“O sale esta noche en el Telediario a explicar a la población que dejen de comprar aceite de garrafa o mañana yo mismo doy una rueda de prensa en el hospital para que todo el mundo sepa que el Ministerio de Sanidad está ocultando la causa de que los hospitales lleven un mes y medio colapsados”. Juan Casado, médico de cuidados intensivos del Hospital Niño Jesús de Madrid, se encara al secretario de Sanidad, Luis Sánchez-Harguindey. En el despacho del segundo cargo político por debajo del ministro, Jesús Sancho Rof, está también presente el director en funciones del hospital, que palidece cuando su subalterno, de 36 años, suelta la bomba, tal y como cuenta a Alimente el propio Casado.

"O sale en el Telediario a advertir sobre el aceite o mañana lo hago yo en una rueda de prensa en el hospital"

Es el 17 de junio de 1981, hay ya cientos de muertos, miles de afectados por una extraña enfermedad y los hospitales siguen recibiendo pacientes a borbotones con un cuadro clínico idéntico de una afección letal, hasta ese momento sin identificar. Era una crisis sanitaria y un pulso al Gobierno del que dependería la vida de miles de ciudadanos. Lo que van a leer a continuación es lo más parecido a un guion de un capítulo de la serie del doctor 'House': un equipo de diagnóstico formado por cuatro personas, con una pizarra delante y un montón de síntomas y posibles causas en cada columna que no encajaban.

Las garrafas con el aceite adulterado.
Las garrafas con el aceite adulterado.

Tras un mes y medio de cábalas y trabajo de campo, Casado y el equipo que forma con otros tres médicos consiguen identificar el tóxico que había colapsado al país: un síndrome inexistente hasta ese momento, además de descifrar el origen de la contaminación. La única diferencia de la historia que relata a Alimente Juan Casado es que no se trató de una ficción televisiva, sino de la mayor crisis de intoxicación alimentaria a la que se haya enfrentado el país nunca.

La semana del terror

Un mes y medio antes de la tensa reunión en el despacho de Sanidad, el 1 de mayo de 1981, comenzaron a ingresar niños afectados por un atípico cuadro clínico en el Hospital Niño Jesús de Madrid, donde ejercía Juan Casado. Ahora tiene más de 70 años, pero recuerda claramente la sucesión de acontecimientos. La memoria ha hecho perder algunos detalles, como el primer niño que enfermó -Jaime Vaquero, que murió poco después-, pero la esencia está nítida. “Después del primer ingreso, en una semana teníamos ya a varios niños con una serie de síntomas comunes: fiebre, un sarpullido como el del sarampión, tos y mocos. Algunos desarrollaban dificultad respiratoria, pero no encajaban en ningún diagnóstico convencional”.

El equipo de diagnóstico desmontó la versión ofcial de Sanidad, que achacaba el síndrome a una infección

Los síntomas eran graves: pero la realidad es que no sabían cómo tratarlos. “Vivía en el hospital. Les hicimos análisis de sangre, radiografías, todas las pruebas que pudieran indicar algo que causara la enfermedad, pero no conseguíamos establecer una conexión, ni un diagnóstico de nada que conociéramos”. A las dos semanas se multiplicaron los casos. “El hospital se bloquea. Hubo que desalojar camas, suspender intervenciones quirúrgicas. No dejaban de llegar más pacientes. Entre medias observábamos que los padres también ingresaban en hospitales para adultos. Entonces, uno de los afectados, un adulto, falleció. Se hizo una autopsia y se detectó la presencia de un microplasma de pneumoniae que también apareció en el esputo de otro paciente”.

El falso 'bichito' de Sanidad

La hipótesis del Ministerio de Sanidad fue rápida: una infección debido a una cepa de neumonía atípica, aunque a Juan Casado y el equipo que formó con otros dos pediatras, un radiólogo y un responsable de laboratorio les resultara sencillamente improbable debido a la observación clínica. Esa misma semana destituyeron al doctor Antonio Muro, director del Hospital del Rey, precisamente por descartar la infección y apuntar una posible intoxicación alimentaria.

“Decidieron por tanto tratarlos con antibióticos. Nos dieron orden estricta desde Sanidad de aislarlos y tomar medidas típicas de una infección contagiosa que se transmite por el aire o por el agua. Se estableció un protocolo de no entrar en contacto con los pacientes sin llevar mascarillas y guantes. Desde el ministerio se culpó de la extraña dolencia a un 'bichito' que estaba infectando a la gente, tal y como comunicó a la opinión pública el ministro de Sanidad, Sancho Rof ”.

"Era demasiado 'caprichosa', en una misma familia no todos enfermaban, no había bebés con síntomas"

Casado no estaba de acuerdo. "Dejé la UVI y me puse a trabajar en los casos de los niños". Se confabuló con el improvisado equipo del Hospital Niño Jesús y se pusieron a investigar el caso con los síntomas, las hipótesis, la teoría de la infección, la neumonía y los tratamientos. Sencillamente no encajaba: "Había pacientes de un mismo edificio afectados pero no de todos los pisos. Además, los niños menores de seis meses no enfermaban. Estábamos ante una enfermedad demasiado 'caprichosa', por decirlo de alguna forma. No podíamos descartar todavía una infección, pero se alejaba porque era demasiado discriminatoria", explica Casado. Pero ¿cómo demostrar que la teoría infecciosa era errónea? Al igual que los célebres métodos empleados por el genio de la ficción, Gregory House, probando un tratamiento para una enfermedad conocida, aunque no tuvieran confianza en él: si no funcionaba, el diagnóstico era erróneo.

