Como cualquier otro hábito, la alimentación ha evolucionado con el paso del tiempo. No solo hablamos de los ingredientes que forman parte de nuestra dieta, recordemos aquellos alimentos que antes triunfaban en el mercado y que desaparecieron sin dejar rastro como los yogures Yoplait o la crema de chocolate Pralín; también de las costumbres que cada día se repetían en millones de hogares españoles. Una transición que ha dejado en el pasado algunas prácticas que antes eran consideradas saludables, pero que ahora muchos criticarían duramente sin el más mínimo reparo.

Cerveza a los niños

Foto: iStock
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Por ejemplo, en la década de 1960, los medios de comunicación estaban plagados de publicidad que invitaba a sus lectores a dar un botellín de cerveza a sus hijos durante las comidas. ¿El motivo? Compartir con los más pequeños de la casa sus propiedades digestivas y revitalizantes. Una estrategia de marketing pensada para popularizar un producto que hasta entonces estaba reservado para ocasiones especiales y un grupo muy reducido de consumidores.

En aquella época nadie pensó en la graduación alcohólica de la cerveza, ni en sus repercusiones sobre la salud del niño. Aunque bien es cierto que, en la actualidad, son muchos los pediatras que todavía quitan hierro al asunto asegurando que un trago esporádico no hace daño al pequeño. “La realidad es que no sabemos cuánto alcohol debe tomar un niño pequeño para llegar a ser nocivo. Todas las personas metabolizan el alcohol de manera distinta. Un trago puede ser insignificante para un adulto de 70 kilogramos. Pero ¿qué tan insignificante es en un niño que pesa 10 o 12 kilos? En proporción, la cantidad de alcohol por kilo de peso es mucho mayor”, aseguran desde la plataforma Pediátrica.

Este problema no solo afectó a la cerveza, también al vino. Por aquel entonces salieron al mercado botellas enriquecidas con quina, alcohol y supuestos efectos saludables. Quina Santa Catalina o el Gran Vino Sansón fueron solo algunos ejemplos. Ambos recurrían a niños y santos para publicitar sus productos, que comparaban con las golosinas y los jarabes medicinales. E incluso creaban personajes de ficción –algunos de ellos menores alcoholizados– para atraer al público. Y vaya si lo consiguieron.

Sin embargo, ¿qué ocurre con el resto de bebidas espirituosas? ¿Cuál es la excusa para recomendar el consumo de whisky, vodka o coñac? Hace tan solo unos años, las marcas más importantes del sector recomendaban beber una copa cargada de alcohol antes de viajar en carretera. Y no como pasajero, sino como conductor. Una estrategia muy arriesgada que ahora podría desembocar en una multa de hasta 200.000 euros. Estos son solo algunos de los casos, ¿qué otras costumbres alimenticias forman ya parte del pasado?

¿Azúcar refinada? Sí, gracias

Chocolates y dulces Matias López.
Chocolates y dulces Matias López.

Está comprobado que el consumo abusivo de azúcar blanco o refinado resulta nocivo para la salud: aumenta el riesgo de sobrepeso y obesidad, altera la flora intestinal, puede producir déficits nutricionales o alteraciones en la conducta, y perjudica el crecimiento en la infancia, entre otros síntomas. Sin embargo, en el pasado “el azúcar adquirió el papel de condimento universal en la cocina, mejorando el sabor de ciertos platos, haciendo que estos fueran más apetitosos y nutritivos. A partir de 1900, el consumo comenzó a aumentar de forma exagerada hasta nuestros días, en los que es excesivo, representando un gran aporte calórico de absorción rápida”, explica Patricia Bolaños Ríos en uno de sus trabajos.

Una tendencia motivada por eslóganes como “El chocolate del buen vivir” o “Los que toman dos veces chocolates de López” –en referencia a una pareja de cuerpos esbeltos y esculturales–, y la comparación directa entre las golosinas y el que supuestamente es su ingrediente estrella: la fruta. Una publicidad engañosa pero que en la actualidad continúa en alza, aunque con una dosis mayor de responsabilidad social.

Las marcas más importantes recomendaban beber una copa de alcohol antes de viajar en carretera

Bajo esta premisa, no es de extrañar que en los 60 la merienda consistiera en un par de rebanadas de pan con vino y azúcar. Una receta que gozaba de gran popularidad y que compartía podio con el bocadillo de queso y membrillo, las tostadas de mantequilla, azúcar y cacao en polvo, las galletas con manteca de cerdo o los primeros bollitos que vieron la luz en el mercado. ¿Quién no recuerda el Bony con mermelada, el Tigretón o los ya desaparecidos Bucaneros?

Esta alteración en los hábitos de consumo se debe, principalmente, a “cambios sociales y económicos como la industrialización, la incorporación de la mujer al trabajo, los horarios y ritmo de trabajo, el incremento de la tasa de escolarización y su prolongación, el desarrollo de los medios de comunicación y la información transmitida por ellos”, asegura Bolaños Ríos. Una evolución que también ha dejado atrás algunas costumbres beneficiosas –antes la dieta de cualquier persona estaba repleta de productos naturales y sin adulterar– frente a otras prácticas igual de perjudiciales que las anteriores como el concepto de comida rápida o los productos congelados y precocinados. Y es que el ser humano es la única criatura que tropieza dos veces con la misma piedra.