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El pavo, esa montaña rusa de emociones de los más jóvenes
Tener perspectiva

El pavo, esa montaña rusa de emociones de los más jóvenes

Una época caracterizada por una hipersensibilidad psicológica: grandes cambios de ánimo, rebeldía, sentimientos de incomprensión, rabietas y crisis de llanto que requieren de los padres tacto y paciencia

Foto: Foto: EFE/Miguel Gutiérrez.
Foto: EFE/Miguel Gutiérrez.

Esta etapa del desarrollo, que aproximadamente va de los 10 a los 14 años en las chicas y de los 12 a los 16 en los chicos, supone la maduración biológica, corporal, que culmina con la capacidad de ambos para engendrar. Esta 'edad del pavo' se caracteriza por una hipersensibilidad psicológica: grandes cambios de ánimo y de criterio, inestabilidad emocional, rebeldía, sentimientos de incomprensión, rabietas y crisis de llanto que requieren por parte de los padres tacto, paciencia y saber hacer ante esta conducta ondulante. Quieren ser más mayores de lo que realmente son, como si tuvieran prisa por crecer.

Las chicas maduran antes en el plano sentimental, y esto es una constante en el mundo occidental.

Foto: Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo.

La inestabilidad de ánimo es frecuente, con oscilaciones que van de la alegría a la tristeza, del entusiasmo enfervorizado a decepciones que tienen para ellos el sabor de grandes derrotas. Las pequeñas frustraciones del día a día son vividas de forma exagerada e incluso dramática, ya que todavía no han aprendido a valorar los hechos de forma moderada y ecuánime. La vida se experimenta con fuerza, con intensidad, de ahí esos vaivenes tan marcados. Es frecuente encontrar a una persona de esta edad llorando “sin saber por qué”, como si tomara el pulso a las grandes emociones en su rica diversidad.

En la pubertad se produce el despertar de la amistad, pero ya a niveles más profundos, en los que se intercambian vivencias y cuestiones más íntimas. Tanto la amistad como el primer amor tienen frescura y lozanía. La afectividad está todavía pura, sin pulir. La sorpresa de saber que alguien se puede fijar en uno es importante y provoca tal efusión que, si las cosas no marchan como se desea, puede caer por una rampa deslizante y convertirse en lo contrario: desencanto, tristeza y desilusión al observar que lo que parecía tan fácil y sencillo se ha vuelto complicado y laberíntico. Los padres debemos adelantarnos y enseñarles qué es la vida sentimental, con ejemplos sencillos y aplicando una pedagogía positiva que evite tanto el escepticismo como una información excesivamente dura para ellos. Según sea la personalidad de cada hijo, deberemos utilizar distintos argumentos y matices.

La sexualidad

En lo que se refiere a la sexualidad, es en la pubertad cuando adquiere gran importancia. El descubrimiento de la maduración corporal es una sorpresa a la que se asiste paulatinamente, comprobando los cambios que se operan de forma sucesiva. En las niñas se desarrolla el pecho, aparecen el vello púbico y axilar y la primera menstruación, que suele convertirse en un secreto cómplice entre madre e hija, y es frecuente que la relación con su mejor amiga cobre en esos momentos una mayor intensidad. También empieza a asomar la atracción hacia los chicos, así como el enamoramiento casi siempre idealizado.

placeholder Foto: EFE/Juan Carlos Cárdenas.
Foto: EFE/Juan Carlos Cárdenas.

