Amigos o enemigos, los aditivos reinan en las estanterías del supermercado. Algunos consumidores están preocupados, otros los desconocen, les temen cada vez más y otros se resignan. “Sin aditivos”, “Sin conservantes, ni colorantes”, “Solo con ingredientes naturales”, reclaman las bolsas de los productos alineados. Ha llegado la hora de verter algo de luz sobre los más de 320 tipos que nos cruzamos cada día. Comer o no comer, he ahí la cuestión.

¿De qué estamos hablando? Los aditivos son sustancias que no se comen de manera aislada, pero se agregan a los alimentos para mejorar su conservación, su manipulación, su presentación o sus propiedades organolépticas (olor, sabor, textura, temperatura, etc).

Ha llegado la hora de verter algo de luz sobre los más de 320 tipos que nos cruzamos cada día

Los aditivos analizados y autorizados por la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) o por FSC (Comité Científico de la Alimentación Humana) vienen señalados en el etiquetado de los productos con una E seguida de un número de tres o cuatro cifras o con su nombre oficial, por ejemplo “colorante (curcumina)” o “colorante E100”. Por lo tanto, las E dan garantías.

Hay 27 clases distintas según sus propiedades, pero los más comunes son: antioxidantes, colorantes, conservantes, estabilizantes, edulcorantes, modificadores de acidez y emulsionantes. En los productos ultraprocesados también es común ver potenciadores de sabor, agentes de carga, humectantes, antiespumantes, etc.

¿Son seguros? Sí, y se someten a controles

Para que una sustancia pueda ser utilizada en la fabricación de alimentos ha de pasar por un procedimiento de autorización según el reglamento del Parlamento Europeo. Además cada uno tiene establecida una cantidad máxima por cada 100 gramos de alimento, mayor o menor según su nivel de toxicidad; para que en el caso de que alguien tomara en exceso algún alimento en concreto, o lo tomara un niño (más susceptibles a los químicos), o una mujer embarazada, no tuviera ninguna repercusión en su salud.

A la hora de autorizar, o no, un nuevo aditivo o someterlo a revisión, también se tiene en cuenta la exposición prevista de la población al aditivo; es decir, si es un aditivo que se va a encontrar en muchos productos y por tanto la sociedad puede estar sobreexpuesta.

Es importante que existan constantes revisiones, ya que muchos de los aditivos autorizados hoy fueron aprobados en los años 80 o 90. La Unión Europea se encuentra en este momento en proceso de reevaluación de los aditivos autorizados, y en el camino, varios de los aditivos autorizados se han puesto en tela de juicio. Aunque los resultados serán publicados el año que viene, se tiene previsto que las dosis máximas se rebajen en algunos, quizás otros se prohíban, como ocurrió con el colorante rojo E128 en el 2007, después de que se untara en hamburguesas y salchichas con autorización durante 25 años, y que algunos incluyan advertencias, como ha pasado con el colorante amarillo ocaso (E110), dado que puede provocar efectos nocivos sobre la atención y la actividad de los niños.

Foto: iStock.
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Inocuidad y cantidad. Empezamos el debate

Posicionarse en este dilema requiere de cierta información. La gran mayoría de los tecnólogos de alimentos e incluso de muchos nutricionistas te dirán que sí, que ni siquiera superando razonablemente el máximo de la cantidad diaria recomendada los aditivos son tóxicos.

Del otro lado, sin irnos a radicalismos extremos, sino atendiendo a las posturas más razonables, que son la mayoría, otras voces confirman que los aditivos son seguros y piensan que son necesarios para garantizar la seguridad de los alimentos (hasta ahí todo igual), pero creen que esas dosis máximas son revisables y advierten de la sobreexposición diaria a estos aditivos.

Estas personas, que rehúsan los aditivos, o por lo menos una gran parte de ellos a los que consideran innecesarios (emulgentes, gasificantes, saborizantes, etc), creen que el consumo de alimentos procesados y ultraprocesados es mucho mayor de lo que se estima, y afirman que nuestra exposición diaria es más elevada y por ello cuestionan su inocuidad.

