La peor hambruna de la historia (y no aprendimos nada de ella)
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La realidad de los monocultivos

La peor hambruna de la historia (y no aprendimos nada de ella)

Muerte, enfermedades y emigración. La crisis de la patata fue una de las grandes catástrofes humanitarias de todos los tiempos. Siglo y medio después, ¿podría ocurrir algo parecido?

Foto: Tierra y pobreza. (iStock)
Tierra y pobreza. (iStock)

"El día 27 del pasado mes (julio) realicé un viaje desde Cork hasta Dublín. La condenada planta florecía en abundantes cosechas y en toda su exuberancia. De vuelta el tres (de agosto), contemplé con tristeza las grandes extensiones de desechos de vegetación putrefacta. En muchos lugares, la pobre gente se sentaba en las vallas de sus jardines en descomposición retorciéndose las manos y lamentando amargamente aquella destrucción que los había dejado sin comida".

Con estas palabras comienza la carta escrita en el verano del año 1846 por el sacerdote católico irlandés Theobald Mathew. Se trata de un desgarrador testimonio sobre los rápidos efectos de la ‘Phytophthora infestans’, un parásito que produce la enfermedad conocida como 'tizón tardío' y que es capaz de asolar los cultivos de solanáceas como la patata o el tomate.

Cada avance hacia el control de un tipo de cultivo genera un nuevo desorden

En 1845, la aparición de la temible plaga en los terrenos de los campesinos irlandeses llegaba precedida del tufo de los tubérculos podridos en los campos colindantes. La rápida propagación de sus esporas a través del aire ocasionaba que, de la noche a la mañana, surgieran manchas en las hojas que se transmitían posteriormente por el tallo hasta contaminar una raíz que acababa reducida a poco más que una baba maloliente. Incluso aquellos tubérculos que ya estaban protegidos en los almacenes acababan sucumbiendo.

La ‘Phytophthora infestans’ hizo acto de presencia en toda Europa, pero, ante la crisis, la población de cualquier otra zona del continente podía adaptar su alimentación al resto de cosechas. La gran hambruna de la patata se convirtió de este modo en la peor catástrofe humanitaria desde la peste negra de 1348. Uno de cada ocho irlandeses murió de inanición en apenas tres años y millones de habitantes se quedaron ciegos por la falta de vitaminas. Los que aún tenían fuerzas y dinero acabaron emigrando a América. En apenas una década, la población de la isla se vio reducida a la mitad.

placeholder Monocultivo de plantas de patata. (iStock)
Monocultivo de plantas de patata. (iStock)

A pesar de todas estas evidencias, no sería preciso echar la culpa de la desgracia a la pobre dieta a base de patatas y leche que los irlandeses habían adoptado. El punto clave hay que buscarlo en el hecho de que Irlanda fue el experimento de agricultura de monocultivo de mayores proporciones que se había llevado a cabo hasta la fecha. No solo se cultivaba mayoritariamente patata en sus terrenos, sino que se cosechaba una única especie: la lumper. Como ocurre con otras frutas y hortalizas, las patatas del mismo tipo son clones idénticos y cuando la biodiversidad desaparece, todas las plantaciones son igualmente vulnerables a la misma amenaza. Cuanto mayor es la variedad genética, menos probable es que un virus, una bacteria, una sequía o un depredador acabe arruinando un alimento por completo, algo que no solo es importante para la especie en sí, sino también para las plantas y animales que dependen directamente de ella para la supervivencia.

La patata en su origen

En poco más de tres siglos las formas de explotación de la patata cambiaron radicalmente. Fueron los españoles quienes se toparon por primera vez con los cultivos en el siglo XVI, cuando entraron en contacto con la civilización inca en el altiplano andino, cerca del lago Titicaca.

