Entrar en un súper y ver estanterías y estanterías con todo lo que necesitamos para llevar una alimentación equilibrada (o desequilibrada, si por algún motivo ese es nuestro deseo) y variada es algo completamente normal. Ahora bien, no todos somos conscientes de que, en las grandes superficies por ejemplo, la variedad alcanza números desorbitados. Según datos de Soysuper, un agregador de supermercados, en las grandes cadenas existen más de 25.000 productos diferentes y ni siquiera son todos (por ejemplo hay infinidad de productos gourmet que solo venden en tiendas especializadas). Cada uno de ellos ha tenido detrás a un equipo de expertos que lo ha diseñado, desde los que ven la oportunidad de negocio y proponen el producto hasta los que han creado el envoltorio.

Que se venda, o no, depende directamente del buen trabajo que hagan estos profesionales y, en particular, aquellos que se dedican a lo más importante en un producto de alimentación: la comida. Crear alimentos es un esfuerzo titánico, porque no solo es juntar un monton de ingredientes esperando lo mejor. No, cada producto tiene que cumplir una serie de requisitos para que se le dé el visto bueno y eso no es cosa de un día.

"En el norte de Europa gustan los sabores agrios o ácidos y aquí los que son mucho más dulces"

En declaraciones a Alimente, Maria Mas-Bagà, Senior Brand Manager de la empresa de zumos y bebidas a base de frutas Granini, explica que este es un proceso muy largo que, aunque depende del tipo de bebida que se decida hacer, desde que se propone la idea hasta que llega a las tiendas "pueden pasar entre uno y dos años". Además, ojalá fuese trabajo de una especie de 'gurú alimentario' que tuviese en la cabeza qué quiere el público, qué quiere él mismo, qué sabor tiene que tener y cómo conseguirlo. No, no tan simple.

Todo empieza en el departamento de marketing, donde un grupo de profesionales estudia el mercado, busca nichos y propone productos para llenarlos (lo que significa que las hamburguesas con sabor a queso de cabra -sin llevar queso de cabra- son una idea premeditada). Después, ese mismo equipo elabora un informe en el que especifica qué elementos debe tener el producto, desde los ingredientes fundamentales hasta el sabor. Maria Mas-Bagà explica que las empresas multinacionales lo tienen más dificil todavía, porque aunque tengan un producto tan simple como el néctar de naranja, este tiene que tener un sabor distinto dependiendo del país donde se venda: "El perfil del sabor de un producto diseñado para el norte de Europa es muy diferente del que tiene que tener en los paises del sur. Aquí gustan estas bebidas más dulces y allí las que tienen toques más ácidos o agrios". Lograr eso y a la vez conseguir que ambas sean 100% zumo de naranja es un trabajo muy difícil. Para alcanzar estos objetivos, más de 25 personas trabajan tan solo en el diseño del alimento.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Una vez que el departamento de marketing ha decidido cómo tiene que ser el producto, llega el turno de los de I+D, mayoritariamente tecnólogos de alimentos e ingenieros, cuyo trabajo es convertir las fantasías en realidad. Y no es que puedan echar mano a todos los aditivos y azúcar que quieran, no. Cada día están más limitados, tanto legislativamente como por la tendencia que tiene el público a evitar la mayor cantidad posible. Esto es más difícil todavía en el caso de los zumos, porque, bueno, solo puede ser zumo. A pesar de las dificultades, lo consiguen. Por ejemplo, Maria Mas-Bagà explica que "en nuestros néctares de frutas utilizamos cada vez menos azúcar, siempre de origen natural. El año pasado redujimos la cantidad un 20%"

Y no solo en el zumo está la dificultad. Por poner un ejemplo, a alguien se le ocurrió que las patatas fritas de bolsa con sabor a huevo frito podrían gustar. En ese momento, toda la maquinaria empresarial de diseño de alimentación se puso a trabajar para conseguir ese sabor tan característico y, además, que tuvieran la textura perfecta, que durasen en buen estado... Y ahí las tenemos, en los lineales de los supermercados.

El rediseño de productos para adaptarse a los gustos del público es más rápido y barato que empezar de 0

Para estar seguros de lo que quiere el público y de si el producto que han logrado satisface las necesidades de este, se recurre a un grupo de más de 1.000 consumidores que dan su opinión. Dependiendo de su juicio se modificará o saldrá a la venta. Vamos, que al final la decisión depende exclusivamente de nosotros (en la acepción más amplia de esta palabra).

Además, hay que tener en cuenta que este es un proceso continuo, que nunca cesa (no es extraño pensar en alguna ocasión en la que, por ejemplo, el salchichón que solíamos comprar ya no tuviese el mismo sabor que antes). El diseño de productos de alimentación es menos común que el rediseño, porque a fin de cuentas es más fácil, más rápido y más barato adaptar algo que ya existe a los gustos del consumidor, que para bien o para mal nunca paran de cambiar.