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Cómo nuestros miedos nos influyen en nuestra vida cotidiana
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Salud mental

Cómo nuestros miedos nos influyen en nuestra vida cotidiana

Los expertos advierten de que las consultas por ansiedad, depresión y temores han aumentado considerablemente desde que comenzó la pandemia de covid-19 hace ya dos años

Foto: Foto: iStock.
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Si analizamos la historia de la humanidad, el hombre ha pasado por etapas de guerras, desastres naturales y epidemias. La más grave que se recuerda fue la de la peste negra que se llevó por delante a cerca de la mitad de la población europea. Hoy, en pleno siglo XXI, vuelve a sufrir una pandemia aunque ni de lejos es tan grave como la que tuvo lugar en el siglo XIV.

Vivimos desastres naturales, existen países en guerra y sumamente pobres pero, sobre todo, padecemos ansiedad, tenemos miedos, reprimimos la rabia y en ocasiones nos sentimos tristes. ¿Es esto nuevo en el ser humano? Obviamente, no. Pero sí es más propio de las sociedades avanzadas sufrir enfermedades mentales, entre otras cosas porque a menor número de problemas reales, mayores posibilidades de tener estas emociones y que a menudo no son conscientes.

Lo que crea el miedo es la incapacidad de adaptarse a lo desconocido

Una coraza es una protección, una armadura, un bloqueo, una defensa, que está construida por tensiones musculares y rigideces articulares. La mayoría son inconscientes. Tienen una dimensión física, emocional, psíquica y energética. Una de las vías de exploración es practicar movimientos específicos de despertar corporal que nos facilitarán el abrir, aflojar los tejidos contraídos, tensos, para que nuestra energía vital pueda circular y nuestro sistema nervioso central y endocrino se autorregulen.

Acompañamos a que la persona reconecte con su cuerpo a partir de estar en contacto con las sensaciones y los sentidos explorando cada movimiento en el momento presente. Cuando nos liberamos de los bloqueos, las emociones tienen la posibilidad de circular y podemos experimentar cómo acompañarlas. En cuanto a la dimensión psíquica, hay un cambio de actitud delante de las situaciones de la vida, una manera diferente de responder a las circustancias en que no encontramos, los pensamientos limitativos se transforman en afirmativos y tenemos una actitud más favorable delante de los retos que la vida nos presenta en el día a día.

¿Cómo podemos desbloquear esas corazas?

Cada emoción va acompañada de una descarga hormonal. Hay una hormona para cada emoción y estas circulan en nuestra sangre. Con el Método de Liberación de las Corazas (MLC©), a partir de movimientos específicos de despertar corporal, encontramos un equilibrio dentro del desequilibrio recobrando el bienestar, despertando la confianza y la seguridad en uno mismo sin depender tanto de los demás y de los acontecimientos que nos encontremos. Conectamos con un soporte en nuestro interior en donde nuestro mundo emocional se puede apoyar.

Nuestro cuerpo tiene una memoria corporal que se vive a través de nuestro tejido conjuntivo, las fascias, el órgano de transmisión por el cual pasan las informaciones que vienen del cerebro límbico, el cerebro emocional. Se parece a una gran tela de araña que une diferentes partes del cuerpo. Liberando nuestros tejidos, nuestros 'nudos', liberamos las memorias de las vivencias que hemos tenido desde la primera infancia dejando circular nuestra energía vital que ha estado retenida. Nuestro cuerpo es el espejo de lo que somos interiormente y nuestro ser se puede reflejar en él.

placeholder Gloria Lerin, terapeuta Gestalt y miembro de la Asociación MLC-IT.
Gloria Lerin, terapeuta Gestalt y miembro de la Asociación MLC-IT.

Primero deberíamos reflexionar sobre qué son las emociones. Con este método se pueden afrontar los miedos que tenemos. Como seres vivos, las emociones forman parte de nuestra naturaleza humana. Son una expresión de la fuerza de vida que llevamos en nuestro interior y están creadas a partir del mundo de nuestras creencias. Nos informan de nuestras necesidades, deseos y anhelos. Tienen un movimiento como el de una ola. Hay un inicio, luego van subiendo de intensidad llegando a la cresta de la ola y un descenso, un final.

Las emociones primarias son el miedo, la rabia, la tristeza, la sorpresa, la aversión y la alegría. ¿Nos damos cuenta de cómo las vivimos? ¿Reprimimos las emociones como si nos las prohibiéramos debido a los condicionamientos recibidos por nuestros padres, el entorno familiar, la sociedad y la cultura? Si de pequeños, por ejemplo, tuvimos miedo de una tormenta, de la oscuridad, de un examen, y se lo comunicamos a nuestro cuidador principal y obtuvimos como respuesta “ya eres un niño mayor para tantas tonterías”, “vete a la cama que ahora no tengo tiempo para estar contigo” o “eres un gandul, estudia más”, influye. Lo que hubiéramos necesitado era que nos dieran un abrazo, que nos miraran a los ojos diciéndonos unas palabras con ternura para calmarnos.

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Foto: Unsplash/@spce.

Que hubiera habido una persona que con su presencia bondadosa nos diera el soporte en donde nos podíamos apoyar y que nos acogiera tal como nos sentíamos en aquel momento sin querernos cambiar. Si todo eso pasa de niños, de adultos seguramente no viviríamos con tantos miedos reprimidos e inseguridades. Y de tanto reprimir cualquier emoción en ocasiones las llegamos a congelar, las rechazamos como algo que tuviéramos miedo de vivir. También podemos vivir nuestras emociones 'a flor de piel', en un estado de hiperemotividad que nos lleva a sentirnos invadidos por ellas.

