Hace 58 años murió en el pueblo de Ketchum, en Estados Unidos, el escritor estadounidense Ernest Hemingway de un disparo autoinfligido en la cabeza. El autor de 'La vida breve y feliz de Francis Macomber' es uno de los más famosos bebedores más que habituales de alcohol que han existido, y según ciertas teorías, esta fue una de las causas que lo condujo al suicidio (teniendo en cuenta que su padre también lo hizo, probablemente por una enfermedad genética llamada hemocromatosis, que provoca deterioro mental y que el autor podría haber sufrido). Es posible que, si el consumo de alcohol fuera una de las principales causas, el autor habría vivido más tiempo y más feliz si se hubiera metido ketamina.

Esta asociación parece más que peligrosa y, sí, lo es. Es famoso que, al igual que un clavo se saca con otro, un vicio solo se quita con otro diferente: dejar de fumar dándonos a la comida, dejar de comer dándonos al alcohol, etc. Pero la ketamina ya son palabras mayores, y jamás nadie en su sano juicio diría nada positivo sobre ella, salvo que se tratase de una reputada universidad como el University College de Londres. Pero vamos por partes.

Qué es la ketamina

Es una droga... y peligrosa. Su uso en veterinaria está extendido, sobre todo como un anestésico para caballos, pero también para gatos, perros y conejos. Su uso como anestesia también se aplica a humanos, pero principalmente en países tercermundistas, debido a su muy bajo coste y a que su seguridad es muy baja.

Su uso como droga se debe a que tiene propiedades alucinógenas y a que es capaz de provocar una anestesia disociativa, que interfiere en la información que envía y recibe nuestra corteza cerebral.

Por supuesto, la ketamina tiene importantísimos efectos secundarios como náuseas, hipertensión, depresión respiratoria, taquicardia, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, incapacidad mental y una inevitable adicción a la sustancia.

Un nuevo estudio

Ahora, investigadores del University College de Londres han descubierto que un 'chute' de ketamina puede ser de gran utilidad para aquellas personas que tienen un problema con el alcohol.

Como explica el autor principal del estudio, el doctor Ravi Das, "hemos descubierto que los bebedores habituales experimentan una mejora a largo plazo después de un simple y rápido tratamiento experimental". Los investigadores creen que todo se debe a una reestructuración del cerebro, que afecta al aprendizaje y a los centros del placer: "El proceso de aprendizaje es el núcleo, la razón primera por la que la gente se vuelve adicta a las drogas o al alcohol. Por decirlo de algún modo, estos químicos 'secuestran' el sistema de recompensa cerebral, con lo que acabas asociando la droga como un 'detonante' de placer natural. Esto produce un deseo exagerado de tomar dicha droga", explica el doctor Ravi Das. Por supuesto, el problema no acaba ahí: una vez estos 'recuerdos' de lo que produce una recompensa cerebral se establecen, es muy difícil establecer nuevas correlaciones saludables".

Foto: iStock.
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Para llevar a cabo su investigación, los científicos reunieron un grupo de estudio en el que los 90 participantes eran bebedores habituales. De media, cada uno ingería 74 unidades de alcohol a la semana, el equivalente a 30 pintas de cerveza. Primero, se les dijo que podían beber un vaso de cerveza después de completar una tarea. En ese proceso, los sujetos de estudio clasificaron la necesidad que sentían de beber mientras se les mostraban imágenes de cerveza y otras bebidas. Al mismo tiempo, evaluaban cómo creían que se iban a sentir una vez consiguiesen la bebida. El primer día se les permitió beber la cerveza, pero en el segundo se les retiró sin previo aviso.

Se decidió tomar este paso porque es este proceso (eliminar una recompensa que anticipábamos) el factor clave para desestabilizar el sistema de recompensa por memoria. En un estado normal, ante esta situación el cerebro empezaría a realizar un proceso activo de reorganización para reestablecer el recuerdo. Esto se impide gracias a la ketamina, que bloquea el receptor cerebral que se ocupa de 'guardar' dichos recuerdos. En el día clave, a una tercera parte de los participantes se les dio una dosis de ketamina después de retirarles la cerveza. A otro grupo se les inyectó placebo en lugar de la droga y al último se les dio ketamina pero sin retirarles la bebida.

Foto: iStock.
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El método resultó ser efectivo. En comparación con el grupo del placebo y con el que no se le había retirado la cerveza, los que sí habían tomado la medicación y habían pasado por el proceso de 'reorganización de la memoria' mostraron reducciones significativas en la necesidad de beber, bebían menos alcohol y en menos días de la semana. Además, cuando se les suministraba una pequeña porción de la bebida, tenían menos necesidad de beberla, la disfrutaban menos y tenían un menor deseo de seguir bebiendo.

Estos efectos positivos se mantuvieron durante los 9 meses posteriores en los que se llevó a cabo un seguimiento. A pesar de todo, los 3 grupos mostraron una reducción en su consumo alcohólico, pero nada comparado con los que pasaron por la totalidad del experimento que, de media, redujeron su consumo en un 50%.

Otro de los autores principales del estudio, el profesor Sunjeev Kamboj, explica que "la ketamina es una droga segura y común con la que se está experimentando mucho en psiquiatría". A pesar de esto, que a nadie se le ocurra ponerse a inyectarse ketamina. Este procedimiento es absolutamente experimental y a ningún médico en su sano juicio se le ocurriría recomendarlo. A pesar de esto, es un paso en la buena dirección para luchar contra el alcoholismo, y eso es más que positivo.