El díscolo House

“Decidimos hacer nuestra propia investigación, convencidos de que había lagunas en la teoría. Para ello llevamos a cabo un experimento epidemiológico en tiempo récord, bajo mucha presión, porque los casos seguían aumentando y estaban colapsando los hospitales de Madrid". Para descartar la infección administraron a un grupo de afectados un antibiótico distinto del recomendado por Sanidad que no es útil para el microplasma y a otros el de la neumonía. “Ninguno mejoró. Lo que significaba que si los antibióticos de distintos tipos no conseguían detener los graves síntomas, es que había que descartar no solo una rara variante de neumonía, sino que problablemente ni siquiera era un infección”.

"La mayoría de los afectados provenían de barrios pobres. No había casos en las zonas adineradas"

Lo tacharon de la pizarra en la columna de causas. En la otra, seguían los síntomas. Uno de ellos era la picazón, una especie de urticaria. Pensaron otras posibilidades. "Sí detectamos unos globúlos blancos que aumentan cuando hay una situación de alergia". Los siguiente que probaron fue anthistamínicos para un grupo, corticoides a otro y un tercero al que admistraron un placebo. "La evolución seguía siendo la misma para los tres grupos: no mejoraban". Después del experimento con los antibióticos comenzaron a observar además algunas características sorprendentes: enfermaban adultos y niños, pero no los menores de cinco o seis meses. ¿Por qué no enfermaban en una misma familia que sí presentaba los síntomas?

Análisis de las garrafas.
Análisis de las garrafas.

Más datos: la mayoría de los afectados eran de barrios pobres. En las zonas de mayor nivel económico de Madrid no había afectados. Empezaron a vislumbrar un patrón. Para demostrarlo abordaron una nueva forma de diagnóstico: preguntar a los pacientes. “Las pruebas diagnósticas convencionales no daban ningún resultado que tuviera sentido con cualquiera de las enfermedades, infecciones o tóxicos que conociéramos y, además, empezábamos a a encontrar algunas coincidencias que nos tenían que llevar a algo". Tres semanas. Más casos. Elaboraron un nuevo protocolo epidemiológico, de nuevo en tiempo récord, un cuestionario muy detallado sobre hábitos de alimentación, porque sospechaban ya de una intoxicación por algo que desconocían. La idea que les sugería esta posibilidad provenía de los menores. Por ejemplo: los niños pequeños no consumen conservas, no toman determinados alimentos que los adultos y los niños mayores sí.

Había por fin un común denominador: unas garrafas de aceite de cinco litros con un tapón rojo

Para acotar lo máximo posible el origen del tóxico distribuyeron un cuestionario muy preciso entre muchísimas de las familias de los niños afectados y también a otras con niños que tuvieran dolencias, pero de las que sí conocieran las causas. Analizaron exhaustivamente los datos que obtuvieron y acorralaban al tóxico. Había, por fin, un común denominador: unas garrafas de aceite de cinco litros que se vendían en una serie de barrios de Madrid y en mercadillos. Hicieron un estudio con estadísticas, casos clínicos, síntomas y causas, todas con el denominador común del aceite. "Con todos estos datos ya teníamos claro que el causante era el aceite adulterado y nos fuimos a ver al secretario de Sanidad ".

La amenaza funcionó

La amenaza de Juan Casado de convocar él mismo una rueda prensa si Sanidad no accedía a alertar a la población sobre estas garrafas surtió efecto. "Esa noche en el Telediario dijeron que existía asociación entre el conusmo de este aceite y el síndrome. En la primera semana los casos descendieron a toda velocidad. En poco tiempo, dejó de haber nuevos afectados. Descubrimos, finalmente, que la sustancia tóxica era la anilina, un químico decolorante que se utilizaba para volver a dar la apariencia natural al aceite de colza desnaturalizado, mucho más barato, y que no estaba destinado para el consumo humano. Por eso se teñía, para que no se usara. Lo que hacía el químico era darle la apariencia de ser natural. Es importante remarcar que el aceite de colza es bueno para la salud, de hecho, cayó en desgracia por culpa de una estafa de consecuencias absolutamente trágicas y devastadoras, pero es totalmente sano".

Hace unos años resurgió con otro nombre: aceite de canola. Su consumo no acabó de despegar

En España, el aceite de colza se asocia inevitablemente al síndrome tóxico del aceite de colza, pero en Europa se consume en grandes cantidades, especialmente en Alemania y Francia. Los productores españoles lo exportan al país vecino. Hace unos años resurgió con otro nombre: aceite de canola, por la planta de la que se extrae. Su consumo no acabó de despegar. Era otro nombre, pero el fantasma del síndrome tóxico que dejó más de 20.000 afectados, muchos con secuelas graves, y cerca de 1000 muertos -aunque la sentencia del caso sólo recogió 330- no se ha olvidado, a pesar de que la plataforma que aúna a los que sufrieron la terrible intoxicación se sigan sintiendo abandonados. En los años siguientes surgieron otras teorías, las que siguió el doctor Antonio Muro, uno de los primeros en descartar la infección. Nunca se han probado. Lo cierto es que cuando se detectó la anilina, la crisis sanitaria se cerró.