La industria alimentaria ha elaborado herbicidas emparentados con un polvo letal llamado agente naranja (usado por Estados Unidos en la cruel guerra de Vietnam) y otros químicos, como el gas sarín, que internacionalmente es considerado como una arma de destrucción masiva. También se crearon alcachofas transgénicas, que se comercializan en la actualidad, con genes de rata de cloaca y maíces que fueron mezclados con el ADN de escorpión. Incluso se intentó el experimento de elaborar una sandía cuadrada, como una caja, para facilitar su transporte. Ocurrió en Japón, a comienzos de este siglo. La pregunta es: ¿lo sabías?

Uno de los libros más críticos con la industria de los alimentos es el ensayo 'El trauma de los langostinos tuertos', que acaba de publicar en España la editorial Avant y que se presenta hoy en Madrid. Es fruto de las pesquisas del escritor y periodista catalán Rossend Domènech, afincado en Italia desde hace más de cuatro décadas.

"El libro alude a la práctica de tronchar los ojos de las hembras jóvenes para que se reproduzcan más"

El título de la obra no es fortuito. Se refiere a una de las prácticas más ingeniosas y crueles creadas por la industria: la usada por algunos criaderos de países tropicales en los cuales se tronchan los ojos de las hembras aún infantiles de langostinos, para que los desdichados animales se reproduzcan más rápidamente y sean luego vendidos en los mercados en cantidades importantes. Este, así como las praxis arriba descritas, es uno de los hechos que el lector debería plantearse cada vez que se sienta a comer, para entender la gran, y desconocida, batalla que se está gestando en el mundo en torno a la alimentación, en opinión del escritor.

Porque el panorama, dice Domènech, es nefasto: “La industrialización nos está matando lentamente”, afirma a Alimente. “Millones de personas han perdido la salud por las monstruosidades químicas de la agricultura industrial. Aunque, eso sí, mueren lentamente, porque si lo hicieran de forma rápida estos productos de la agricultura industrial estarían prohibidos”, agrega. “Ya en el año 1997 un equipo del Hospital Universitario de Granada detectó que en el 75% de las placentas había rastros de ocho pesticidas distintos, que afectaban directamente al cerebro, pene y testículos del bebé, con consecuencias como la deficiencia mental”, se lee en el libro.

Foto: iStock.
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El ensayo de Domènech, de 119 páginas y escrito con un lenguaje divulgativo por voluntad de su autor, es de hecho un apasionante e inquietante relato de las ingeniosas y crueles tropelías que, en años recientes, han sido puestas en marcha por la industria de la alimentación. Un sector que, como denuncia el autor, ha logrado además que los comunes mortales ignoremos todo esto, que sepamos poco, o nada, de los alimentos (las materias primas) que ingerimos, mientras pululan en los cinco rincones del mundo los más estrafalarios programas de televisión sobre las llamadas artes culinarias.

Domènech se pregunta, por ejemplo, por qué las etiquetas de muchos alimentos son ilegibles y carecen de una información completa, y cómo ha sido posible que se permitiera que países como Italia y España hayan perdido en apenas cien años el 75% de su biodiversidad alimentaria. “Años atrás, algunas industrias crearon unos vegetales en los cuales, al final de su ciclo biológico, sus semillas se suicidaban. Literalmente. De modo que las simientes no se podían usar al año siguiente y había que comprarlas de nuevo”, cuenta el escritor en el libro, que prologa el cocinero Joan Roca, con tres estrellas Michelin en El Celler de Can Roca (Gerona, noreste de España).

"Italia y España han perdido en apenas cien años el 75% de su biodiversidad alimentaria"

“Escribí este libro porque llevaba años enfadándome conmigo mismo y con el mundo porque no se escribía y hablaba de la situación que estamos viviendo: las porquerías que hay en los alimentos”, explica Domènech, cuya obra es también una especie de panfleto en el que le pide al consumidor que se rebele contra estos abusos. “¿Por qué permitimos que todo esto ocurra para que unos pocos se beneficien enormemente?”, reflexiona.

Semillas suicidas y herbicidas asesinos. El tema de las semillas por ejemplo no es baladí, observa el informador. “Una vez, desde Estados Unidos, consultaron a la FAO, la agencia de la agricultura y alimentación de la ONU, si tenía alguna solución para curar una variedad de maíz que en su país había cogido una enfermedad desconocida para la que ellos no tenían ningún diagnóstico ni terapia. En la FAO, que conocen palmo a palmo la agricultura mundial, hallaron que una variedad de maíz de un país africano era resistente a aquella enfermedad, poseía los anticuerpos. Pasaron la información a Estados Unidos y lograron resolver la epidemia”, ejemplifica el autor. “La operación no habría sido posible si fueran iguales”, concluye.

Domènech identifica a los enemigos de los alimentos sanos. In primis: las multinacionales y sus prácticas poco transparentes. “Un ejemplo es un análisis de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) de 2017 sobre el discutido glifosato, el herbicida más usado en todo el mundo. Fabricado por una sola multinacional y que algunas instituciones consideran cancerígeno y otras no”, cuenta el autor.

Foto: iStock.
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Sin embargo, “en 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS), financiada en un 80% por las industrias farmacéuticas y similares, y en un 20% por los Gobiernos, dijo que el glifosato era probablemente cancerígeno. Al año siguiente, la FAO comunicó que era ‘improbable’ que lo fuera. Finalmente, en 2017, EFSA decidió que era ‘improbable’ y, sobre la base de ese informe, la Comisión Europea autorizó su uso por otros cinco años (2022).

Un experto mundialmente conocido explicó más tarde que, para elaborar su informe, "EFSA había usado las investigaciones de la multinacional que fabrica el herbicida”, ejemplifica Domènech. Y recuerda también que dicha agencia se ha visto incluso obligada a despedir a algunos de sus funcionarios que trabajaban como agentes dobles para las empresas de la industria alimentaria.

Modificaciones en los productos

Otra es la cuestión de la trampa de los productores que importan materias primas de otros países y, tras aportarles pequeñas modificaciones —como permite la ley europea—, las venden en los mercados como propias. Es el caso de la industria italiana que importa aceite español para su uso en su territorio y exporta el suyo, cuyas marcas gozan de gran fama internacionalmente, a otros países. Más aún, el autor también cita las presiones de lobbies sobre la Unión Europea para que no se impida que los agricultores cultiven plantas crecidas con la química sintética y ecológicas en campos cercanos, tal y como ocurre en la actualidad en varios países europeos, entre ellos España.

Con todo, en su ensayo, Domènech también deja abierta la puerta para que el futuro nos depare prácticas menos dañinas. Una esperanza está, por ejemplo, en el movimiento de los alimentos 'kilómetro cero', cuya idea central es reducir las distancias para el transporte y privilegiar la calidad sobre la cantidad. Y también la experimentación de 'Editing Genoma' o cisgénesis que, en lugar de mezclar genes de especies distintas —como ocurre con los transgénicos—, está enfocada únicamente en manipular el ADN de los vegetales (el germoplasma, en lenguaje técnico). “Se está experimentando desde hace 10 años y, si respeta lo anunciado, es probable que jubile a los transgénicos”, afirma Domènech.

Una gran clave también será, como ocurre en muchos ámbitos, la educación. “La única manera de recuperar nuestra cultura alimentaria es que el tema de la alimentación se convierta una asignatura en las escuelas, que maestros y niños estudien y aprendan”, afirma Domènech, cuyos planteamientos también integran un ensayo más amplio en catalán (editorial Gregal) que será presentado en Barcelona a finales de este mes.