Aluden al ejemplo de una familia normal, que se levanta con un paquete de bizcochos envasados con sabor a limón, aunque esos dulces no hayan visto jamás un limón, y terminan su cena con un pseudoyogur light de frutas con una etiqueta repleta de edulcorantes, saborizantes y colorantes, dejando entremedias un reguero de cientos de aditivos consumidos que deben ir sumándose: los del pan, los de los caldos procesados, de los fiambres, de los postres, de las cajas de cereales, de las carnes envasadas... Piensan que el consumo exacerbado de estos alimentos tiene un peso importante en nuestra salud.

Gabriela Brieba, consultora de Sanpani Seguridad Alimentaria, cree que un consultor afirma, con razón, que el aditivo no es tóxico, pero que el nutricionista también está en lo correcto cuando quiere eliminarlo de la dieta. “Lo que es tóxico es la dieta. Lo que es tóxico es beber más refrescos de la cuenta. Hace falta cultura general de nutrición, un paquete de snacks no son tóxicos, pero seis paquetes al día sí”.

"Lo que es tóxico es la dieta. Lo que es tóxico es beber más refrescos de la cuenta"

Efectivamente, como anuncia la experta, la situación empeora cuando la gente cree que es lo mismo tomar un café que endulzar la leche a base de soluble de moka, o que es lo mismo una pieza de fruta que un zumo de bote. El consumidor está confundido, “hay que avisar de que el exceso de consumo es tóxico”, indica Brieba.

No pasa nada por consumir esporádicamente estos aditivos, pero no pueden ser algo habitual. “¿Deberíamos marcarnos un límite con los aditivos que ingerimos con los alimentos?”, se pregunta Jordina Casademunt, nutricionista. “En general se consideran inofensivos, pero es recomendable no consumir alimentos procesados más de lo imprescindible”, dice en el blog 'Soycomocomo'. “Es la suma la que realmente hace daño”, concluye.

Foto: iStock.
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Sigue leyendo las etiquetas

La industria alimentaria se ha hecho eco de las preocupaciones de tanta gente que comenzaba a cuestionarse la inocuidad de los aditivos y que en parte se ha visto agrandada por campañas incendiarias en las que han señalado a ciertos aditivos como cancerígenos. Por eso han comenzado a señalar algunos de sus productos con etiquetas del tipo “Sin conservantes, ni colorantes” o “Solo con elementos naturales”, o han querido replantear sus empaquetados con imágenes y colores que evoquen naturalidad y una alimentación saludable.

Sin embargo, como ya bien sabemos, para conocer un producto debemos alejarnos del frontal y leer etiquetas. Nutricionistas y tecnólogos de los alimentos coinciden en algo, el problema mayor son los ingredientes de los productos procesados y no tanto los aditivos.

Miguel Ángel Lurueña, doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos y autor del blog 'Gominolas de petróleo', pone de ejemplo una persona que tome todos los días uno o varios bollos procesados de chocolate: “La cantidad de azúcar, de grasas o de harinas refinadas son las que nos van a provocar diabetes tipo 2, obesidad, enfermedades cardiovasculares... que es de lo que estamos muriendo. 7 de cada 10 europeos que mueren de enfermedades no transmisibles mueren de enfermedades relacionadas con el tabaquismo, sedentarismo o con una mala dieta”. “El problema no son los aditivos que encontramos en un bote de garbanzos, ahí las dosis están estudiadas -nos recuerda-. El problema son los ingredientes”.

Lurueña, como tantos otros, no cree que los aditivos sean inocuos, aunque piensa que es prácticamente imposible llegar a una cantidad tóxica, cree que los aditivos tienen otro tipo de consecuencias que nos deben preocupar más que los niveles de toxicidad. Por ejemplo, “si tomamos una refresco light todos los días, además de estar consumiendo un producto sin ningún valor nutricional, estaremos cambiando nuestro gusto, ya que tienen un sabor muy dulce, esta es una consecuencia”.