Hay ciertas preguntas que jamás se nos pasan por la cabeza hasta el momento en el que cobran relevancia. Y encontrar la respuesta en ese momento puede ser más complicado de lo que parece. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, cada español, de media, consume 73,32 kilos de leche al año, aproximadamente el equivalente a 71,1 litros de este producto.

Al mismo tiempo, la conservación de los lácteos en general y de la leche en particular es de las más delicadas a las que nos podemos enfrentar. Respetar las fechas de caducidad (no necesariamente las de consumo preferente) y seguir todas las directrices de conservación, en particular la conservación de la cadena de frío, es imperativo para asegurarnos de tomar un buen producto. Además, y como si esto fuera poco, la leche contiene determinadas bacterias buenas como los Lactobacillus que, a fin de cuentas, pueden pasar a formar parte de nuestra flora intestinal (todo sea dicho, la leche como tal no cuenta con una gran cantidad, pero si dejamos que se reproduzcan, obtendremos alimentos plagados de ellas, como el yogur).

Es por esto que congelar la leche puede parecer una idea buenísima pero, como en todo, hay buenas y malas noticias, y saber a qué nos enfrentamos, identificar los diferentes tipos de leche y conocer los métodos correctos de hacerlo solo puede jugar a nuestro favor.

Las variedades

La gran mayor parte de tipos de leche y de bebidas (blancas, vegetales, que no pueden utilizar el término leche pero que todo el mundo las conoce como tal) de soja, almendras o coco pueden ser congeladas. Pero del mismo modo que la cristalización del agua por debajo de 0 grados centígrados se carga la textura de una patata, el congelador afecta a ciertos aspectos clave de estos productos:

  • De almendras: al congelarse se separará el agua del producto sólido, formando granos distinguibles.
  • De coco: lo anterior también puede ocurrirle a este producto que, por cierto, suele adquirirse en latas metálicas. A la hora de meterlo en el congelador deberemos cambiarlo de recipiente a uno más apto para este cometido.

  • Leche de vaca: prácticamente inalterada. Sí es cierto que este proceso puede afectar de forma extraordinariamente leve y sutil a la textura del producto, pero eso no debería ser un problema en ningún caso.
  • Bebidas de soja: al igual que todas las obtenidas de vegetales, se separará y formará desagradables gránulos a la hora de la congelación (y después).
  • Leche condensada: o tenemos un congelador extraordinariamente potente, o no conseguiremos que se vuelva 100% sólida. Esto se debe al altísimo contenido de azúcar que contiene.
  • Leche de cabra: no tiene la menor pega su congelación.

El proceso de enfriamiento

No todos los recipientes son válidos. Jamás deberemos meter una botella de cristal en el congelador dado que el agua que compone la leche, al pasar a estado sólido, se expande, pudiendo romper el contenedor. Esto tiene tres partes malas. La primera es que perderemos la leche y el contenedor; la segunda es que armaremos un desastre del quince y la tercera es que pequeños fragmentos de vidrio pueden acabar en otros alimentos sin que nos demos cuenta, lo que es un serio peligro para nuestra salud. A nadie le gusta un accidente tan desagradable.

Foto: Unsplash/@hudsoncrafted.
Foto: Unsplash/@hudsoncrafted.

Es por esto que lo mejor será almacenarla en recipientes de plástico, ya sean táperes o bolsas especialmente diseñadas para este propósito. Debemos tener en cuenta que siempre deberán ser herméticas pues no queremos que nada extraño (incluso el aire) entre en contacto con el producto mientras todavía está en estado líquido.

El momento de la verdad: descongelación

Cuando decidamos que ya es hora de recuperar lo que guardamos hace tiempo, deberemos tener muy en cuenta los siguientes pasos. El primero es que la leche en buen estado puede aguantar hasta 6 meses en nuestro congelador, pero aunque sea uno de los mejores métodos de conservación, no es eterno. En perfecto estado solo aguantará un máximo de un mes, por lo que si podemos consumirla antes de este periodo, mejor que mejor.

La segunda cosa importantísima a tener en cuenta es que deberá ser descongelada en la nevera, jamás a temperatura ambiente. Esto se debe a que, cuando la temperatura alcanza cierto nivel (normalmente entre los 8 y los 10 grados centígrados), la reproducción celular se pone en marcha a toda velocidad, con lo que en ese par de horas que la leche puede haber estado con esas condiciones, colonias de bacterias (algunas de ellas perjudiciales) pueden aparecer y poner en un serio peligro nuestro bienestar.

Por otra parte, si decidimos que esa leche, en vez de consumirla tal cual, la vamos a usar para cocinar, ya sea para darle más cuerpo a una salsa o para hacer un arroz con leche, podemos descongelarla directamente en la olla, dado que el cambio de temperatura será tan rápido que las bacterias no tendrán absolutamente nada que hacer.