¿Qué finalidad tienen los miedos?

La finalidad del miedo es darnos la información necesaria para protegernos de un peligro, ya sea real o imaginario. Y esto es tener prudencia. Quienes los rechazan corren riesgos, son intrépidos y se ponen en peligro. Reprimirlos hace que puedan aparecer la ansiedad y la angustia. El miedo nos puede ayudar a conocernos a nosotros mismos, a saber poner los límites y a reafirmarnos en las relaciones con otras personas.

Foto: Dr. Enrique Rojas.

Si el cerebro reptiliano, el instintivo, detecta un peligro, el cuerpo se va a proteger, a tensar, es automático. Hay zonas privilegiadas en el cuerpo en donde nos protegemos impidiendo que fluya nuestra energía vital. El cuerpo no miente y es un receptáculo de nuestro mundo interior, de lo que sentimos, de lo que nos pasa, de nuestros pensamientos, y es la sede de nuestro inconsciente.

El miedo es una fabricación de nuestra mente. Si nuestro estado mental está lleno de dudas, miedos, preocupaciones, aferrados a las viejas creencias limitativas, esto será lo que proyectaremos en el futuro y se convertirá en nuestra realidad vivencial. ¿Qué pensamientos alimentan nuestra mente? ¿Nos damos cuenta de que somos lo que pensamos?

¿Cómo reacciona nuestro sistema nervioso autónomo?

Ante un acontecimiento en el que nos sentimos agredidos se activa el miedo y respondemos de diferentes maneras: huyendo o luchando, y es aquí en donde se activa nuestro sistema nervioso simpático.

Por ejemplo, estoy conversando con una persona que empieza a hablarme sin respeto diciendo cosas que me afectan emocionalmente. Puedo reaccionar respondiéndole con firmeza mi punto de vista, desde mi fuerza interior, o puedo irme dejando a la persona plantada, huyendo de la situación. O paralizarnos, nos disociamos del cuerpo, la respiración casi no se siente y no tenemos posibilidad de reaccionar. Aquí se activa la rama parasimpática vagal dorsal del nervio vago.

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Foto: iStock.

También podríamos reaccionar buscando ayuda, protección en un amigo o familiar donde nos sentiríamos seguros, tranquilos y en confianza. Aquí se activa la rama parasimpática vagal ventral del nervio vago. Por eso es importante que nuestro sistema nervioso central y endocrino encuentre su autorregulación, para responder de la mejor manera posible.

¿Qué tipos de miedos podemos vivir?

Durante el embarazo, los miedos nos han sido transmitidos a través del líquido amniótico por nuestra madre. Dependiendo de lo que ella estuviera sintiendo, el momento que vivía, los pensamientos que tenía, si era un hijo deseado o no… Son miedos que se añaden y que hemos vivido en la infancia, la influencia del sistema familiar, y los que nos hemos construido a lo largo de nuestra vida. Esto nos puede dar un sentimiento de impotencia y malestar.

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Dependiendo de las heridas que hemos tenido en la infancia nos hemos construido unos miedos como mecanismo de protección. Si nos hemos sentido abandonados, vamos a tener miedo a perder la seguridad y nos vamos a sentir inseguros. Si sentimos un rechazo, hay una gran miedo de ser rechazado, por lo que hay una dificultad ante el compromiso y salimos corriendo. Si hemos recibido un maltrato, podemos repetir lo mismo maltratándonos a nosotros mismos, a nuestros hijos, llegando a tener miedo a que nuestro cuerpo y nuestra psique pierdan su integridad. Si hay una herida de sentirnos traicionados, hay una pérdida de confianza.

Tenemos una inteligencia emocional que nos indica que hay una parte de nosotros que no va bien y nuestro ego, nuestra personalidad, lo niega. Ella interpone la lógica, lo mental y se siente segura si tiene el mando del control de nuestra vida. Lo que crea el miedo es la incapacidad de la personalidad de adaptarse a lo desconocido. Necesitamos reapropiarnos del territorio de nuestro cuerpo, de tener una personalidad fuerte y flexible, reconociendo quienes realmente somos y encontrando nuestra fuerza interior.

El antídoto del miedo es el amor

Necesitamos darnos una seguridad interior para vivir tranquilos. Amar nuestros miedos sin juzgarlos, dejar de criticarlos y rechazarlos, y reconocerlos. Ahora, con la pandemia, quizás estamos viviendo una situación en que se nos despiertan los miedos inconscientes del pasado, un recuerdo, una experiencia ya vivida. Y es el momento de escuchar nuestro mundo interior.

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Los miedos son irracionales. Si asumimos vivir con ellos en vez de luchar en contra, van a disminuir creando un espacio para que se puedan expresar. Dejar de identificarnos con ellos envolviéndonos con el amor que nos habita en nuestro interior es un camino que nos llevará a vivir con confianza y seguridad. El amor es la ausencia del miedo. Cuando aceptamos el amor como nuestra realidad, llegamos a tener salud viviendo con plenitud y con paz interior.

Gloria Lerin es terapeuta Gestalt y miembro de la Asociación MLC-IT 

Si analizamos la historia de la humanidad, el hombre ha pasado por etapas de guerras, desastres naturales y epidemias. La más grave que se recuerda fue la de la peste negra que se llevó por delante a cerca de la mitad de la población europea. Hoy, en pleno siglo XXI, vuelve a sufrir una pandemia aunque ni de lejos es tan grave como la que tuvo lugar en el siglo XIV.

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