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A vueltas con el síndrome de Simón: el mal del joven actual
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'Tener perspectiva'

A vueltas con el síndrome de Simón: el mal del joven actual

Se trata de un hombre entre los veintitantos años largos y los treinta y tantos sin pareja y que se inscribe dentro del esquema: soltero, inmaduro en lo afectivo, materialista, obsesionado con el trabajo y narcisista

Foto: Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo.
Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo.

Las siglas corresponden a soltero, inmaduro en lo afectivo, materialista, obsesionado con el trabajo y narcisista. Se trata de un hombre (no de una mujer) comprendido entre los veintitantos años largos y los treinta y tantos, soltero o separado, que pasa por soltero y que se inscribe dentro de ese esquema mencionado. He hablado de este tema hace ya mucho tiempo y sigo insistiendo en él.

Para muchos, la soltería es como un solar en el centro de una gran ciudad: siempre tiene buena venta y a medida que pasa el tiempo, se revaloriza, sube la tarifa y mejora en rentabilidad. Maticemos: solo quien es realmente libre es capaz de comprometerse. Ser capaz de perder la soltería por un amor fuerte, sólido, atrayente y sugestivo indica: vida, fuerza, capacidad de riesgo, vitalidad. Y también la necesidad de salir de uno mismo.

Muchos de estos jóvenes parapetados detrás de la soltería se exhiben y pasean frente a las chicas buscando mostrarse y desfilar por la pasarela de los que 'están libres', para que después puje la que más fuerza tenga para llevarse el trofeo. Hoy está sucediendo algo verdaderamente notable en nuestra sociedad occidental y es que este tipo de humano ha ido prosperando cada vez más. Las mujeres buscan amor y seguridad; los hombres necesitan ser valorados. Esta doble tendencia marca los hechos a los que estamos asistiendo.

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Foto: iStock.

Cuando hablamos de hombre 'inmaduro', me refiero a la inmadurez de los sentimientos. Los sentimientos son estados de ánimo, positivos o negativos, que nos conducen a acercarnos o a alejarnos del objeto que aparece delante de nosotros. Son vía regia de la afectividad, el camino carretero y trillado más frecuente. Voltaire era racionalista y Rousseau, sentimental. Leibniz decía que "tout sentiment est la perception confuse d’une vérité" ("todo sentimiento consiste en la percepción confusa de la verdad").

El sentimiento es la forma habitual y ordinaria de vivir los afectos. Son bloques informativos que nos orientan en la vida. Son una vía de conocimiento y un termómetro de nuestra vida privada. Los sentimientos son como un ordenador que evalúa y nos da la cuenta de resultados de cómo va la vida y milagros de nuestra afectividad. El principal sentimiento es el amor, y este se abre en abanico, repleto de matices: amar, desear, querer, sentirse atraído, buscar, tener en la cabeza, necesitar, estar todo el día pensando en alguien… El análisis está erizado de dificultades.

Foto: Foto: iStock. Opinión

Tener madurez sentimental significa estar abierto a dar y recibir amor, a la posibilidad de descubrir otra persona a la que entregarle el mapa del tesoro escondido, dándose por entero a ella para elaborar un proyecto común. Enamorarse es crear una mitología privada con alguien. Hay dos notas esenciales: tener admiración y sentir una fuerte atracción. Es decirle a alguien: no entiendo mi vida sin ti, eres parte fundamental de mi proyecto. Enamorarse es necesitar a alguien, no entender la vida sin que esa persona esté en el centro del cuarto de máquinas de la propia travesía. El que está muy pagado de sí mismo no necesita a nadie, y no puede enamorarse.

Madurez profesional, pero no afectiva

En el síndrome de Simón nos encontramos con una persona que puede tener una adecuada madurez profesional (ama su trabajo, lo cuida, lo cultiva, es un buen profesional, etc), pero no tiene madurez afectiva: no sabe qué es el mundo sentimental, se muestra incapaz de expresar sentimientos, ignora que el amor es un trabajo de artesanía psicológica y desconoce que los sentimientos hay que trabajarlos con dedicación y esmero, porque si no se volatilizan. El inmaduro no sabe dar ni recibir amor y, sobre todo, no sabe cómo mantenerlo.

En medio de estas brumas, en el Simón asoma, emerge, salta y se levanta huracanado otro cuadro clínico que se desgaja de este y que remata la faena del siguiente modo: 'commiment panic syndrom', el síndrome del pánico a comprometerse con otra persona.

Se han multiplicado los hombres que se adscriben a este terror al compromiso. La sociedad actual ha ido fabricando cada vez más hombres inmaduros (que no mujeres), que viven centrados en su trabajo, en sus amigos, en salir y entrar, algo de cultura y pasarlo bien. Son los tiempos que corren. La mujer sabe mucho más de los sentimientos que el hombre y quiere buscar un amor verdadero, auténtico, para siempre, pero esto es lo que hay; el patio está de esta manera.

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Foto: iStock.

La prioridad de la persona materialista y obsesionada con ganar dinero y con el éxito es fundamentalmente encontrar una posición económica adecuada y situarse, y está dispuesta a sacrificarlo todo por esto. Hago una enmienda a la totalidad: es evidente que es importante trabajar el proyecto profesional, pero que ese sea el único elemento fundamental parece pobre, flaco, poco consistente.

Hay una nota aquí escondida, en muchos simones, que es la obsesión por el cuerpo y que lleva a ir al gimnasio en exceso y a cuidar la dieta de forma exagerada… Esa rampa se desliza hacia el narcisismo.

Narcisista es el que tiene un amor desordenado hacia sí mismo, y que vive tras la cima de una autoestima cada vez más grande. El narcisista gira permanentemente sobre sí mismo, siempre preocupado por causar buena impresión a la gente que le rodea. El patrón de la conducta se vertebra en torno a la necesidad de reconocimiento por parte de la gente de su entorno.

De esta secuencia descriptiva asoma el complejo de superioridad, que es un sentimiento que hace que ese sujeto se vea muy por encima de los que le rodean. Hay una seguridad y una arrogancia muy marcada. El narcisista es vanidoso y sus afirmaciones son sentencias repletas de superioridad. Se trata de una persona muy pagada de sí misma que necesita cada vez más elogios y todo le parece poco en ese sentido; es una persona pretenciosa, creída, petulante… y cuando se le pregunta su opinión por alguien tiende a la descalificación inmediata y rotunda del otro.

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Y en la otra cara de la moneda está la mujer soltera, sana y normal, que quiere encontrar una pareja adecuada; una persona con la que compartir su vida, un amor para siempre sin fecha de caducidad.

Veo cada vez más mujeres desencantadas ante este tipo de hombre, que me dicen: “Yo busco un hombre que venga con los deberes hechos, no un adolescente al que tenga que educar como si fuera su madre”.

La madurez de la personalidad se alcanza armonizando bien estos tres distritos: lo que yo pienso que soy (autoconcepto), lo que otros piensan de mí (imagen) y lo que realmente soy (la verdad sobre mí mismo).

Las siglas corresponden a soltero, inmaduro en lo afectivo, materialista, obsesionado con el trabajo y narcisista. Se trata de un hombre (no de una mujer) comprendido entre los veintitantos años largos y los treinta y tantos, soltero o separado, que pasa por soltero y que se inscribe dentro de ese esquema mencionado. He hablado de este tema hace ya mucho tiempo y sigo insistiendo en él.

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