Es innegable. Cada vez estamos más preocupados por nuestra alimentación y por incluir en ella alimentos y preparaciones culinarias sanas y saludables que contribuyan a incrementar nuestro bienestar, la calidad de vida y que, además, nos permitan salir airosos cada vez que subimos a la báscula. La prueba está en que cada cierto tiempo salen al mercado nuevos "superalimentos" que cuidan el organismo, muchos de ellos con múltiples beneficios. A lo que se suma la insistencia de los expertos en la importancia que tiene mantener una alimentación adecuada, variada y equilibrada. O la repercusión que conlleva el empleo de una técnica u otra a la hora de cocinar las viandas para la dieta personal.

Consumir las elaboraciones culinarias calientes facilita al organismo la realización del proceso digestivo

Sin embargo, con respecto al modo en que se consumen las preparaciones culinarias hay otros aspectos que se deben considerar, si el objetivo es beneficiarse de todas las propiedades nutricionales que aportan cada una de ellas. Por ejemplo, la temperatura a la que se ingieren. Esta cuestión puede parecer baladí, pero no lo es. Y es que el acelerado ritmo de vida que llevamos y las ocupaciones diarias no suelen dejar demasiado tiempo libre para cocinar, lo que conlleva que muchos se decanten por preparaciones rápidas y habitualmente frías en detrimiento de las elaboraciones calientes. Pero, ¿es sano el consumo habitual de elaboraciones culinarias frías?

Comida caliente, mejor digestión

La temperatura determina las características organolépticas de los alimentos, como el sabor, la textura o el aroma, la calidad y, por ende, la forma en la que estos influyen en el organismo o este aprovecha sus beneficios y propiedades. Y es que al parecer, según algunos expertos, consumir las elaboraciones culinarias calientes facilita al organismo la realización del proceso digestivo. Esta afirmación también queda reflejada en la obra de Antonio Escribano 'Aprende a comer y a controlar tu peso'. En dicho libro, el especialista en nutrición explica que el interior de nuestro organismo tiene una temperatura corporal de 37°, de modo que cuando los alimentos entran en contacto con dicho órgano, se calientan. Como este proceso conlleva un cierto tiempo, parece ser que retardaría el proceso de vaciamiento del estómago hacia el intestino delgado. En otras palabras, ingerir comida fría implica que el estómago tenga que destinar mucho más tiempo a adecuar la temperatura de esta a la de dicho órgano. En consecuencia, y a diferencia de lo que sucede cuando se consumen preparaciones calientes, se produce una ralentización del proceso digestivo.

Foto: iStock.
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Sin embargo, no siempre apetece ingerir comida caliente, sobre todo en los días más implacables del verano; ni muchas veces se puede cocinar, la mayoría de ellas por falta de tiempo. En los casos en que se opta por comidas íntegramente frías, se recomienda ingerir una bebida caliente, como una infusión o un café, después de comerlas. Y si el menú cuenta con platos fríos y calientes, se aconseja ordenar su ingesta y consumir en primer lugar las elaboraciones culinarias frías. La finalidad es ayudar al organismo a adquirir al temperatura que necesita para realizar el vaciamiento y, por tanto, el proceso digestivo. De lo contrario, la realización del proceso digestivo se retardará bastante.

Por tanto, las preparaciones calientes no solo templan el cuerpo, sobre todo en fríos días invernales, sino que además son grandes aliadas de los procesos digestivos óptimos y, por tanto, aconsejables para quienes tengan digestiones molestas o pesadas o para los que quieran perder peso.

Platos fríos sí, calientes también

En cuanto a las diferencias nutricionales entre los alimentos fríos y calientes, obviamente estas vienen determinadas por la técnica culinaria que se emplee. Las frituras y los guisos rebosantes de aceite aportan muchas más calorías que las preparaciones hechas a la plancha, al papillote o al vapor. Por tanto, se tendrá un mayor control de las calorías cuando los alimentos se cocinan con técnicas culinarias exentas de aceites y grasas.

Foto: iStock.
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Por otra parte, hay que tener en cuenta que no todos los alimentos sufren las mismas modificaciones nutricionales durante el proceso de cocinado. En el caso de algunos será un ventaja, mientras que para otros supondrá una desventaja. Por ejemplo, las verduras conservan mayor cantidad de vitaminas y minerales cuando están al dente, pues si se hierven demasiado, dichos nutrientes se disuelven en el agua. A lo que se suma que muchas de las propiedades de dichas verduras se desnaturalizan con el calor. Por el contrario, las zanahorias o los espárragos mejoran sus propiedades nutricionales con el proceso de cocinado.

Por tanto, parece ser que no todos los alimentos fríos son perjudiciales, ni todas las elaboraciones culinarias calientes son saludables. El quid de la cuestión está en lograr un equilibrio entre la ingesta de platos fríos y calientes con el objetivo de aprovechar los beneficios nutricionales que aporta cada modo de elaboración para el organismo. Aunque lo realmente importante es mantener una alimentación completa, sana y adecuada a las necesidades personales. Prácticas que nuestro organismo agradecerá y que reportará más de una alegría a la salud personal.