos encontrado (por primera vez) un circuito cerebral que puede predecir con precisión quiénes desarrollarán consumo de alcohol semanas antes de que comience ese comportamiento", dice Kay Tye, profesora del Laboratorio de Neurobiología de Sistemas y titular de la Cátedra Wylie Val.

"Este trabajo cierra la brecha entre el análisis de circuitos y la investigación sobre alcohol/adicción, y proporciona una primera visión de cómo se desarrollan las representaciones del consumo compulsivo de alcohol a lo largo del tiempo en el cerebro", añade.

Foto: iStock.
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La investigación se publicó ayer en la revista 'Science' y, en opinión de Gabriel Rubio, jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario 12 de Octubre, de Madrid, "el trabajo tiene aspectos muy interesantes porque nos ayudan a conocer la neurobiología de la adicción al alcohol".

El trastorno por consumo de alcohol está reconocido como una enfermedad crónica, en la que un individuo bebe compulsivamente, a menudo acompañado de emociones negativas. Hasta ahora, los científicos se habían centrado en examinar el cerebro después de aparecer este trastorno, pero el grupo de Tye hizo el planteamiento inverso: buscó primero los circuitos cerebrales que son responsables de una predisposición para el consumo compulsivo de alcohol.

"Inicialmente buscamos entender cómo se altera el cerebro por el consumo excesivo de alcohol para provocar en los animales de experimentación (ratas) ese consumo compulsivo", explica Cody Siciliano, primer autor y profesor de Farmacología de la Universidad de Vanderbilt, en Nashville (EEUU). "En el proceso, nos topamos con un hallazgo sorprendente en el que pudimos predecir qué animales serían compulsivos en función de la actividad neuronal durante la primera vez que bebieron".

Bebedores por grados

Para sus pruebas, los investigadores crearon una prueba específica -llamada tarea de compulsión inducida por atracones (BICT)- para examinar cómo la susceptibilidad al consumo de alcohol interactúa con la experiencia para conducir al consumo compulsivo. La prueba también permitió examinar el consumo que tenía consecuencias negativas, como un sabor amargo agregado al alcohol. Los científicos observaron que los ratones se podían clasificar en tres grupos: bebedores bajos, bebedores altos y bebedores compulsivos. A diferencia de los dos primeros grupos, los bebedores compulsivos mostraron insensibilidad a las consecuencias negativas.

Mediante técnicas de imagen, se registró la actividad neuronal en ciertas regiones del cerebro antes, durante y después de beber alcohol y se descubrió que el desarrollo del trastorno de consumo compulsivo estaba relacionado con los patrones de comunicación neuronal entre las dos regiones del cerebro, y era un marcador biológico para predecir el consumo compulsivo futuro.

La directora de la investigación asegura que "ahora podemos mirar dentro del cerebro y encontrar patrones de actividad que predigan si los ratones se convertirán en bebedores compulsivos en el futuro, antes de que se desarrolle la compulsión". Además, este mecanismo podría estar detrás de otros comportamientos compulsivos (como los asociados al consumo de drogas).

La cuestión es: ¿estos hallazgos se pueden trasladar a la práctica? Gabriel Rubio cree que "en la clínica sí podríamos ver que los sujetos que desarrollan un consumo compulsivo de alcohol (o consumo en forma de atracón) son aquellos que, después de beber, pueden seguir tomando alcohol aunque esté disuelto en un vehículo de sabor amargo", pero el estudio cerebral no es factible porque implica una gran agresividad.

Foto: iStock.
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El psiquiatra defiende la aplicabilidad del trabajo publicado en 'Science': "Sabemos que las personas con vulnerabilidad al desarrollo de adicción al alcohol son poco sensibles a la intoxicación etílica -la toleran mejor-. De alguna manera, este hecho clínico apoya los resultados del estudio: los animales con vulnerabilidad para el consumo compulsivo son capaces de tolerar el alcohol a pesar de tener un sabor desagradable".

También opina que haber identificado el circuito cerebral responsable de la conducta compulsiva de alcohol abre la puerta al desarrollo de instrumentos diagnósticos y terapéuticos.

Candidatos a la prueba

¿A quién habría que hacer estas pruebas de detección temprana? Potencialmente, a individuos más vulnerables como son "los hijos de adictos al alcohol y personas diagnosticadas de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)", puntualiza Rubio.

Otras aplicaciones clínicas serían orientación terapéutica, seguimiento de la terapia (también la de rehabilitación), incluso "podrían servir, en un primer momento, para proponer estrategias preventivas y para el desarrollo de tratamientos adecuados (farmacológicos o biológicos)".

La expectación es alta, pero Rubio da de lleno en el centro de la diana: "El consumo de alcohol de las personas, aunque comparte mecanismos y estructuras cerebrales observadas en animales de experimentación, sin embargo, está determinado también por factores psicológicos y ambientales difíciles de reproducir en los modelos animales".

Está claro, los animales no beben con los amigos ni por otros motivos psicológicos, pero sí dan pistas que, quizá, permitan atajar el problema.