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Casarse sin estar realmente enamorado
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Tener perspectiva

Casarse sin estar realmente enamorado

Hoy existen muchas publicaciones sobre temas sentimentales en donde se abordan estos temas y cada uno puede encontrar un texto que le ayude. Pero puede ser bueno tener una consulta con un psicólogo o un psiquiatra que pueda orientar el caso

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Viene a consulta una mujer de treinta y dos años, se acaba de separar de su marido después de año y medio de casados, pero que han salido durante cinco. Me dice: “Vengo a consulta porque estoy muy deprimida, me acabo de separar de mi marido y me da mucha pena lo que estoy viviendo. He salido unos cinco años con él y en ese tiempo lo hemos dejado unas cuatro o cinco veces porque hemos tenido fuertes discusiones; yo reconozco que tengo un temperamento fuerte, y al final nos casamos… Fui yo la que me empeñé, él no quería…”

Le pregunto: “¿Te casaste enamorada?” Su contestación fue: “No lo sé… le tenía mucho cariño, fueron cinco años muy intensos, sus padres me adoraban…” Continúo: “Entonces, si no estabas realmente enamorada, ¿por qué te casaste?”. Me responde: “Yo creí que él cambiaría y que yo suavizaría mi forma de reaccionar… Tocaba casarse, mi madre me dijo que esas discusiones son normales, que la vida es así… Ahora me doy cuenta de que me equivoqué, no debí casarme, o quizá esperar… estoy confundida…”

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Tienen un hijo de unos meses y ahora se plantea el tema de la guarda y custodia, él quiere que el hijo viva con él y este es otro punto fuerte de enfrentamiento.

Ella me sigue diciendo esto: “Me paso el día llorando. Estoy en casa de mis padres y no paro de darle vueltas a lo que me ha pasado porque el final ha sido muy triste; él me ha dicho que estoy loca, que no estoy bien de la cabeza… He hablado con la madre de él y me dice que todo está mal, y que él no quiere saber nada de mí… que sean los abogados de ambos los que se entiendan. Me siento fracasada…”.

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Este caso terminó en ruptura. Hoy existen muchas publicaciones sobre temas sentimentales en donde se abordan estos temas y cada uno puede encontrar un texto que le ayude. Pero puede ser bueno tener una consulta con psicólogo o un psiquiatra que pueda orientar el caso. Hoy son muy frecuentes las situaciones de esta naturaleza. Hay que tratar de ser capaces de mirar por debajo de las apariencias y no quedarse sólo en lo externo. Esto es, la capacidad de penetración en el otro y de esta forma sutil descubrimos de verdad a quien está asomando enfrente de uno. En el hombre pasa a primer plano casi siempre lo físico, en la mujer eso juega un papel menos importante porque sabe más de la afectividad. La psicología femenina busca otras cosas, se fija en dimensiones distintas, explora zonas ocultas… Es conocer el subsuelo. La mujer tiene dos razones en juego: la razón del conocimiento por un lado y la razón esencial. La primera es saber quién es el otro por dentro, y la segunda saber sintetizarlo en sus puntos fundamentales.

Saber explorar la personalidad del otro y ver si hay compatibilidad y armonía. Por eso es importante en ese periodo denominado salir (noviazgo), ser capaces de captar esto. Este tiempo debe llevarnos a acercarnos o a alejarnos de esa persona. Muchos desencuentros en este periodo de tiempo son un claro indicador de que la comunicación es difícil, o se hace compleja, o que a menudo hay desencuentros, o momentos malos, o muy diferentes interpretaciones de la realidad. He visto parejas, como la de este caso, que no han sabido cortar a tiempo y luego todo ha sido muy duro.

Tres dimensiones

Hay que mencionar, igualmente, el tener prioridades similares en tres dimensiones: creencias, personalidades complementarias y similar nivel sociocultural. El amor tiene un gran porcentaje de artesanía psicológica y cultural. Eso significa trabajo esforzado y atento, equilibrio, cuidado de los detalles pequeños, sensibilidad, pensar más en el otro que en uno mismo y un largo etcétera en esa dirección. Amar a una persona es priorizarla, ponerla por delante de casi todo y buscar su bien. Para estar bien con alguien hace falta primero estar bien consigo mismo. El amor modela el destino personal, que es la suma y compendio de decisiones pequeñas y grandes que marcan la vida personal.

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Hay que tener claro que los polos opuestos se atraen. Este es un principio psicológico demostrado científicamente. A una persona primaria, activa, más bien impulsiva, rápida… le va una persona secundaria, pasiva, más bien reflexiva, lenta… De hecho, si nos fijamos en las parejas cercanas que funcionan bien, se da este juego complementario. Y es natural que así sea, porque uno busca lo que le falta, lo que no tiene, lo que agrega, equilibra, incrementa, aquello que es adicional. Por eso el amor, de entrada, es elección profunda y, de salida, cuidado minucioso y atento de los detalles pequeños y medianos de esa relación. El amor está hecho de artesanía, de laboriosidad afectiva menuda, del cuidado diario, de lo que es la base de la vida: la convivencia. O se cuida eso, la vida ordinaria, o el amor se diluye, se desmorona. Y lo vemos en los tiempos que corren, en los que tanta gente falla en el amor por falta de formación y de laboriosidad. Las corrientes subterráneas que conforman ese amor circulan por ahí: los sentimientos significan una respuesta de toda la persona. Es físico, psicológico, espiritual y biográfico.

El amor verdadero es mucho más que enamoramiento, significa la decisión firme de buscar lo mejor para el otro

Otra vertiente para considerar es que amar es la determinación de trabajar ese amor elegido. En una palabra, determinación es voluntad, disposición para tratar a la otra persona de la mejor manera posible, facultad para poner los medios a mi alcance para conseguir un objetivo concreto, en este caso, un amor duradero, sin fecha de terminación. El amor verdadero es mucho más que enamoramiento, significa la decisión firme de buscar lo mejor para el otro. Es la disposición para la entrega realista y exigente en donde la comprensión es pieza esencial. Comprender es ponerse en lugar del otro.

Comprender es aliviar, disculpar, luchar por olvidar. Todo eso no son palabras bonitas, sino conductas que uno puede aplicar en sus relaciones de pareja y que hacen que ese amor sea compromiso. El amor humano es exigente, pide mucho porque lo que llega de él es plenitud; no una felicidad completa, que eso es una utopía, sino una vida lograda en uno de sus principales argumentos.

Viene a consulta una mujer de treinta y dos años, se acaba de separar de su marido después de año y medio de casados, pero que han salido durante cinco. Me dice: “Vengo a consulta porque estoy muy deprimida, me acabo de separar de mi marido y me da mucha pena lo que estoy viviendo. He salido unos cinco años con él y en ese tiempo lo hemos dejado unas cuatro o cinco veces porque hemos tenido fuertes discusiones; yo reconozco que tengo un temperamento fuerte, y al final nos casamos… Fui yo la que me empeñé, él no quería…”

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