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Diez pistas que delatan a una persona afectivamente inmadura
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Frente al amor

Diez pistas que delatan a una persona afectivamente inmadura

Nuestra sociedad altamente tecnificada ha descuidado el factor humano y son muchos los individuos que desconocen cómo fraguar y conservar el verdadero amor y no dejarse arrastrar por el hedonismo imperante hoy en día

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En nuestro mundo, tan tecnificado y lleno de avances científicos, se ha ido descuidando lo humano de forma progresiva. Hay ciertas pautas para comprender cómo saber si la persona es afectivamente inmadura:

No saber qué es el mundo sentimental: saber de algo implica conocimiento, percepción de lo que allí se aloja, información para separar lo accesorio de lo fundamental, tino para discernir en la selva de hechos e intenciones y abrirse paso hacia lo mejor. La mujer occidental es más hábil en este campo que el hombre, cuyo analfabetismo sentimental está teniendo unas consecuencias devastadoras: no ve, no entiende lo que está pasando ni cuáles son las principales leyes y resortes de la afectividad.

Edificar la vida sentimental sobre una base poco sólida e incoherente: cuando el amor está hecho con materiales de derribo y su construcción, por tanto, resulta endeble, antes o después se desvanecerá. No puede hablarse en tal caso de auténtico enamoramiento y, si lo hay, se desconocen las reglas del juego. A veces lo que existe son otros sentimientos de menor profundidad, pero a la larga no funcionarán. La base, pues, es sentirse profundamente enamorado y saber cómo mantener dicha relación.

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Divinizar el amor: la persona inmadura idealiza la vida afectiva y exalta el amor conyugal como algo extraordinario y maravilloso, lo cual constituye un error porque no profundiza en su análisis. El amor es una tarea; una tarea esforzada de mejora personal mediante la cual se pulen y liman los defectos de la propia conducta que afectan al otro. El amor nos hace libres y esclavos.

Convertir a la otra persona en un absoluto: este signo de inmadurez se suele pagar muy caro. Es natural en el curso del enamoramiento que la otra persona brille con luz propia, un fenómeno que Ortega y Gasset llamó 'enfermedad de la atención'; Stendhal, 'cristalización', y F. Alberoni, 'estado naciente'. Sin embargo, la difícil convivencia diaria va poniendo a cada cual en su sitio; aflora la verdad, sin trampa ni cartón, porque una cosa es la imagen inicial que ofrecemos y otra muy distinta, la versión real de la vida ordinaria.

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Desconocer que los sentimientos no son estáticos, sino dinámicos: el amor, como cualquier órgano vivo, es perfectible y defectible. Y el amor recíproco es la forma suprema de compañía, por ello hay que esmerarse en él. El amor inteligente supone cuidar los detalles pequeños, lo que requiere un alto porcentaje de artesanía psicológica.

No saber dar ni recibir amor: los sentimientos son un camino de ida y vuelta, de la excitación a la tranquilidad, de la tensión a la relajación, de la aproximación al rechazo, de la activación al bloqueo… La persona poco madura cree que no es merecedora de recibir afecto y se extraña cuando lo recibe; además, no ha aprendido a darlo. Kierkegaard decía que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera; los inmaduros, por el contrario, abren su afectividad hacia adentro, la cierran luego y a continuación pierden la llave.

El inmaduro no siente las cosas del otro como propias, ni sabe afrontar y valorar los conflictos que van surgiendo

Ser incapaz de elaborar un proyecto común con otra persona: el inmaduro no contempla meter a alguien en su proyecto de vida y compartirlo todo; no se proyecta en la misma dirección, no siente las cosas del otro como propias, ni sabe afrontar y valorar los conflictos que van surgiendo. De ahí a la ruptura no hay más que un paso. Es necesario mantener un crecimiento equilibrado de la pareja, lo que implica no abandonarse nunca. Este proyecto no debe olvidar los tres ingredientes básicos: amor, trabajo y cultura. Es preciso compartir, tener complicidad, mirar juntos en la misma dirección.

Desconocer la 'metodología' del amor: las claves principales para mantenerse junto a alguien son la inteligencia, la voluntad y el compromiso.

  • La inteligencia para saber llevar a nuestra pareja en la laboriosa convivencia, así como para manejar hábilmente la comunicación.
  • La voluntad porque es la capacidad de ponerse metas pequeñas que apuntan a un fin más lejano. Cuando se quiere alcanzar una adecuada estabilidad conyugal, la voluntad tiene un papel de primer orden. De hecho, una de las manifestaciones más rotundas de la madurez es una buena educación de la voluntad.
  • El compromiso para poder asumir el esfuerzo de construir una relación a largo plazo. Si existe deslealtad respecto al proyecto amoroso, este asoma enseguida. Conviene, en estos casos, no engañarse y tener en cuenta los ejemplos que a diario nos dan cumplida información los medios de comunicación.

Enamorarse, pero no saber mantener ese amor: todos hemos conocido a algún donjuán, maestro en el arte de la conquista y un fracasado a la hora de sostener y proteger lo que ha conseguido. La mejor manera de mantenerse enamorado es sentir admiración hacia la otra persona.

Pensar que no se pueden gobernar los sentimientos: creer que los sentimientos son como un viento impetuoso que es difícil controlar, y por ello se condena a la tiranía del capricho. No sabe decir que no a los nuevos e inesperados afectos. La filosofía del 'me apetece' convierte a la persona inmadura en veleta giratoria y sin rumbo, en alguien zarandeado por el estímulo inmediato.

Escepticismo hacia el amor

El amor conyugal es una de las aventuras más excelsas que existen. Una relación debe estar basada en la comprensión, el diálogo, el cuidado recíproco, la ternura, los pequeños detalles… Se ha ido perdiendo la capacidad para reflexionar y valorar la vida en su totalidad, y ello ha conducido a la decadencia amorosa, porque falta la articulación del amor con los otros grandes componentes de la existencia.

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El amor se mira con escepticismo, muchos ya no creen en él. La lexicografía al respecto se ha vuelto equívoca y las palabras fundamentales flotan a la deriva en el vocabulario del inmaduro, formando una telaraña compleja de significados y contrasentidos. El mito del amor se ha pervertido con la instrumentalización del diccionario, que a la larga conduce al desencanto, a un paraíso perdido y hueco, atrapado en las redes del consumismo y la permisividad.

Una sociedad tan hedonista como la nuestra tolera mal las frustraciones en la vida afectiva. Pronto aflora el relativismo, con lo que se le resta importancia a cualquier decisión por dura que sea. La inmadurez solo permite una vinculación frágil, utilitaria: si la pareja o el matrimonio no funciona, se cambia por otro y asunto solucionado, cuando, en realidad, una correcta administración del mundo afectivo, que descansa sobre la inteligencia (en el amor), voluntad, sentido del compromiso y ética, ayuda a construir un proyecto de vida en pareja.

En nuestro mundo, tan tecnificado y lleno de avances científicos, se ha ido descuidando lo humano de forma progresiva. Hay ciertas pautas para comprender cómo saber si la persona es afectivamente inmadura:

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