En comparación con las niñas, los chicos de estas edades son más infantiles. Desde el punto de vista genital se advierte un alargamiento del pene y un desarrollo del escroto. El interés por la sexualidad se intensifica, pero el pudor sigue siendo muy marcado. La atracción por las personas del otro sexo va surgiendo poco a poco y también los enamoramientos, aunque con menos finura y psicología que en las niñas. Los chicos prefieren buscar la información sexual fuera de casa, con los compañeros del colegio. En muchas ocasiones, esos datos pueden estar distorsionados e incluso ser dados de manera poco afortunada o brusca, sin matices, lo que a la larga causa mucho daño. Por ello es conveniente que, una vez más, los padres se adelanten y expliquen las cosas como son, pero con un sentido amplio, completo, que vaya más allá de lo puramente sexual. Estas vivencias marcan la travesía biográfica, siempre irrepetible, y no se olvidan con el paso de los años. De ahí el especial cuidado que hay que poner para que estas se experimenten de forma sana y armónica. La información sexual deberá ser cada vez más amplia y precisa.

La vertiente interpersonal

En cuanto a la vertiente interpersonal, chicos y chicas descubren que pueden confiar en los amigos y contarles sus cosas más íntimas. Esto tiene un valor enorme. Un ingrediente también importante del desarrollo interpersonal es el deporte, ya que les ayuda a demostrarse a sí mismos su capacidad y su tenacidad, y a la vez les enseña a ganar y a perder. Contribuye igualmente a ampliar el círculo de conocidos, para que así puedan espigar de ahí y del grupo del colegio los verdaderos amigos. Por su parte, la música cobra significación en esta etapa y resulta también un medio para relacionarse y expresar afecto. El baile les proporciona un ámbito nuevo en el que expresar alegría.

Foto: Foto: iStock.

Los procesos de identidad se van fraguando en esa mezcolanza de ingredientes. Se copian las conductas de los compañeros que son más líderes y el propio perfil personal va dibujando matices, moviéndose entre luces y sombras que combinan una imaginería compleja que llevará poco a poco a consolidar la estructura de la personalidad.

En las familias con un hijo único, se pierde el concepto de hermandad y, con él, la posibilidad de descubrir el valor de un trato tan cercano y de aprender a compartir. También es diferente la configuración familiar en las familias en las que solo hay niñas o solo niños. Desde Freud, y aún antes, se sabe que las niñas sienten una mayor inclinación hacia el padre (complejo de Electra) y los niños hacia la madre (complejo de Edipo). Esto suele ser una constante. En la preadolescencia se observa ya cierta crítica de las chicas hacia su madre, en una mezcla de rivalidad y rebeldía, y lo mismo sucede entre los niños y su padre.

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Foto: iStock.

Pronto, los amigos empiezan a sustituir a la familia y se convierten en protagonistas de primera línea. La labor de los padres en esta travesía es muy delicada y se necesita mucha maestría para sortear los conflictos propios de personas que están 'sin hacer' y que son rebeldes por antonomasia. Ciertamente, hay que respetar a los amigos que tienen nuestros hijos a esas edades, pero supervisando que no caigan en un ambiente demasiado permisivo que, a la larga, sea negativo y lleve a la degradación de la conducta. Esta supervisión debe realizarse con sigilo y tacto, evitando que ellos se puedan sentir manipulados o privados de sus libertades.

El colegio es parte esencial de la vida en esos momentos. En él nacen amistades, encuentros, rechazos, tensiones, compañerismo. En algunos casos, incluso, va a ser más importante que la familia no solo por el número de horas al día que allí se pasan, sino porque puede influir más que padres y hermanos. Pero la verdadera educación debe darse en familia, que es donde se aprende a vivir. Como primer modelo de conducta resulta decisivo… para bien o para mal.

Esta etapa del desarrollo, que aproximadamente va de los 10 a los 14 años en las chicas y de los 12 a los 16 en los chicos, supone la maduración biológica, corporal, que culmina con la capacidad de ambos para engendrar. Esta 'edad del pavo' se caracteriza por una hipersensibilidad psicológica: grandes cambios de ánimo y de criterio, inestabilidad emocional, rebeldía, sentimientos de incomprensión, rabietas y crisis de llanto que requieren por parte de los padres tacto, paciencia y saber hacer ante esta conducta ondulante. Quieren ser más mayores de lo que realmente son, como si tuvieran prisa por crecer.

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