Ya sea en máquinas expendedoras o en el lineal del súper, las marcas de yogures, refrescos, quesos, patatas fritas o incluso cerveza se sirven de ciertos términos que son música para nuestros oídos a la hora de venderse: light, bajo en, sin... Todos los productos que se sirven de ellas son percibidos y vendidos como versiones más sanas que las originales, pero con las mismas propiedades organolépticas. Tanto que cabría hacerse una pregunta: ¿por qué siguen existiendo los productos originales de los que estas versiones derivan, que carecen de esos beneficios?

"La legislación tiene grandes lagunas. Ahora las trampas pueden realizarse dentro del marco de la ley"

¿Pero quién controla qué términos pueden usar las marcas para dejar claro que sus productos tienen potencial para ser más sanos e igual de deliciosos? Según Miguel Ángel Serrano, directivo de FACUA, "la principal norma que poseemos sobre el etiquetado de alimentos es el Reglamento Europeo Reglamento (UE) No 1169/2011 del Parlamento Europeo y del Consejo de 25 de octubre de 2011, que a su vez modifica muchos otros que siguen en vigor". Uno de ellos, en concreto el 1924/2006, explica qué cualidades tiene que poseer un alimento para poder utilizar ciertas nomenclaturas:

Aporte energético

Para poder usar el término 'bajo valor energético' (o cualquier afirmación que signifique lo mismo, como bajo contenido calórico), el producto no deberá contener más de 40 kcal por cada 100 g en el caso de los sólidos o 20 kcal por cada 100 ml en los líquidos. También existe el término 'sin aporte energético', por el que los productos no podrán contener más de 4 kcal por cada 100 ml. Además, para utilizar el término 'valor energético reducido', este deberá ser un 30% menor que el del producto original.

Contenido de grasas

Una regla similar se aplica a este nutriente. Para que una marca pueda utilizar el eslogan 'sin grasa', su producto no podrá contener mas de 0,5 g por cada 100 g o 100 ml. Aquí la Unión Europea aclara que se prohíbe que un producto diga 'X% sin grasa' porque podría confundir al consumidor. Para utilizar la declaración 'bajo contenido de grasa' (o cualquier otra similar que signifique lo mismo), el producto no podrá contener más de 3 g por cada 100 g en los sólidos y 1,5 g por cada 100 ml en los líquidos. Por ejemplo, en las lonchas de pechuga de pavo Campofrío aparece el eslogan 'bajo en grasa', porque contiene 1,5 g por cada 100 g.

Azúcar

Lo mismo ocurre con este producto. 'Bajo contenido' será aplicable a los alimentos que no contengan más de 5 g por cada 100 g (2,5 g por cada 100 ml en el caso de los líquidos), y 'sin azúcar', a los que no superen los 0,5 g por cada 100 g o 100 ml. Además, para que un producto pueda incluir 'sin azúcares añadidos', no podrá habérsele añadido ningún monosacárido o disacárido ni ningún alimento utilizado por sus propiedades edulcorantes. Por ejemplo, en el zumo de naranja completamente natural y exprimido, puede aparecer 'sin azúcares añadidos', a pesar de que contenga más de 9 g por cada 100 ml.

Foto: iStock.
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Fuente de proteínas

Se podrá utilizar si, del total aporte energético, al menos un 12% proviene de proteínas. Para poder utilizar 'alto contenido de proteínas', su aporte calórico deberá ser un mínimo del 20%.

Contenido de fibra

El producto deberá contener 3 g de fibra por cada 100 g para poder catalogarse como 'fuente de fibra' y 6 g para decir que tiene un 'alto contenido de fibra'. Así que los picatostes sin gluten de la marca Esguir que utilizan en su envase la expresión 'alto contenido de fibra' en su etiqueta lo hacen porque pueden, es decir, porque contienen 7,6 g por cada 100 g.

Light

Para poder usar esta palabra (o cualquier otra de mismo significado como 'lite'), el producto deberá ajustarse a las reglas del término 'contenido reducido' y, además, deberá ir acompañada de una indicación de la característica que hace que sea así (como 'con edulcorantes' o 'sin azúcar'). En el caso, por ejemplo, del queso semicurado 'light' Gran Capitán, la utilización de esa palabra está justificada por la reducción de un 30% de la materia grasa con respecto al original.

En el zumo de naranja natural, puede aparecer 'sin azúcares añadidos', a pesar de que contenga más de 9 g por cada 100 ml

Pero aunque esta regla se aplique en España, el consumidor no siempre está protegido con las etiquetas de los alimentos. Como explica el propio Miguel Ángel Serrano, "la mayor parte de las reclamaciones que recibimos en FACUA sobre los alimentos son debidas a la utilización de idiomas que el consumidor no comprende, tamaños de letra demasiado pequeños o que los productos son realizados con determinados ingredientes, como aceite de oliva, cuando el porcentaje de la cantidad empleada es prácticamente inexistente". Y para colmo, incluso la legislación es interpretable: "La norma, como el Reglamento Europeo, resulta de aplicación directa en todos los Estados miembros de la Unión. Pero también existe la normativa española, que regula determinados productos e interpreta el contenido del Reglamento Europeo", apunta el experto.

Esto se debe a que el reglamento 1924/2006, mencionado antes, no es perfecto ni mucho menos. El bioquímico José Manuel López Nicolás carga duramente contra él en su libro 'Vamos a comprar mentiras'. Ahí explica que esta legislación tiene "grandes lagunas que hacen que el consumidor siga sin verse protegido" y que las "trampas ahora puedan realizarse en el marco de la ley". López Nicolás se refiere a la capacidad que tienen las marcas de decir que sus productos ayudan al sistema inmunitario o a mantener una correcta tensión arterial, por "la simple presencia del 15% de la cantidad diaria recomendada de ciertos nutrientes" como potasio, vitamina C o vitamina B6.