"La agricultura es a veces brutalmente reduccionista y simplifica la incomprensible naturaleza a algo humanamente manejable"

El paisaje allí era muy distinto del que podemos contemplar hoy en nuestro paisaje rural. A los ojos de un occidental, los campos de esta parte del planeta resultan irregulares, caóticos y carentes de una trama ordenada. En esta zona, el clima se modifica drásticamente con los pequeños cambios en la altitud, en la orientación del sol o en la dirección del viento. Un tipo de patata que en la vertiente de una cresta crece en todo su esplendor puede sucumbir en otra parcela ubicada a unos metros de distancia. Semejante terreno hace imposible la práctica del monocultivo. Como resultado, tales tierras son capaces de abastecer con algún tipo de alimento a la población de la zona ante cualquier fatalidad provocada por la caprichosa naturaleza.

El tamaño, el sabor y las cualidades de la patata han sido modificadas y escogidas por obra de múltiples generaciones, desde los incas hasta los agricultores modernos para satisfacer las demandas de los actuales consumidores. Pero cada paso adelante hacia la plena domesticación y dominio de la especie genera inevitablemente un nuevo desorden. La selección de determinadas clases reduce la resistencia a las plagas que es inherente a la biodiversidad, lo que conduce inevitablemente al incremento en el uso de pesticidas en la agricultura industrial.

Por segunda vez en la historia, un cultivo como el plátano podría encontrarse en peligro de extinción

Como señala el periodista gastronómico Michael Pollan, que dedica todo un capítulo de su libro ‘ La botánica del deseo’ al ansia del hombre por controlar la patata como especie: “La agricultura es, por su propia esencia, brutalmente reduccionista y simplifica la incomprensible naturaleza a algo humanamente manejable; comienza, a fin de cuentas, con el acto de desechar casi todo, menos un puñado de especies elegidas. Plantarlas en hileras descifrables no solo exalta nuestro sentido del orden, nos resulta también práctico: cosechar y quitar la maleza se convierten así en tareas más sencillas. Pero aunque la naturaleza no planta en hileras o parterres, no necesariamente siente envidia de los humanos”.

Cuando el error se repite

El hombre es capaz de tropezar infinitas veces con la misma piedra y, a pesar de la catástrofe irlandesa, el mismo problema sigue apareciendo a distintas escalas. El ejemplo del que más se ha hablado es, probablemente, el del plátano. Hasta los años 60, nuestros abuelos comían una variedad distinta de la que podemos comprar hoy en los supermercados. Se trataba del así llamado Gros Michel o Big Mike. Esta fruta era más grande y sabrosa que la actual y aunque estuviera verde, se dice que mantenía en estas condiciones un gusto dulce característico. Ningún plaguicida pudo combatir, sin embargo, la propagación de hongo 'Fusarium oxysporum', causante de la conocida como enfermedad de Pánama en la sexta década del pasado siglo. El organismo halló un pasto ideal en las plantaciones de monocultivos y los productores se vieron obligados a cambiar a la variedad Cavendish (los plátanos de Canarias también pertenecen a esta tipología), capaz de resistir la nueva e inesperada amenaza.

placeholder Plantación de plátanos. (iStock)
Plantación de plátanos. (iStock)

Pero el problema de fondo no estuvo nunca en la especie en sí, sino la forma de explotación. Muchos lectores se quedaron asombrados ante la noticia que desde hace años circula por diferentes medios: por segunda vez el plátano podría encontrarse en peligro de extinción. Dos hongos amenazan hoy al Cavendish, la sigatoka negra, y una nueva forma de la enfermedad de Panamá conocida como 'raza tropical 4' (TR4). Estos peligros han alcanzado ya las plantaciones de Sudáfrica, Australia y buena parte de Asia. Los más pesimistas creen que, a pesar de que las estanterías de las fruterías siguen repletas de plátanos a precios asequibles, el tráfico internacional de mercancías y personas ocasionará que el Cavendish acabe sufriendo la misma suerte que su pariente, el Gros Michel.

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