En occidente tenemos, simultáneamente, un sentimiento de superioridad extraordinario y otro de abrumadora culpabilidad. "Somos la cuna de la civilización, pero, a pesar de representar solo el 15,7% de la población mundial, somos también los responsables de todos los problemas del planeta". Ahora, después de que (al fin) la gente se empiece a concienciar masivamente del peligro que supone el cambio climático, los objetivos de la lucha son los combustibles fósiles principalmente, pero también se está insistiendo mucho en la industria agrícola. Tanto en la ganadería como en la agricultura.

Es por esto que de un tiempo a esta parte determinados conceptos como el 'kilómetro 0' o los productos 'eco', 'bio', 'honestos' y 'sostenibles' se han popularizado sobremanera. Todo con el objetivo de aportar un granito de arena 'extra' a esta batalla que a día de hoy parece más perdida que otra cosa.

"Tener un objeto hecho de sangre genera más resistencia en el consumidor que un trozo de carne"

Ahora, en el Victoria and Albert Museum de Londres, artistas, ingenieros, granjeros, arquitectos y diseñadores proponen sus particulares visiones de lo que podría ser el mundo.

'Food. Bigger than the plate' (en español: "Comida. Más grande que el plato") trata la idea de que estamos completamente desvinculados de lo que comemos, que tener acceso fácil a todo hace que no seamos conscientes del esfuerzo de miles de trabajadores, del sufrimiento de millones de animales, del agotamiento del suelo, del desperdicio que generamos... Por supuesto, algunos de estos problemas son de especial relevancia para el ser humano hoy en día, en concreto el desperdicio. Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2018 los españoles tiramos a la basura 1.339 millones de kilos de comida, el equivalente a 3,6 veces el peso del Empire State Building, y la cifra no para de aumentar.

Foto: iStock.
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Y el desperdicio alimentario no se traduce únicamente en vertederos llenos de plátanos a medio comer y yogures caducados. El transporte y gestión de estos residuos también tiene una 'huella de carbono' considerable. La exposición, en uno de sus puntos fuertes, explora la capacidad de sacar provecho de los desechos, tanto de la industria como de los consumidores. Ejemplo de esto es el cultivo doméstico de setas utilizando los posos del café o la utilización de cáscaras de diversas frutas (como piña o naranja) para la elaboración de fibra y sus tejidos derivados. También, aunque se trate de una opción mucho más 'gore', está la creación del artista holandés Basse Stittgen, que ha conseguido fabricar tazas, platos e incluso 'vinilos' hechos con la sangre de vaca, que es desperdiciada en su totalidad durante la matanza.

La vajilla hecha íntegramente con sangre de vaca de Basse Stittgen.
La vajilla hecha íntegramente con sangre de vaca de Basse Stittgen.

Y aquí está el problema. Como explica el propio artista: "Cuando vemos sangre, lo asociamos con el dolor, la muerte y la agresión. Tener un objeto hecho de sangre genera más resistencia en el consumidor que comer carne". Este claro sesgo vegetariano no es sino una forma de desvirtuar lo que potencialmente podría ser un valor añadido para una industria que genera 330 millones de toneladas de producto en todo el mundo, según la FAO.

Y esta tendencia se extiende por toda la exposición, en la que, a pesar de proponer soluciones válidas, todo se reduce a una visión naif de una sociedad culpabilizada por sí misma de problemas que no se solucionan con una 'bicicleta-tractor' para arar los campos con el sudor de nuestra frente como en los viejos tiempos.

La gran omisión

Según la División de Población de la ONU, a día de hoy hay algo más de 7,7 millardos de personas hollando este planeta. Y como explica la Food Aid Foundation, una ONG internacional que actúa como un banco de alimentos a gran escala, en este momento hay 795 millones de personas con hambre en el mundo. Estas son, además, las más pobres y están concentradas principalmente en áreas donde la población no ha parado de aumentar vertiginosamente. De hecho, en los últimos 50 años, la costa del Pacífico de Asia ha multiplicado por 2,5 su población, la del sudeste asiático se ha triplicado y la del África subsahariana se ha multiplicado por 4, al igual que la de Oriente Medio. Todo esto mientras la de América Latina ha ascendido ligeramente y la de América del Norte y Europa se han estancado completamente. Dicho de otro modo: hay muchísimas bocas que alimentar, lejos y sin recursos. A nadie en su sano juicio se le ocurriría ir al África subsahariana a decirles que deben limitar su producción de comida por el bien del planeta, que no deben usar tractores y camiones aunque esto suponga su condena a la desnutrición dado que están gastando todo el fósforo del subsuelo y que sus terrenos se están volviendo cada día más salinos.

Foto: iStock.
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La solución no pasa (al menos no principalmente) por limitar en los países pudientes la producción o los métodos de cultivo y ganadería, sino por que seamos nosotros, la cuna de la civilización, quienes diseñemos mecanismos y tecnologías que sustituyan a las actuales y que sean lo suficientemente baratas como para convencer a los verdaderos causantes de esta crisis medioambiental de que los utilicen. Pero, como todo, eso cuesta dinero. La única pregunta que queda es la de siempre: ¿quién está dispuesto a invertir? Porque, después de la reunión sobre el cambio climático en la ONU en la que casi todos parecían estar preocupadísimos, debemos recordar a estos líderes que obras son amores, que no buenas razones.