La salud mental no se impone por decreto
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Riesgo de banalización

La salud mental no se impone por decreto

Los políticos esgrimen su defensa desde la ignorancia, asociándola a una situación socioeconómica. Es una banalización de un problema muy grave, que no conoce de clases sociales y que necesita de recursos asistenciales y para la investigación

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La salud mental, como toda salud, es un regalo que la vida nos ofrece, no es un derecho como proclama una manifestante en su pancarta del Día de la Salud Mental. La atención sanitaria sí es un derecho en los países civilizados y ayuda a conservar ese regalo que la vida nos ofrece. Aunque la salud mental, como toda salud, a veces se pierde.

Dicen los políticos aprendices de psicólogos que la salud mental de la población es mala a causa del sistema socioeconómico actual que produce desigualdades y que obliga al consumo excesivo de psicofármacos para soportar la vida. El trabajo produce ansiedad; no hay esperanza en un futuro mejor; el individualismo ha fragmentado los grupos sociales y las personas se sienten solas.

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La vida duele demasiado, cuesta levantarse los lunes y no hay suficiente tiempo libre para el disfrute. Como era de esperar, el político aprendiz de psiquiatra confunde el concepto de calidad de vida con el de salud mental. Hay varias escalas de medida de la calidad de vida, que incorporan los conceptos de tiempo libre, pertenencia a un grupo social, satisfacción en el trabajo, tiempo compartido, relaciones de calidad y amistades cercanas, vida sentimental, nivel económico, disponibilidad de bienes básicos y de disfrute y otros indicadores de bienestar social.

Condicionantes de salud mental

Pero la salud mental no es solo calidad de vida. Existen personas de niveles económicos muy modestos que gozan de niveles envidiables de salud mental. La salud mental es paz, alegría, tristeza episódica y asumida, tolerancia a la frustración y al estrés, ausencia de odio y de envidia, autenticidad y sinceridad con uno mismo, tolerancia a las imperfecciones de los demás y a las propias, confianza en la bondad de la gente, adherencia a unos valores éticos compartidos con los demás, capacidad de persistir en el esfuerzo, de cuidar las relaciones de pareja, de vivir con las personas sin cosificarlas, de entender el respeto a la comunidad, de apoyarse y cuidar los lazos familiares, de saberse desprender, de querer mejorar, de conocer nuestras limitaciones, y así muchas otras cualidades que están más en lo personal que en el sistema social.

placeholder Dr. José Luis Carrasco, catedrático de Psiquiatría de la UCM.
Dr. José Luis Carrasco, catedrático de Psiquiatría de la UCM.

La investigación empírica del grado de salud mental se lleva a cabo desde la psiquiatría mediante el estudio de la relación del bienestar subjetivo, con funciones tales como las capacidades cognitivas, las capacidades verbales, los estilos empáticos, las relaciones familiares, los estilos de afrontamiento del estrés, la regulación de las emociones, y algunas otras cualidades mentales y neuropsicológicas. Pero no del nivel socio-económico, como parecen pensar tanto los políticos de izquierdas como los de derechas y quizás una gran parte de la sociedad. Está demostrado que las personas con sincera espiritualidad gozan de mejor salud mental que el resto. Y hay muchos okupas y raperos callejeros cuya salud mental es encomiable. Es muy dudoso que el poderoso Herodes gozara de una salud mental mejor que la de María.

Al margen de la economía

La salud mental no es economía, no son cheques de regalo ni pisos gratis. No se enferma por las condiciones sociales, sino al contrario: las personas con mala salud mental acaban viviendo en peores condiciones sociales. La ansiedad, la depresión o el suicidio no son más frecuentes en los jóvenes de los colegios populares que en los de los colegios privados (la obesidad sí, por cierto; deberían mejor plantearse una ley de salud nutricional).

No puede hablarse de la salud mental desde la ignorancia de quien nunca ha tratado la enfermedad, y menos aún desde la demagogia

Los trastornos de la conducta alimentaria afectan en mayor medida a los jóvenes más pudientes. El desapego familiar se da en los barrios altos y en los bajos. La esquizofrenia, el trastorno bipolar y las drogas se dan por igual en los ricos que en los pobres. El dolor por la vida, el suicidio, el desamor y la desesperación han afectado históricamente a campesinos y a duques. El individualismo y la soledad son el resultado de la avaricia capitalista, pero también del culto al derecho individual, al egocentrismo hedonista y al descuido de la estructura familiar como soporte afectivo y sostén motivador.

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No puede hablarse de la salud mental desde la ignorancia de quien nunca ha tratado la enfermedad, y menos aún desde la demagogia. Los psiquiatras y los psicólogos pedimos que no se confunda el malestar social con la salud mental. Solo conseguirán banalizar la verdadera enfermedad mental y dejar desamparados a los que la sufren.

El suicidio es un asunto trágico en las personas con trastornos mentales. No lo conviertan en un problema de malestar socioeconómico. Lo que deben hacer los políticos por la salud mental es reforzar la atención sanitaria y la investigación científica, y luchar contra la estigmatización de los trastornos mentales en los trabajos, en las escuelas y en los medios de comunicación. Y, además, mejorar el bienestar social de los ciudadanos, por supuesto. Por decreto se puede imponer la calidad de vida, pero no la salud mental.

José Luis Carrasco

Catedrático de Psiquiatría. Universidad Complutense

Jefe de la Unidad de Trastornos de la Personalidad. Hospital Clínico San Carlos

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